13 de noviembre de 2009

HIPATIA, PAGANISMO Y CRISTIANDAD

NOTA: El siguiente artículo se desarrolla a partir de un comentario dejado en el blog IRANIA: http://tresmontes.wordpress.com/2009/11/03/mas-sobre-hipatia/ - Os recomiendo dicho blog por su diversidad temática y gran calidad.

De entrada, debo decir que no soy pagano, aunque mi visión del mundo pueda ser más parecida a la pagana. Esto lo digo porque se ha dado por supuesto que soy pagano. O si no, leer acá:

http://layijadeneurabia.com/2009/11/10/mas-sobre-el-caso-hypatia-y-la-manipulacion-anticatolica-del-suceso/

Esa calificación, sin previa información, forma parte de la idea "o estás conmigo o eres pagano". Lo mismo que en la antigüedad eran calificados de infiel o de ateo todo aquello que no fuera cristiano para los cristianos, o pagano para los paganos. Aún así, es posible que sea pagano en las formas, no lo sé: ante todo me considero librepensador. Mi defensa a Hipatia y al paganismo no es gratuita, tengo argumentos. Haría lo mismo si trataran injustamente a una figura histórica de remarcada devoción cristiana: ¿sería cristiano si lo hiciera? ¿Acaso debo renunciar a toda objetividad, imparcialidad y neutralidad a la hora de analizar algo, a la hora de ver un asunto lo más claramente posible sin que me cieguen mis devociones o pasiones? No defiendo por defender, ni siquiera defiendo, simplemente expongo una realidad. Si esa realidad molesta a los cristianos, allá ellos, "ELLOS NO SON DE ESTE MUNDO, SINO DE UNO IMAGINADO", ¡CÓMO NO LES IBA A MOLESTAR! (JAJAJAJA)

Pero hablemos de Hipatia. No cabe duda de que AGORA, la última película de Amenábar, es mera propaganda, toda una falsificación histórica, parafernalia mediática de ZP: en esto, cristianos, paganos y yo mismo parecemos estar de acuerdo. Pero muchos cristianos se escudan en dicha certeza para criticar la película y, sobre todo, para distanciarse del paganismo y de lo que a él le deben. Aún así, en mi opinión, le duela a quien le duela, digo sin tapujos que los cristianos son parte del problema en la actualidad, ellos han sentado las bases morales que han introducido el veneno para la decadencia de Europa: son padres de «lo progre». Quieran o no los cristianos, Hipatia fue asesinada por ellos, y no, no fue la excepción, sino la norma. Algún cristiano se ha pasado por alto cierta información muy verídica y que se había colocado en foros de debate virtual muy concurridos, como la Yihad en Eurabia:

http://lam.mithra.free.fr/doc/cronologia_de_la_persecucion_del_paganismo.doc

¿Por qué hay que disculpar al cristianismo?, ¿por qué no podemos hablar de los crímenes en nombre de su Dios?, ¿no es eso un comportamiento equiparable al de negar la posibilidad de hacer caricaturas de Mahoma?, ¿por qué les molesta tanto que se hable de sus crímenes de sangre?, ¿por qué critican el paganismo cuando el cristianismo es, en parte, paganismo cristianizado o paganismo invertido?

¿Pero qué tienen en común el paganismo y el cristianismo europeo? ¿Los ídolos, la multitud de imágenes, la veneración? Lo único que tienen en común la iglesia con el paganismo es cierta adaptación por el primero del neoplatonismo y de Sócrates, los introductores de la moral y del desprecio por el cuerpo, la fuerza y la belleza. Con esto no condeno las virtudes que se derivan del dominio de sí, lo mismo que no condeno la castidad y una vida de ascética como la de Hipatia o los platónicos. El cultivo de la virtud es muy loable y sinónimo de fuerza, no de martirio. Pero el paganismo es un sí a la vida y el cristianismo es una negación de la misma porque todo lo enfoca a un más allá, por ello Nietzsche decía que el cristianismo era el nihilismo, y, por lo tanto, «productor» de la decadencia. Pero existen diferencias esenciales que son irreconciliables. Por ejemplo, un estoico que se priva de ciertos goces, lo mismo que un cristiano militante que ha hecho voto; pero el primero lo hace por amor a sí mismo, se quiere saber domador de su bestia interior, el segundo porque se siente convicto de su corporeidad y de sus impulsos naturales, lo que le provoca culpabilidad.

Muchos dicen que ante la oleada del Islam no es positivo que paganos y cristianos se enfrenten. Pero es que el enemigo de Europa es todo el monoteísmo, da igual que sea cristiano, judío o islámico. ¿Al cristianismo qué le importa Europa? A ellos con tener súbditos les da igual el color que tengas, o si son mestizos, etc. Así que el cristianismo no es un aliado de Europa, sino parte del problema: el cristianismo tiene los mismos valores universalistas que los progres, ¿acaso no se dan cuenta de esto los cristianos que van de identitarios y amantes de Europa? ¡Viven en una contradicción tremenda! Con esto no me sitúo en posturas marxistas o progres, ¿acaso no puedo tener una postura crítica frente al cristianismo siendo no-socialista, no-progre? Precisamente por no serlo soy consecuente y critico al cristianismo: se ha dado por hecho que o estás conmigo (cristianismo) o con ellos (progres) y existe la posibilidad de no estar con ninguno de ellos. Si el cristianismo significara vitalidad, si tuviera dioses y una moral digna de seguirse… eso no sería cristianismo, ¡y yo no me quiero humillar con su fe! Los progres son paradójicamente herederos del cristianismo, sólo que del cristianismo ilustrado, del deísta, son herederos del cristianismo ilustrado de la guillotina. El ateísmo es el reconocimiento de Dios, sólo que odiándole: el cristianismo y la progresía tienen en común el mismo Dios. Y el laicismo no es lo mismo que ateísmo, el laicismo es independencia con respecto a la Iglesia o cualquier organización religiosa, lo que no quiere decir que el laico sea ateo necesariamente. Si algo me distingue de un cristiano es que para mí la diferencia no es un problema, pero para ellos sí. El cristianismo quiere reducir todo a lo mismo, quieren que todos piensen lo mismo, quieren el mestizaje… a ellos les da igual mientras se venere a su Dios… ¿nadie lo ve? Y esto se aplica a todo el monoteísmo, exceptuando posiblemente (y parcialmente) al judaísmo, pues la religión de casi-exclusividad judía pretende reducir a todo lo ajeno a lo mismo para diferenciarse ellos cada vez más como «pueblo elegido».

Aún así, por supuesto que cristianismo y paganismo tienen cosas en común, en realidad el cristianismo con el paganismo y no al revés. Hasta el paganismo tiene una interpretación monoteísta, pero respecto al mundo, pues todo viene del mismo mundo, lo mismo que el cristianismo es monoteísta porque viene del mismo Dios: los primeros realistas, los segundos idealistas: pero un idealismo que es un «imaginario dogmatizado» con el cual cegar a los Hombres. El paganismo no hace al Hombre culpable por existir, el hombre forma parte de este mundo y por lo tanto es sagrado. Los dioses son la esencia de esa sacralización de lo humano, de todo lo bueno que hay en el hombre. El cristianismo, alejándose del panteísmo, genera una dualidad, un mundo terrenal y otro divino, donde lo terrenal representa el mal y donde todo lo que era bueno se invierte para convertirlo en malo. El paganismo está por encima del bien y del mal, pues son la misma cosa, el monoteísmo, sin embargo, con su filosofía dualista, moraliza el mundo.

Se habla de Hipatia como mártir pagana, pero no fue una mártir. Un mártir se sacrifica por una orden dada o revelada, lo hace por un Dios porque piensa que le debe algo, su sacrificio es para glorificar a algo superior a él. Un Héroe sin embargo se sacrifica por la gloria y por él mismo, por su familia y su pueblo, porque quiere equipararse a los dioses y ser amado por ellos: el pagano goza de su propio esfuerzo, de su cuerpo y de su sufrimiento porque le hace sentir mejor, porque se siente parte de este mundo sagrado, ¡le hace sentir vivo! El primero se humilla y quiere conseguir todo con rezos y abstinencias, el segundo es capaz de desafiar y retar a los dioses: el primero es pasivo, el segundo activo. Hipatia no fue ni lo uno ni lo otro, simplemente fue asesinada. En ello no hay nada de mártir ni de héroe, porque ella no buscó el sacrificio, ella no se ofreció a nadie, su sacrificio no fue voluntario ni ordenado por Dios; fue humillada, y tanto como que fue ofrecida a un Dios Único en sacrificio, lo mismo que una vaca o una gallina, y nadie piensa que las gallinas y las vacas sean mártires.

Recomiendo esta lectura donde delimito mejor la dicotomía mártir-héroe en relación con Sócrates, el famoso Sócrates, no Sócrates Escolástico:

http://www.mundodaorino.es/2009/08/ciclo-genealogia-de-la-moral-parte-iiiv.html

Hasta pronto.■

6 de noviembre de 2009

MAX STIRNER, «el único» y «su propiedad» (III): LAS POSESIONES CELESTIALES

Datos de la edición de "El Único y su Propiedad", de Max Stirner, a que se refiere el artículo: Editorial Valdemar [Enokia S.L.], octubre de 2005. Letras Clásicas nº3 Traducción de José Rafael Hernández Arias.

(…) Quien no ha intentado y osado nunca dejar de ser un buen cristiano, un protestante creyente, un hombre virtuoso, se encuentra preso y confundido en la creencia, virtuosidad, etc. Al igual que los escolásticos sólo filosofaron dentro de la fe de la Iglesia (el Papa Benedicto XIV escribió tochos dentro de la superstición papista, sin jamás poner en duda esa fe), así hay escritores que llenan volúmenes enteros sobre el Estado sin ni siquiera poner en duda la idea fija del Estado, nuestros periódicos rebosan de política porque están poseídos de la demencia de que el hombre ha sido creado para ser un «zoon politikon», y así los súbditos vegetan en el sometimiento, hombres virtuosos en la virtud, liberales en la «humanidad», etc., sin jamás haber tocado esa idea fija con el cortante cuchillo de la crítica. Definitivos, como definitiva puede ser la demencia de un loco, permanecen esos pensamientos sobre pies firmes, y quien duda de ellos, ¡ataca lo sagrado! Sí, la «idea fija», ¡eso es lo verdaderamente sagrado!

¿Nos encontramos simplemente con poseídos del demonio, o topamos con la misma frecuencia con poseídos contrapuestos, que están poseídos por el bien, la virtud, la moralidad, la ley o cualquier otro «principio»? Las posesiones demoníacas no son las únicas. Dios obra en nosotros, y el demonio también, aquel mediante la «gracia», éste de manera «demoníaca». Los poseídos están empeñados en sus opiniones.

Si os desagrada la palabra «posesión», llamadlo «apasionamiento», sí, llamadlo así, porque el espíritu os posee y de él vienen todas las «inspiraciones», toda exaltación y entusiasmo. Añado que el perfecto entusiasmo –pues uno no se puede detener en el débil e incompleto– se llama fanatismo. 

El fanatismo se encuentra precisamente en los instruidos, pues el hombre es culto en cuanto se interesa por lo espiritual, e interés por lo espiritual es (y debe serlo necesariamente cuando es activo) «fanatismo»; es un interés fanático por lo sagrado (fanum). (…)■ (Pág. 77-78)

Vivimos en un mundo moral, o mejor dicho, en un mundo donde las personas son dominadas por una moral. No hacen lo que deben hacer, simplemente se guían por el ambiguo camino de lo que creen que está bien. Sus acciones se reducen a un guión de valores, y ese guión se sigue a rajatabla: no existe la posibilidad de elegir, de ser soberano. Una moral no da tregua a la libertad, las acciones de cada individuo deben erigirse bajo el código moral dominante. Pero el Bien y el Mal no existen, y si existen están tan mezclados que es imposible diferenciarlos. El TAO, aún siendo una noción dual del mundo, muestra claramente que en el Bien se oculta también el Mal y que, por el contrario, dentro del Mal se oculta el Bien. Entender el mundo bajo la senda del Bien es por lo tanto hollar un camino demasiado rígido. Ese camino del Bien ha sido antes labrado por otro, ese Bien no es tú Bien, sino el de alguien ajeno. En la vida no hay moral, la vida está exenta de ese "coste". La moral es esencialmente humana, demasiado humana, una invención, un artificio más.

Bajo el bien se erigen las cosas sagradas y divinas. Lo Bueno y lo Malo se nutren de aquello que beneficia o perjudica a una época determinada. Pero la moral no debe ser necesariamente un error, de hecho creo que es necesario un sistema de valores, un cierto orden ético. Pero el orden debe obedecer a intereses lo más reales posibles. Una moral erigida por el Hombre y para el Hombre, por beneficio del Hombre y que repercuta sobre todo en el individuo: una moral que respete al individuo. Respetar los valores de cada uno, la pluralidad, eso es la única moral que admitiría. Nadie está en posesión de la verdad, y por lo tanto nadie está en posesión del Bien.

Existen poseídos de la divinidad o celestiales, quienes son antitéticos respecto de los poseídos por el Mal, por el Diablo. ¿Por qué no iba a ser lo celestial en el Hombre producto de una posesión?, lo es de hecho. El Dios celestial, la idea de Humanidad y toda idea con miras morales bondadosas domeñan el alma o el espíritu (¡lo que sea!) de la misma forma que el Diablo quiere el alma de los mortales. Tanto el Bien y el Mal quieren dominar tu conciencia, pretenden que te reconozcas en sus atributos esenciales. Lo que ocurre es que siempre el Bien y el Mal se confunden, será porque forman un sólo "ser". Sin embargo, el Hombre con verdadera conciencia siempre estará por encima del Bien y del Mal y por lo tanto alejado de las posesiones celestiales y demoníacas: «Mi moral es la que yo decida».

Yo nombro a Stirner Rey de los sacrílegos. Dilapida todo lo sagrado, no existe nada intocable, todo puede ser atacado por la crítica, todo puede ser cuestionado. La censura nace del entendimiento de que hay ciertas cosas sagradas. ¿Qué es lo sagrado? Lo intangible, lo fijo, lo que está por encima de los hombres, de cualquier hombre. Y es de lo sagrado y de lo divino, que es igualmente lo sagrado, lo que Stirner llama «la idea fija».

La «idea fija» es el génesis del fanatismo. Como diría Cioran: «En sí misma, toda idea es neutra o debería serlo; pero el hombre la anima, proyecta en ella sus llamas y sus demencias; impura, transformada en creencia, se inserta en el tiempo, adopta figura de suceso: el paso de la lógica a la epilepsia se ha consumado… Así nacen las ideologías, las doctrinas y las farsas sangrientas». (E. M. Cioran. Breviario de Podredumbre. Suma de letras, S.L., enero de 2001, págs. 29.) Con el fanatismo, la «idea fija» se convierte en dinamita; excitada por el Hombre, convierte el mundo en una traca. No es menos fanático el presidente de un país desarrollado que invade una nación por considerarla inmoral que un mártir con explosivos que se inmola en una cafetería del centro de Tel Aviv por considerarlos igualmente inmorales e infieles. Todos luchan por su concepto de lo sagrado, por su moral. No obstante, solamente una conciencia alejada de parámetros morales puede darse cuenta del infantilismo al que está sometido al mundo, además del torrente emocional emponzoñado que lo recubre y la poca cordura que existe en su seno. ¿Estoy siendo catastrofista? No, simplemente comento la catástrofe; efecto de la esencia fanática del Hombre que ha inoculado lo insalubre e innatural en la Tierra.

Aquellos que luchan por algo "grande", por su moral, por lo sagrado, aquellos que dirigen y controlan "la fiesta", son unos egoístas involuntarios, pues solamente se sirven a sí mismos. Incendian a los más débiles para que luchen por su causa. Lo sagrado, la moral, es una inoculación más para eliminar la conciencia y la pluralidad. Ese tipo de egoísta crea a seres superiores para servirles porque sufren debido a su egoísmo, porque ven inmoral su naturaleza. Luchan contra su egoísmo, y cuanto más luchan más se benefician a sí mismos, pues lidian por amor propio, para superarse.

(…) Lo sagrado sólo existe para el egoísta que no se reconoce a sí mismo, el egoísta involuntario, para él, que siempre se ocupa de lo suyo y, sin embargo, no se tiene por el ser supremo, que sólo se sirve a sí mismo y al mismo tiempo cree servir a un ser superior, que no conoce nada superior a él y, no obstante, se entusiasma por lo elevado, en suma, sólo existe para el egoísta que no quisiera ser egoísta, y se humilla, esto es, lucha contra su egoísmo y, sin embargo, sólo se humilla «para elevarse», es decir, para satisfacer su egoísmo. Como quiere dejar de ser egoísta, busca por todo el cielo y la tierra seres elevados a los que servir y por los que sacrificarse; pero por más que se esfuerza y se martiriza todo lo hace por amor a sí mismo, y el desacreditado egoísmo no se separa de él. Por eso le llamo el egoísta involuntario. (…)■ (Pág. 69)

El «egoísta involuntario» necesita ser zarandeado por una idea fija; por alguna extraña razón no quiere equipararse a los dioses, no quiere ser soberano. ¿Acaso no se entiende el egoísmo como dominio de sí? El «egoísta involuntario» quiere ser dominado, prefiere ser el esclavo, no achacarse toda la responsabilidad de sus acciones: todo lo que hace es producto de algo superior a él mismo que le guía y le dicta su destino (su culpabilidad queda siempre disculpada ante los hombres pues su acción proviene de la divinidad, del Logos). Por lo tanto, este tipo de egoísta cree servir a intereses superiores a él, se muestra desinteresado, ¿no os recuerda a la figura del mesías, a la del revolucionario, a la de todo tipo de salvador, a la de todo aquel que se abandera con su moralidad y concepción del Bien? Ojo con estos egoístas, son pastores de cabras, a ellos les harán culto aquellos que creen en su «idea fija». Les seguirán los «desinteresados», que son aquellos que convierten una idea en su soberana, es decir, en su voluntad y su conciencia.

(…) ¿Dónde comienza el desinterés? Precisamente donde una finalidad deja de ser nuestra finalidad y nuestra propiedad, de la que nosotros, como propietarios, podemos disponer a nuestro antojo; donde ella se convierte en una finalidad fija o en una… idea fija, donde comienza a entusiasmarnos, a apasionarnos, a fanatizarnos, en suma, donde se manifiesta en ergotismo y se convierte en nuestra… soberana. (…) (Pág. 96)

Por lo tanto, no es de negar que en el mundo gobierna la moral. Encima una moral de humildes, es decir, de débiles. La humildad es una humillación a la potencialidad humana, es una forma de detestar e inmoralizar cualquier demostración de nobleza. La humildad es un valor nada aristocrático, negar la fuerza, el sentimiento de grandeza y de triunfo es negar en sí lo más vital que puede llegar a ostentar todo ser. Un hombre bien constituido debería potenciarse y agotarse mayúsculamente, darlo todo sin escatimar. La humildad al final aboga por la no acción, por el no cultivo del vivir. La humildad es una rendición en toda regla.

Pero si le digo: rezarás, honrarás a tus padres, respetarás el crucifijo, dirás la verdad, etc., pues esto es propio de los hombres y es su vocación o, simplemente, eso es la voluntad de Dios, ya tenemos la influencia moral: un hombre debe aquí humillarse ante la vocación del hombre, debe ser obediente, humilde, tiene que renunciar a su voluntad frente a un extraño que se erige como regla y ley; él debe humillarse ante un superior: humillación voluntaria. «Quien se humilla a sí mismo, será elevado». Sí, sí, los niños deben ser acostumbrados muy pronto a la piedad, beatitud y honradez; el hombre de buena educación es uno a quien le han enseñado, inculcado, insuflado y grabado «buenos principios». (…) (Pág., 119)


 Para colmo, el mundo se instituye bajo el «amor», ¿entendéis porque digo que gobiernan las emociones? El amor es toda negación de razón y de reflexión. Cuando el amor manda estamos siendo poseídos por lo más parecido a lo que llaman Dios. El Amor es el yugo por antonomasia, la mayor fuerza totalitaria, la excelencia religiosa y ascética. Huyamos de todo amor que no sea a nosotros mismos y a nuestros iguales. Bajo el amor se erigen todas las morales, todas las ideologías, todas las instituciones… por amor también fue la Revolución Francesa y la guillotina… El amor como justificante de todas las masacres, como «idea fija» más allá de lo sagrado.

El «amar» es un concepto que surge como inversión del «querer», es decir, del «poseer», o así entiendo yo. «Amar» es entregarse, rendirse, humillarse, sin embargo, «querer» es poner en valor lo que uno codicia conquistar y avasallar con sus propios medios. Alguien que se humilla dice "amo a esa chica", pero alguien que se respeta a sí mismo señala "quiero poseer a esa chica". Con el amor amas al amor, estás enamorado del amor, con el querer posees el objeto de tu capricho y goce y lo puedes hacer tuyo, puedes hacer que forme parte de ti. ¡Acaso no es el amor todo lo contrario a todo egoísmo! ¡Yo quiero ser egoísta, yo quiero poseer y hacerlo propio de mí, de lo que yo considero importante, yo quiero que sea mi propiedad y que me dé placer! Yo sabré ser generoso.

(…) Bien puedo aspirar a la racionalidad, puedo amarla, como a Dios y a cualquier otra idea: puedo ser filósofo, un amante de la sabiduría, al igual que amo a Dios. Pero lo que amo, a lo que aspiro, eso está sólo en mi idea, en mi imaginación, en mis pensamientos: está en mi corazón, en mi cabeza, está en mí como el corazón, pero no es yo, yo no soy ello. (…) (Pág., 119)■

30 de octubre de 2009

MAX STIRNER, «el único» y «su propiedad» (II): Lo que hay detrás de la materia:

EL MUNDO ESPIRITUAL Y SUS FANTASMAS

Datos de la edición de "El Único y su Propiedad", de Max Stirner, a que se refiere el artículo: Editorial Valdemar [Enokia S.L.], octubre de 2005. Letras Clásicas nº3 Traducción de José Rafael Hernández Arias. 


1. El devenir del Hombre.

En la primera parte de El Único y su Propiedad, Stirner nos muestra una especie de esquema que me recuerda mucho a esas maravillosas palabras sobre el camello, el león y el niño de Así Habló Zaratustra. En ambas, tanto en la representación de Stirner como en la alegoría de Nietzsche, creo que el devenir está implícito aunque el mensaje sea diferente. Para Stirner existe un acontecer que va del niño al adulto, pasando por el joven. Parecerá muy lógico, pero según las definiciones de Stirner la dimensión de las palabras «transmutan».


 El niño es realista, el joven es espiritual y el adulto ha descubierto su egoísmo, hace suyos los pensamientos y las cosas: «Sólo cuando se ha tomado a sí mismo un cariño personal y, al sentirse como su vivo retrato, encuentra placer en sí mismo (pero esto ocurre en la edad adulta del hombre)» (Pág. 42). El niño ve la materia, forma parte del mundo, su única realidad existe en cuanto que puede sentir las cosas con sus cinco sentidos: «Los niños tenían intereses materiales, esto es, sin pensamientos y sin ideas» (Pág. 43). El joven, sin embargo, es espiritual, se nutre de pensamientos, de cosas que no son cosas, ni siquiera vapores, de cosas que no se pueden tocar, que pertenecen al mundo de las ideas: «el joven se encontró como espíritu y volvió a perderse en el espíritu general, el perfecto espíritu santo, el Hombre, la humanidad, en suma, todos los ideales; el hombre se encuentra como espíritu corpóreo». (Pág. 42-43). Posteriormente el espiritual llegaría al egoísmo y controlaría las cosas y los pensamientos, sería dueño de todo lo que él quisiera para sí.

Las diferencias entre los tres estados del Hombre señalados son ajenos al tiempo y a la edad. Si algo diferencia por ejemplo al ser espiritual del ser egoísta es el «entusiasmo», porque al «enloquecerse» pierde el dominio de sí mismo, mientras que el egoísta sabe lo que le interesa, sabe cuáles son sus prioridades, es decir, está más «centrado». Por ello, no es difícil encontrar a jóvenes con sesenta y cinco años y a adultos con veinte años.

Toda esa evolución se consigue con esfuerzo, es sin duda -según Stirner- una esquematización del proceso de madurez del ser humano. El egoísta es por lo tanto un paso más en el proceso de elevación pero no el último escalón. Stirner deja entrever un paso más allá, un paso que te lleva más alto. Hablamos del anciano. El propio Stirner no nos dice nada del anciano porque aún no lo ha vivido. Así que ¿qué es ese esquema sino el propio devenir de Stirner? Stirner habla de sí mismo en El Único y su Propiedad, es su yo herido el que protesta, el que critica y desnuda los engaños secularizados que tanto detesta.

Si llegara al estado de «ser anciano», y esto es una divagación, tal vez nos encontraríamos con un ser que ha superado el egoísmo, es decir, con alguien que simplemente no obedece ni a su propio capricho, que sirve a Nada, que se ha liberado del interés espiritual y material, de todo tipo de interés; es el hombre que ya ha vivido, es el hombre que ya no vive: la muerte es la superación de «todo», hasta del «Yo».■ 


2. El mundo espiritual.

Mucho es el daño que ha hecho a las conciencias la creación de mundos espirituales, es decir, de mundos subyacentes. Es cierto que todo pensamiento es espiritual, pero es muy diferente construir con el pensamiento una sólida base conceptual para entender el propio mundo ya existente que instituir un universo paralelo invisible, divino y quimérico. Pero en la realidad se ha anquilosado un concepto de lo verdadero, y lo verdadero es hoy ese mundo imaginario de las ideas, de lo espiritual (el dualismo).

Espíritu es entonces todo pensamiento, el hombre es espíritu en cuanto que piensa. Por ello los paganos también eran espirituales, aunque todo su pensamiento lo aprovechaban para el mundo y lo construían desde el mundo para sacralizarlo. Sin embargo, lo divino son pensamientos del más allá, revelados, imposibles para el hombre porque no puede acceder a ellos con las manos.

Stirner, bajo la premisa de un mundo espiritual, describe el mundo como un paisaje fantasmagórico repleto de espíritus, de fantasmas. La idea es un fantasma, el mundo está lleno de terror y muerte, es un mundo sin sombras. «El desgraciado Peter Schlemihl, que ha perdido su sombra, es el retrato de ese hombre convertido en espíritu, pues el cuerpo del espíritu no arroja sombra». (Pág. 51) Pero «el espíritu tiene que crear su mundo espiritual y, antes de crearlo, no es espíritu». (Pág. 60) ¿Qué ha sucedido entonces? Algo muy extraño debe ocurrir para que el niño se convierta en joven, que es quien dota de alma a las cosas, que es quien hace las cosas espirituales. El espíritu nace cuando el Hombre reniega de este mundo, el joven es una especie de sacrílego. La idea emanada de un pensamiento es «verdaderamente verdadera» si no se intenta alterar el mundo real, sin embargo, es inventada e irreal cuando el pensamiento y su idea no forma parte del mundo. Por ejemplo, esa casa, esa otra casa, aquella otra de allí, son reales, sin embargo, la idea de casa… ¿alguien ha visto una idea? La idea existe en cuanto pensamiento, como emanación espiritual, pero como es algo imaginado, algo que no puede ser real en el mundo… al mundo no se le pueden aplicar conceptos absolutos y cerrados porque el mundo es plural y cambiante. Los antiguos eran pensadores realistas, no eran ni niños ni jóvenes, creo que se le ha pasado esto a Stirner, jajaja…■


3. El Hombre espiritual y el egoísta.

El Hombre espiritual es casi el antagonista del egoísta: «¿Qué entiendes tú por egoísta? Un hombre que en vez de vivir una idea, esto es, en el espíritu, sacrificando así su beneficio personal, sirve a este último». (Pág. 61) Por ello los hombres espirituales, quienes viven de las ideas, unas ideas que siempre tienen un carácter universal y absoluto, son seres dogmáticos y odiadores de todo aquello que haya sido producido por uno mismo para el goce personal. El amor propio no patológico (no hablo de narcisismo o de egocentrismo) es denostado, tú debes odiarte porque eres un cuerpo, eres materia: ¡oh!, el hombre espiritual no soporta que el mundo no sea espíritu. El egoísta no obedece a una idea, sólo se obedece a sí mismo, obedece a su propio capricho. El egoísta no es ajeno al mundo y sin embargo se piensa único, es absoluto como ser pero relativo en cuanto existe una relación con el exterior. Pero lo dicho no impide que el egoísta no tenga intereses no materiales, por el contrario también persigue intereses espirituales, pero para su goce, para su provecho: «Os diferenciáis en que tú pones en primer plano al espíritu, él, en cambio, a sí mismo, o en que tu disocias tu «propio yo», el espíritu, y lo elevas a soberano del resto carente de valor, mientras que él no quiere saber nada de esa disociación y persigue intereses espirituales y materiales según su propio placer». (Pág. 62) En definitiva, el hombre espiritual trabaja para la idea y se alimenta de ella, mientras que el egoísta trabaja para sí mismo. Al egoísta no le interesa el prójimo, sino él mismo; el egoísta trabaja para sí y lo hace para conseguir todos sus propósitos: no espera nada de las ideas y de los espíritus, menos de los demás, sino que lo espera todo de su propio esfuerzo y entrega. Él es su causa.

La entrega a uno mismo y la entrega a algo ajeno, ya sea a Dios o a cualquier idea, es lo que diferencia a un hombre aristocrático de un esclavo. El primero sufre pero no se detiene, el segundo sufre y pide consuelo. El primero tiene dominio de sí, el segundo pide que le guíen. El primero se basta consigo mismo y sus iguales (intereses comunes), el segundo anhela un mesías y formar parte de un rebaño que le cuide. El primero quiere que se le respete su interés personal, el segundo procura un desinterés denominado «interés general» o «interés común o comunitario», pretende derogar su propio interés para conseguir aún más beneficio del esfuerzo de todos los demás: ¿Quién es entonces el más egoísta, tomando el término egoísta, claro está, en su acepción más común, no bajo la terminología de Stirner? El «egoísta» es una designación que se le da al YO, pero el egoísmo es propiamente una cualidad del débil, del esclavo, del pordiosero, que pretende no conseguir nada con su propio esfuerzo; en definitiva, niega su propio valor, su propio interés propio. Y cuando hablo de esclavo no me refiero a alguien que es víctima del látigo de su amo, sino de alguien que ya puede estar en un palacio o en un campo de concentración. El esclavo es quien solamente obedece, quien es dominado, quien no es «único» ni «propietario» de sí mismo.■

23 de octubre de 2009

MAX STIRNER, «el único» y «su propiedad» (I): EL SUPERHOMBRE:

HE FUNDADO MI CAUSA EN NADA

Datos de la edición de "El Único y su Propiedad", de Max Stirner, a que se refiere el artículo: Editorial Valdemar [Enokia S.L.], octubre de 2005. Letras Clásicas nº3 Traducción de José Rafael Hernández Arias.

No os engaño si os dijera que descubrir a Max Stirner ha sido todo un gran acontecimiento para mí. Su obra El Único y su Propiedad ha abierto en mí nuevas miras, nuevas pistas para una nueva reivindicación: entreveo la insurrección de un nuevo tipo de ser, el egoísta. Pero el egoísta no es aquel hombre avaricioso que lo quiere todo para sí, de este tipo lo son «los menos»; o también podría serlo, pero lo que quiero decir es que no estamos hablando del significado convencional que suele tener dicha palabra. El egoísta es ante todo aquel que se reconoce a sí mismo, aquel que tiene «plena conciencia de su unicidad, de su ser como algo completo»: lo exterior le es ajeno, con «lo impropio» sólo existe una «relación». Uno mismo es absoluto, el ser mismo de cada uno es absoluto, a eso es a lo que llamamos «unicidad». Con esta conciencia nace el egoísta, él es su propia cima, él mismo es su causa, no sirve «nada» que no sea él mismo; ni pone a ídolos, a dioses, a Dios, una causa ajena, etc. por encima de sí. El egoísta, reconocido a sí mismo como soberano, se libera de las convenciones establecidas (y si las aceptara sería porque ve en ellas un provecho y de dichas convenciones se «apodera»), de la masificación, de la simplificación y reducción sociales: él es único entre todos, es el ser que se reivindica, aquel que quiere ser él mismo, aquel que persigue sus causas, su propio camino, sus propias ideas, su propio capricho y no el de otros… «Yo no soy nada en el sentido de vacío, sino que soy la nada creadora, la nada de la cual yo mismo lo creo todo como creador» (Pág. 35). Atisbo la idea precursora del superhombre de Nietzsche… ¿precursora? No, tal vez no, en Stirner encuentro la propia idea de superhombre, Nietzsche la engrandeció y enriqueció aún más. Rescató esa idea como muchas otras ideas de Max Stirner de la burla y de la ignominia a la que fueron sometidas al ser tratadas como una broma o una burla, y eso que El Único y su Propiedad ha sido una obra que se ha vendido bastante bien.

El soberano individual, el hombre aristocrático moderno, un ser lo más parecido a un ser «libre» de forma real (ser libre es servirse a uno mismo, lo demás es charlatanería: ¿qué libertad encuentro trabajando para el prójimo -o el Estado y demás formas de prójimo-?, ¿acaso el prójimo trabaja para mí? Todo se ha construido bajo la falacia descuidando la realidad egoísta de todo ser), resurgió en aquella época donde los énfasis modernos -los nacidos de la Ilustración y de los Utilitaristas- empañaban hasta hacer invisible todo ánimo de elevación, de grandeza, de individualidad verdadera: el derecho a uno mismo, el derecho a no ser reducido a la mayoría, a una plebe, a una canaille, a un grano de «harina» más de la «masa», etc. (Si la Ilustración universalizó las ideas de Hombre y Humanidad reduciendo a todos a lo mismo, el utilitarismo redujo todo al «interés general»).

«Dios ha fundado una causa en él mismo», diría Stirner. El resto de los seres le siguen, su causa y el propio Dios están por encima de todo ser humano, de todo ser hombre, de todo ser inhumano, etc. Durante siglos, al menos durante dos milenios (veo cierta generosidad en los dioses griegos y romanos -y en casi todo politeísmo-, al menos ellos hacían que el hombre se viera igual de grande y valioso que ellos, conseguían que lo humano, el Hombre, ¡el individuo!, se elevara… ¿por qué si no los dioses ponían a prueba a los Hombres? Su tiranía para con nosotros era su generosidad, mostraban su amor a base de catástrofes para que nos hiciéramos fuertes) los hombre se han postrado ante una idea imaginaria que hemos llamado Dios (Único). Un Dios no menos imaginario que cualquier otro Dios, pero este Dios tenía la particularidad de humillar al Hombre, de condenar toda belleza y exceso de vitalidad y fuerza mediante el «pecado». Un Dios así que humilla al Hombre no merece ser depositario de fe, un Hombre que se deja humillar no merece ni siquiera vivir. El egoísta no ve a ese Dios de origen «abrahámico» por encima de sí, sino que tal como dicha idea se proclama a sí mismo su propia causa, su propio objeto de veneración y amor. No hablo de ateísmo o de laicismo, quien es soberano se apropia de lo que le interesa… ¡hablamos de independencia del YO, de soberanía individual, una mirada post-ilustrada que reivindica al individuo en lugar del universalismo y el aborregamiento!: « Mi causa no es ni la divina ni la humana, no es la verdadera, buena, justa, libre, etc., sino solamente la mía, y no es ninguna causa general, sino que es… única, como yo soy único. ¡No me interesa nada que esté por encima de mí!» (Pág. 36)

Pero claro, las ideas no se sitúan por encima nuestra solas, el propio Hombre es quien las inventa: su necesidad de algo superior lo hace sí. El Hombre no sabe mandarse, no sabe ser soberano, necesita una disculpa, un asidero aunque sea irreal y metafísico. Ante esta necesidad, que igual puede beneficiarte o perjudicarte, hemos creado monstruos que nacieron de nuestro entusiasmo y de nuestro apasionamiento: así surge toda espiritualidad. ¿Y a qué llama Stirner espiritualidad? Pues a todo pensamiento, al pensamiento mismo. Dios es espiritual en cuanto es pensamiento. Un Hombre es espiritual en la medida en que basa su vida en la creación de pensamientos, en cuanto que vive de pensamientos y para los pensamientos. El «Hombre espiritual» aún no es el egoísta para Stirner, pues en su jerarquía personal no se ha vislumbrado como «único» y «propietario» de su propio ser y de su propia voluntad, sino que se subyuga a las ideas, ante todo lo que cree que le es superior: este hombre aún no ha hecho de sí mismo su propia causa, aún no se ha elevado sobre todas las cosas: no se ve como creador (ni de valores ni de nada), sino como hombre que sigue a algo superior a él -incluso si eso superior a él es su propia creación: las ideas se convierten en su Señor, por lo que no es Señor y Dueño de sus ideas.

En definitiva, unos siguen a Dios, otros al Hombre y a la Humanidad, otros a la Ley y al Estado… Sin embargo «el egoísta» se sigue a «sí mismo», y ese «sí mismo» no está por encima del propio sujeto, del propio individuo, sino que es el sujeto mismo, forma parte de su unicidad como ser absoluto. Por otro lado, el egoísta no es por necesidad menos espiritual, ¿Qué es sino «espíritu» ese «sí mismo»?, ¿qué no es sino esa voluntad creadora la forjadora de espíritus?

En los siguientes artículos profundizaré más en todos estos planteamientos sobre la filosofía de Stirner, pues sin duda sus planteamientos no son claros por sí mismos (es decir, no se deducen fácilmente), sino que requieren de la reflexión y de la matización.■ 


Enlaces de Interés:
- El Único y su Propiedad
- Max Stirner
- Soberanía Individual
- Utopía Libertaria 

Textos utilizados para éste y futuros artículos dedicados a este ciclo de artículos:
 - EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD (PRIMERA PARTE / EL HOMBRE)
- EL ÚNICO Y SU PROPIEDAD (SEGUNDA PARTE / YO)

16 de octubre de 2009

HISTORIA, IDEOLOGÍA Y MUCHO MÁS (II)

«Reflexiones surgidas de una lectura»
HISTORIA, IDEOLOGÍA Y MUCHO MÁS (II)
LOS TOTALITARISMOS

(…) La comparación entre comunismo y nazismo es, de hecho, no sólo legítima, sino indispensable, porque sin ella ambos fenómenos resultan ininteligibles. La única manera de comprenderlos –y de comprender la historia de la primera parte de este siglo– es «tomarlos juntos» (Furet), estudiarlos «en su época» (Nolte), es decir, en el momento histórico que les es común. (…)■

Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 20. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

Alain de Benoist nos presenta en su obra «Comunismo y Nazismo» las dos tendencias ideológicas que se deducen del título de dicha obra como fenómenos producidos por la modernidad. Tanto es así que se atreve a delimitarlo en el tiempo entre los años 1917, triunfo del bolchevismo en la llamada Revolución Rusa, y 1989, caída de la URSS - aunque es bien sabido que en la actualidad existen países como Corea del Norte que pueden denominarse como un residuo de un período pasado: el régimen de Pyongyang es un anacronismo. Por supuesto, en todo aquel tiempo, el totalitarismo soviético convivió con el nacionalsocialismo alemán, señalado igualmente como totalitario. Pero no son solamente «modernos» en sentido temporal, sino que son denominados un fenómeno único en la Historia: se perseguía el «control total» y absoluto del Hombre, nada podía escapar del control estatal; es decir, no eran ideologías que pretendían controlar los cuerpos nada más (lo que puede denominarse o traducirse en «fuerza de trabajo»), sino controlar igualmente el pensamiento (o alma, o espíritu, etc. - llamarlo como queráis), la conciencia, al propio ser interior e íntimo.

Podéis pensar que no es así, que el totalitarismo puede ser un fenómeno con antecedentes ya en el pasado. Sin embargo, el control del ser era potestad de la religión. De esta forma puede entreverse que lo religioso, encargado del control de las «almas», daba un servicio al poder político. No obstante, el poder político gobernaba los cuerpos de las personas. Ambos poderes son aliados en el PODER emanado de Dios, aunque manteniendo un «statu quo». Por supuesto, esto se ofrece a múltiples matizaciones, soy consciente de ello; porque al final si existía un totalitarismo era el basado en la figura de Dios, pues de él emana todo Hombre y toda Institución: ya sea de forma más o menos solapada la teocracia siempre ha estado ahí, contralando nuestra conducta y pensamientos.

En definitiva, el totalitarismo pretende dominar el cuerpo y el pensamiento, el cuerpo y el alma, el cuerpo y… lo sensible y lo mental, al ser completo. El nacionalsocialismo y el comunismo ofrecían su propia visión del mundo, su propia «espiritualidad», ya sea ésta mesiánico-esotérico-pagana (nazismo) o materialista-universalista-igualitaria-postcristiana (comunismo). Estas ideologías se entrometen en todos los ámbitos de la vida cotidiana haciendo imposible la libertad individual y la propia realización personal. Cada ser es «propiedad» del Estado, la causa es el Estado, cada individuo es sólo un medio para satisfacer al Estado: el Estado sustituye a Dios, el líder al mesías, el más acá al más allá. De esta forma, el comunismo y el nazismo se presentan como religiones profanas (religiones para no crucificados) que prometen una realización en el propio mundo: un paraíso en la tierra. Y cuando se equipara ideología totalitaria con religión es por compartir ciertos rasgos comunes: dogmatismo, certidumbres absolutas, mistificación, etc.

Y dichos rasgos totalitarios se dan en el comunismo y en el nazismo, por lo que no es descabellala su relación y hacer un análisis compartido, pues ambas perseguían un mismo fin: el control total y absoluto; ¡y ambas existían como socialismo (uno marxista, otro pseudomarxista)!, ¡ambas fueron impulsados por el proletariado y creadas para el proletariado!, ¡ambas fueron movimientos obreros!, ¡ambas fueron en sus formas e ideas anticapitalistas y antiliberales aunque el comunismo se promulgue como heredero de la Revolución Francesa!... Son casi gemelos, su disputa en la Segunda Guerra Mundial fue un malentendido, jajajaja…

El totalitarismo o «ideología total» pretende como se ha dicho anteriormente controlar todo, hasta el más mínimo detalle, solamente así podría explicarse la impresionante maquinaria burocrática soviética. Este control también puede situarse en el plano de la Historia. Para ellos la historia, el acontecimiento, debe ser calculable. Nada puede escapar al Estado. Para ello se hace necesario que todos los seres se reduzcan a un producto estándar y homogéneo. Todo totalitarismo aspira a homogeneizar a las masas, pretende, como diría Benoist, «reducir a las masas a un único modelo». Hablar de totalitarismo es hablar de «determinismo social» y de la pretensión del «fin de la Historia». Por supuesto, los regímenes totalitarios se diferencian del resto de regímenes por la existencia de un partido único que será el encargado de promulgar el dictado que han de seguir «todos» y que controlará los medios de producción, los medios de comunicación, los medios de combate, etc.

(…) En 1956, por último, el estudio de Carl Friedrich y Zbigniew Brzezinski, Totalitarian Dictatorship and Autocracy, ejerció una profunda influencia en los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, al enumerar seis criterios formales que caracterizan a los regímenes totalitarios:
1. una ideología oficial que abarca todos los sectores de la vida social,
2. un partido único enraizado en las masas,
3. un sistema político organizador del terror,
4. un control monopolístico de los medios de información y de comunicación,
5. un monopolio de los medios de combate
6. y una dirección centralizada de la economía. (…)■

Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 100. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.


DEMOCRACIA Y TOTALITARISMO

Las democracias occidentales no están libres del totalitarismo, de hecho tienden a él. Y es que existe cierto parentesco entre el comunismo y la democracia, de ahí que en el «presente» sea menos condenable el comunismo y si motivo de persecución e ignominia filiaciones nacionalsocialistas, a pesar de que el primero triplique (y son datos históricos aproximados veraces) en víctimas -75 millones- al nacionalsocialismo -25 millones de víctimas. ¿Por qué existe entonces un trato de favor hacia una tendencia ideológica que ha demostrado ser poco respetuosa con la vida humana? ¿No es acaso igual de aberrante e inhumano que el nacionalsocialismo? (Me gustaría que hicieran la misma contabilidad de cadáveres a los abanderados de la «democracia», el dato no sería pequeño). Si no se ve igual de aberrante el comunismo es por la sencilla razón de que ambas, democracia y comunismo, se sienten herederas de la Revolución francesa (universalismo, igualitarismo, etc.), distinguiéndose sólo en su realización (la primera el progreso se hace por sí mismo, mientras que en la segunda mediante la revolución).

Para no repetir las palabras de Benoist os transcribo literalmente otro texto más de «Comunismo y Nazismo» donde se expresa muy bien esa tendencia totalitaria del liberalismo y de la democracia y que dice demasiado bien todo aquello que a mí me gustaría escribiros de mi puño y letra sin lograr el mismo grado de claridad:

(…) La sociedad liberal sigue reduciendo el hombre al estado de objeto, cosificando las relaciones sociales, transformando a los ciudadanos en esclavos de la mercancía, reduciendo todos los valores a los de la utilidad mercantil. Lo económico se ha adueñado hoy de la pretensión de lo político al poseer la verdad última de los asuntos humanos. De ello se deriva una progresiva «privatización» del espacio público que amenaza conducir al mismo resultado que la «nacionalización» progresiva del espacio privado por los sistemas totalitarios. (…)

(…)También se constata que, en las sociedades liberales, la normalización no ha desaparecido, sino que ha cambiado de forma. La censura por el mercado ha sustituido a la censura política. Ya no se deporta o fusila a los disidentes, sino que se les marginaliza, ninguneándolos o reduciéndolos al silencio. La publicidad ha tomado el relevo de la propaganda, mientras que el conformismo toma la forma de pensamiento único. La «igualización de las condiciones» que le hacía temer a Tocqueville que hiciese surgir un nuevo despotismo, engendra mecánicamente la estandarización de los gustos, los sentimientos y las costumbres. Las costumbres de consumo moldean cada vez más uniformemente los comportamientos sociales. Y el acercamiento cada vez mayor de los partidos políticos conduce, de hecho, a recrear un régimen de partido único, en el que las formaciones existentes casi sólo representan tendencias que ya no se oponen sobre las finalidades, sin tan sólo en los medios aplicar para difundir los mismos valores y conseguir los mismos objetivos. No ha cambiado el empeño: se sigue tratando de reducir la diversidad a lo Mismo. (…)■

Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 154-156. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

Para concluir, es de la lamentar que Benoist no se fijara en el carácter totalitario de las teocracias, ya sean éstas islámica, cristiana o judía, aunque en el presente es más patente el totalitarismo islámico o islamista.

El islamismo es también una ideología, y una ideología totalitaria en toda su plenitud, pues aspira a anular completamente la voluntad y la conciencia y domeñar el cuerpo del Hombre mediante la fe y un rígido y controlado sistema de valores. También es una ideología por el hecho de que aspira a gobernar y juzgar a los Hombres: el poder político es perseguido. Lo que ocurre es que aquí se pone como gobernador a Alá, a Dios; el totalitarismo no surge pues de un Estado que lo conforman Hombres, sino que se pretende un totalitarismo emanado de Dios donde los Hombres sean un medio para su glorificación: es un totalitarismo de tinieblas inspirado en las imaginaciones de un más allá y en el odio a lo sensible: el totalitarismo revelado.

La teocracia como ideología totalitaria sería un gran descubrimiento, de hecho son muchos ya los investigadores que lo señalan, también políticos como Geert Wilders. Esta visión nueva del totalitarismo le habría dado a Benoist una nueva perspectiva, estableciendo así el totalitarismo como un fenómeno mucho más amplio con delimitaciones temporales más duraderas.■

TEXTOS UTILIZADOS:
- http://docs.google.com/View?id=dfjqmwcs_88gxjcgmfp

9 de octubre de 2009

«Reflexiones surgidas de una lectura»: HISTORIA, IDEOLOGÍA Y MUCHO MÁS (I)

SOBRE EL PASADO Y LO PASADO

(…) El pasado ha de pasar, no para caer en el olvido, sino para hallar su lugar en el único contexto que le conviene: la historia. Sólo un pasado historizado puede, en efecto, informar válidamente al presente, mientras que un pasado mantenido permanentemente actual no puede sino ser fuente de polémicas partidarias y de ambigüedades.■
Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 11. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

No sé qué pensarán de Alain de Benoist, pero me parece un intelectual muy cuerdo, inteligente y justo. Me parece muy cuerdo porque las reflexiones que plasma en su libro «Comunismo y Nazismo», que es de donde surge mi inspiración para escribir esta serie de artículos, son muy lógicas y racionales y se alejan de lo puramente emotivo y la censura moral; me parece inteligente porque ve el problema del totalitarismo en su nacimiento sin detenerse ahí, pues hurga en el pasado y por supuesto en el presente: no sólo duda sobre si estamos realmente ante una democracia, sino que pone en duda la democracia, de la misma forma que pone en duda que los totalitarismos fueran totalitarios aunque su afán fuera de tal idiosincrasia; finalmente, me parece justo, pues es capaz de ver lo positivo y lo negativo de cualquier sistema político, sea este el Nazismo o el Comunismo o… el «democratismo». Sus juicios de valor, su condena a cualquier ideología, ya surjan éstas de buenas o de menos buenas -o de malas o de más malas- intenciones, son en todo caso serios, meditados y no gratuitos, es decir, no llevados por la pasión o el fervor ideológico, que en este caso no existe.

En este primer punto de este trabajo hablaré sobre el "problema de la Historia". El problema de la Historia es el mismo que existe entre la ciencia en su sentido real y la divulgación científica; en el caso que tratamos la relación sería entre la Historia (aunque debería utilizar el término «historiografía» -concepto polisémico y muy discutido-, que es la ciencia que se dedica del estudio del registro histórico, algo semejante a como la ética se ocupa de la moral) y la Literatura. ¿Cómo es posible esto? La Historiografía (apliquemos a partir de aquí este término como estudio de la Historia y a la Historia como "los hechos del pasado") debe ser objetiva y basarse en hechos y solamente los hechos: la historiografía se encarga de aplicar el método de estudio del pasado. De esta forma la Historiografía puede tratarse como una ciencia, de hecho es una ciencia social que necesita de lo demostrable y a partir de ahí un «método» de trabajo.

Pero si la historiografía no es vista como ciencia por muchos o se ha puesto en duda dicha categoría es debido a la tendencia de aliñar la Historia con la moralidad y las emociones: de esta forma la historiografía pasa a dedicarse casi a algo más bien literario, su objeto no es la historia, sino algo parecido a la historia. Así, nos encontramos con que en la actualidad la historia ha sido sustituida por la divulgación histórica novelada, y eso es una gran ofensa contra nuestro pasado, pues se supone que se aspira a conocer los hechos tal como sucedieron, no tal como se sintieron. Tal vez sirva este tipo de novelas y de historia divulgativa como estudio de una Historia de las Emociones, pero no para un estudio serio de la Historia. Por supuesto, en una «Historia Total» (un concepto «moderno»; podéis buscar información sobre Fernand Braudel o la Escuela de Annales, aunque el concepto se atribuye a Pierre Vilar) los sentimientos son válidos para entender a los «protagonistas» de la Historia -el Hombre-, para ver el calado humano de la Historia (la historia es un fenómeno exclusivamente humano, solamente el Hombre puede hacer Historia y forjársela para luego aplicarle un método de estudio científico mediante la historiografía), pero siempre para someter esos sentimientos al análisis objetivo e imparcial que requiere todo estudio e investigación histórica. Por lo tanto, el testimonio de una persona que ha vivido un momento histórico y que lo cuenta, como es natural, con sus emociones y sentimientos y bajo su escala de valores y moralidad, es también una gran aportación para el estudio de la Historia (y del Hombre), pues su uso equivale al de una estadística o a un papiro, por muy duro que parezca decirlo.

Asimismo, la historia nacida de la literatura contribuye a mantener el pasado en ebullición, en hacerlo vigente, ¡provocando polémicas y contextos anacrónicos en el… «ahora»! Los hombres y mujeres de hoy no nos escapamos del pasado entonces, incluso hay quienes echan la culpa del pasado a los que viven en el presente… ¿no es absurdo? ¿Acaso existen herederos de la culpabilidad? ¿Acaso existe un resentimiento secularizado? ¡La Guerra Civil Española parece que aún no ha terminado! ¡La Segunda Guerra Mundial parece que terminó ayer! (Esto es serio porque parece que se quiere criminalizar a los alemanes y europeos de por vida, ¡cuán desproporcionado es el resentimiento judeocristiano!). De tanto vivir en lo pretérito olvidan construir el futuro: hay quienes viven de las rentas de los abuelos, de los luctuosos padecimientos de generaciones anteriores; incluso hay quienes se siente culpables por lo pasado (y no de su pasado): en una ideología de progreso es obvio que sea la Historia la que genere la culpa, en lugar de lo sensual -como ocurre en el cristianismo-, pues no se olvide que en el Universalismo vigente el Yo no existe y es como si lo que hiciera un Hombre debiera ser pagado por el resto de los Hombres: la Historia convertida en «Pecado Original», «la causa» del Hombre… la causa de todos.

La política hace de lo anterior una bandera mediante la Memoria Histórica. La Memoria Histórica pretende revivir emocionalmente el pasado, celebrar a los héroes de una ideología concreta, además de buscar rédito electoral bajo la escusa de que quieren hacer justicia; y por supuesto, las fosas han de levantarse, pues todo ser se merece un entierro y un homenaje digno- pero eso no me obliga a ceder a las exigencias de consideración, pena y piedad que me piden: yo no soy quien está en deuda. He ahí que toda la emotividad que despierta todo esa parafernalia, unida a esa tendencia de hacer presente el pasado, por lo que el pasado no se va, sino que aún es presente (se consuma así un resentimiento ideológico constante), hace imposible el estudio histórico objetivo: la sociedad y los poderes políticos han establecido unas pautas de conducta, una moralidad y unas vías de investigación determinadas que prohíben sin prohibirlo que la verdad surja en toda su majestuosidad; en cambio, se favorece el trato de favor hacia cierta facción o ideología. En España es patente esta situación entre los Republicanos y los Nacionales, los dos bandos que combatieron en la Guerra Civil Española: ¿no es lo que se hace en la actualizar reescribir la Historia? ¿No es un crimen contra el pasado defenestrar estatuas, borrar calles, etc. para sustituirlos por los héroes del presente, o mejor dicho, los héroes que son venerados por los hombres del presente, llámense estos Azaña, Carrillo o Stalin? Hoy, los primeros -los republicanos- merecen todos los honores, su derrota se vende como una calamidad que solamente ha desencadenado en victimismo, un victimismo que quiere hacer culpable a todos; de hecho la sociedad lo entiende así y siente… pena (sentir pena me parece deshonroso). Sin embargo, los nacionales, que vencieron, son vistos como los malos, y por supuesto sus fallecidos como víctimas de la facción perdedora no merecen el mismo trato en cuanto a Memoria Histórica se refiere (debido a que son considerados por ellos un mal necesario), pues digámoslo ya, ¡la Memoria Histórica es el «Historicismo progre» que pretende cantar sus virtudes sin reconocer sus excesos de sangre! No quieren la verdad histórica, sino su «victoria final», reescribir la historia para aparecer ellos como «los que tenían razón».

La Memoria Histórica, y espero que todos sepan y entiendan a que memoria me estoy refiriendo, se cree pues en un estado de superioridad moral que se abandera con los ideales universalistas (Humanidad, derechos humanos, Justicia, etc.) de la Ilustración y su ideología obrera y social (Marxismo): es una Inquisición moderada que está claro que no te va a matar ni mandar al exilio, pero te hará el vacío y te denostará, te dilapidará como ciudadano con las palabras inmoral, inhumano, egoísta, etc. En definitiva, quien se salga de todo esto -de «la norma»- sufre el desprecio y el descalificativo y, sea dicho de paso, esto provoca que la discusión y el estudio crítico de la Historia sea muy difícil, ya que debido a la existencia de un bando bueno y un bando malo (prejuicio histórico), al situar la moral en la Historia, se pretende determinar ya el juicio sobre la misma: y en la Historia no deben existir «juicios finales», sino un constante dudar y un constante plantearse los hechos para analizarlos de la forma más perfecta posible.

La comprensión del pasado no puede efectuarse desde el horizonte del juicio moral. En el terreno de la historia, la moral se condena a la impotencia, porque se basa en la indignación –definida por Aristóteles como una forma no viciosa de envidia–, una indignación que, al proceder mediante el descrédito, impide el análisis de lo que desacredita. «La descalificación por razones de orden moral –escribe Clément Rosset– permite evitar todo esfuerzo de la inteligencia para entender el objeto descalificado, de forma que un juicio moral traduce siempre un rechazo de analizar e incluso un rechazo de pensar». (…)■
Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 61. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

En la Historia no hay buenos ni malos, sino hechos, consecuencias y efectos y por encima de todo Hombres que siempre actuaron bajo sus propios valores: y por supuesto, todos esos hombres te dirían que lucharon por algo «bueno» y por el mismísimo «BIEN» (¿Y qué es el Bien? Pues Dios). Así pues, no es de necesidad llamar asesino a tal o a cual, o dilapidar un sistema político completo por muchos campos de concentración que hubiera y cosas por el estilo, pues ¿acaso se reconocen los llamados "buenos" en toda su maldad? No, pues ellos no son objetivos, ellos no quieren escribir una historia veraz, sino hacerse autobombo y glorificarse en la mayoría de los casos en el presente, pues en el pasado no supieron vencer y ganarse la gloria; y las cosas llamadas "malas" las justifican para convertirlas en un mal necesario… ¡Los perdedores son los vencedores morales del futuro! Al final los vencedores escriben la Historia, pero los perdedores también. No obstante, la Historia no justifica a nadie, o no debería, simplemente pone las cosas en el sitio que le corresponden: para calificar algo hay que demostrarlo… ¡y a ver quién se salvaría de calificativos que suenan moralmente malos en «oídos morales»!

Por supuesto, es de reconocer que si en el caso español los derrotados hubieran sido los nacionales se habría vivido (¿quién sabe?) lo mismo pero a la inversa, pues el cristianismo y su moral han inculcado al hombre el sentimiento de piedad frente al perdedor: de esta forma el cristianismo y sus formas "sin Dios" o "ateas" tienen por méritos propios el carácter de ser una "forma de pensamiento o de vivir la vida" como esclavos.

En definitiva, la Historia científica es objetiva e imparcial, hace una «justicia histórica amoral» (al presentar la realidad tal como es, no como algo interiorizado por el Hombre) al no centrarse en las emociones, en los llantos y en la moral, sino en los testimonios, los hechos, las fechas, las estadísticas y los documentos. Sólo una Historia basada en estos preceptos puede, como dice Benoist, «informar válidamente al presente» sin hacer de ella un instrumento político, religioso o lucrativo.■

(…) Los sistemas políticos tienen que ser juzgados por lo que son, no mediante la comparación con otros, cuyos defectos atenuarían los suyos. Cualquier comparación deja de ser válida cuando se convierte en una excusa: cada patología social tiene que ser estudiada por separado.■
Alain de BENOIST, COMUNISMO Y NAZISMO - «25 reflexiones sobre el totalitarismo en el siglo XX (1917-1989)». Ediciones Áltera, S.L., enero de 2005. Pág. 157. Traducción de José Javier Esparza y Javier Ruiz Portella.

28 de agosto de 2009

CICLO "Genealogía de la Moral" (PARTE IV/IV): ¿Qué significan los ideales ascéticos?



I. FILOSOFÍA Y ASCETISMO.

(…) Es sabido cuáles son las tres pomposas palabras del ideal ascético: pobreza, humildad, castidad; y ahora mírese de cerca la vida de todos los espíritus grandes, fecundos, inventivos, - siempre se volverá a encontrar en ella, hasta cierto grado, esas tres cosas. (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 141. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


Decir que la filosofía tuvo como zócalo, como sustrato del cual alimentarse, cierto estiércol maloliente, séase el ascetismo, es de una certeza incuestionable. Pero del estiércol se alimentan las cosas bellas, como las flores y el cereal. Bajo los ideales de pobreza, humildad y castidad tuvo que emerger la filosofía, bajo formas tan anti-vitales tuvo que desarrollarse. Esos tres ideales son sumamente hijos del aburrimiento y de un gusto autorturador exquisito, no apto para Hombres soberanos y dinámicos. Esos tres ideales son también la hipocresía de todo ascetismo (institucionalizado al menos: hablemos de Iglesia Católica, Mezquita Islámica, etc.), más dado a la riqueza, a la prepotencia y al vicio.

La pobreza como ideal ha equivalido en la Historia y en la Vida a “matar al pueblo de hambre”. Perdónenme, ¡pero menudo ideal! Ser pobre no es un ideal, no es perfección, la pobreza solo trae decadencia, enfermedad y deformidad intelectual y física. El ideal no debe ser la pobreza; la prodigalidad, la generosidad (no la limosna) y la riqueza deberían ser mejores constituyentes para una salutífera dieta que forjaran el ideal de la riqueza y de la sobreabundancia. Pero este ideal de la riqueza deberá tener su contrapartida en una actitud para ser ideal (y para ser riqueza de verdad), una condición que evite el derroche y ponga límites: la mesura.

La humildad como ideal ha equivalido en la Historia y en la Vida a “empequeñecer al Hombre para reducirlo a una simple masa de carne y huesos obediente o a forjar hombres sumamente vanidosos”. Aquel que desea ser humilde está abocado a ser un hombre pequeño y temeroso… Es un falso ideal, pues un ideal verdadero, o al menos sano, debería empujar al hombre hacia arriba, a ser mejor cada vez. No hay que sentirse pequeño, sino lo suficientemente hombre, lo suficientemente fuerte y soberano para que no te aplasten. Y frente a la humildad ni vanidad ni prepotencia, ni siquiera fuerza, sino un poco de amor propio y de confianza en uno mismo.

Por último, la castidad (algunas fuentes dicen –como Wikipedia– que no debemos confundirla con la abstinencia sexual) como ideal ha equivalido en la Historia y en la Vida “a hacer culpable al hombre de sus pulsiones más vitales –las abocadas a la sexualidad y a otro tipo de impulsos naturales y humanos, demasiado humanos- y a encubrir la impotencia genital y la incapacidad de fecundar del asceta”. La castidad es el ideal más cruel de todos pues proviene de algo muy noble y que requiere fortaleza: “el dominio de sí”. La castidad ascética concibe a todo acto vital el pecado y a cada nuevo nacimiento que prorrumpe la pringue del pecado original (el asceta no hace bienvenida una nueva vida por mucho que la celebren, son radicalmente contradictorios). Este ideal es producto de cierta barbarie doctrinaria y de la gran locura sacerdotal, estamento éste pródigo en pedófilos, pederastas y demás calaña desbordante de vicios. La castidad también enferma al hombre, lo llena de «complejos» y de «mala conciencia» por su condición natural (ver partes anteriores de este ciclo); es un vicio inverso y como tal también es debilidad y un vicio mucho peor; como dice el propio Nietzsche: (…) una vida ascética es una autocontradicción: en ella domina un resentimiento sin igual, el resentimiento de un insaciado instinto y voluntad de poder que quisiera enseñorearse, no de algo existente en la vida, sino de la vida misma, de sus más hondas, fuertes, radicales condiciones (…) (Pág. 152). La premisa parece sencilla: lo vital es pernicioso. Y es que todo aquello que te hace parecer un Dios, es decir: ser pródigo y generoso (soberano), tener amor propio y ser fecundo y dador de vida… no es bienvenido para el asceta.

Espero que se entienda en mi crítica a la castidad. La critico únicamente como ideal ascético. La castidad puede tener multitud de puntos a favor. Puedo entender la castidad como un “domino de sí” (donde uno avasalla sus propios impulsos para convertirlos en beneficio en lugar de ser arrastrado por los mismos para convertirse en un esclavo), como una moderación del placer y sobre todo como una castidad abocada a una sexualidad exclusivamente procreadora, lo que me parece muy noble y muy bello. En su lado opuesto encontramos el vicio. Todo vicio es una debilidad, una forma de perder el control y la autonomía. En nuestra sociedad casi abogaría por cierta castidad, ¡no por abstinencia!, sino por una castidad que traduzco en “domino de sí”, como he dicho anteriormente en este mismo párrafo. La sociedad de consumo y las instituciones políticas empujan al Hombre a saciar sus impulsos de forma desordenada. Y es que vivimos bajo la “moralidad orgiástica progre”, una nueva era Hippie de experimentación sexual y del culto a los vicios: ¡todo menos cultura y dignificación real del Hombre! – Este es el resultado de tanto malentender, sobrevalorar e invertir el significado de libertad. El progre, el ateo y demás forma sacerdotal se muestran así como unos sacerdotes invertidos, pues sus ideales son –al menos en el terreno de la castidad y no en todos los progres, por supuesto- una antítesis radical de la castidad ascética. Ambas me parecen inhumanas, ambas se me iluminan en mi conciencia como antivitales y oscuras con un objetivo claro: encadenar al hombre, asfixiarlo... (sin que se dé cuenta) Así que la antítesis está en la mesa: la castidad sacerdotal contra el libertinaje pseudoascético. Ambos falsos ideales son defendidos por pastores, y ambos con una conciencia clara de negación de la vida. Para ejemplos podemos verlos en las últimas novedades sobre las leyes que incitan al aborto libre, en la nula y degenerada educación sexual en los colegios e institutos, en series adolescentes donde el sexo se muestra sin tapujos como un simple juego, en pornografía hasta en la sopa –TV, Internet, etc.-…

Conclusión: tanto el sacerdote ascético (fomentador de vicios invertidos: contención de impulsos y condenación de los mismos) como el sacerdote no-ascético (fomentador de vicios al uso: libre curso a los impulsos hasta el libertinaje) quieren dominar el rebaño ya sea dando o arrebatando; desgraciadamente la mayoría de las personas son enfermos sin conocimiento de sí, a esa mayoría le debemos toda esta basura moral que gobierna las conciencias y toda estupidez. Se lo debemos a la ubicua ignorancia, inopia e inconsciencia, con la que los ingenieros sociales hacen auténticas maravillas…

Y el asceta, depositario de falsos ideales, es la “sombría forma larvaria”, como diría Nietzsche, “bajo la cual le fue permitido a la filosofía vivir y andar rodando de un sitio para otro” (Pág. 150). Eso sí, al asceta hemos de agradecerle todo tipo de filosofía, hemos de quererle como a un padre y como a una madre a la vez (¿asceta como ser asexuado pero hermafrodita? –interesante), pero también enseñarle nuestros dientes y decirle que es nuestro enemigo y nuestra «mala conciencia»; y con todo esto no negar sus virtudes, que son de las que aprendemos a desaprenderlas, pues en definitiva, no es ideal la «autotortura ascética». Sin embargo, desprecio (no odio) al sacerdote pseudoascético, pues a éste no habrá que agradecerle nada, si acaso la muerte definitiva de la filosofía.

(…) disfrazarse de sacerdote, mago, adivino, de hombre religioso en todo caso, para ser siquiera posible en cierta medida: el ideal ascético le ha servido durante mucho tiempo al filósofo como forma de presentación, como presupuesto de su existencia, - tuvo que representar ese ideal para poder ser filósofo, tuvo que creer en él para poder representarlo. La actitud apartada de los filósofos, actitud peculiarmente negadora del mundo, hostil a la vida, incrédula con respecto a los sentidos, desensualizada, que ha sido mantenida hasta la época más reciente y que por ello casi ha valido como la actitud filosófica en sí, esa actitud es sobre todo una consecuencia de la precariedad de condiciones en que la filosofía nació y existió en general: pues, en efecto, durante un período larguísimo de tiempo la filosofía no hubiera sido en absoluto posible en la tierra sin una cobertura y un disfraz ascéticos, sin una autotergiversación ascética. Dicho de manera palpable y manifiesta: el sacerdote ascético ha constituido, hasta la época más reciente, la repugnante y sombría forma larvaria, única bajo la cual le fue permitido a la filosofía vivir y andar rodando de un sitio para otro... (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 150. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■


II. LA REDENCIÓN DE LOS ENFERMOS.

(…) cuando lograsen introducir en la conciencia de los afortunados su propia miseria, toda miseria en general: de tal manera que éstos empezasen un día a avergonzarse de su felicidad y se dijesen tal vez unos a otros: «¡es una ignominia ser feliz!, ¡hay tanta miseria!...» Pero no podría haber malentendido mayor y más nefasto que el consistente en que los afortunados, los bien constituidos, los poderosos de cuerpo y de alma, comenzasen a dudar así de su derecho a la felicidad. (Pincha aquí para seguir leyendo) (…)

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 160-162. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■


NOTA: Recomiendo que se lea el texto de arriba íntegramente, no solamente para que se advierta convenientemente de qué hablo, sino porque además Nietzsche dice lo que digo abajo y varias cosas más que yo no sabría explicar de forma tan certera y arrebatadora.

Son muchos quienes carecen de la fuerza de voluntad para vivir. Ya sea por naturaleza o por contagio muchos necesitan mirar a lo alto para encontrar consuelo y un sentido a la vida y a todo sufrimiento. ¿Acaso no saben que aquel que ven en lo alto no les tiene en cuenta, que como buen Hombre constituido solamente hace caso a sus iguales? ¡¿Tan difícil es simplemente vivir?! Esa debilidad de la voluntad, ese vicio por lo pernicioso, es la enfermedad del hombre por excelencia, una enfermedad contagiosa y de difícil curación. El rebaño de enfermos es el objeto de todo asceta, pues el asceta se muestra como sanador mediante la potenciación y fortalecimiento de la enfermedad (paradójicamente), pues su dominio sobre los débiles reside en que sean débiles. El asceta debe consolarles, y aún siendo igualmente unos pusilánimes, poseen la destreza suficiente y la malicia infinita -combinada con los subterfugios más groseros de la inteligencia- para elevarse como seres superiores sobre su rebaño. Son los pastores de la podredumbre de espíritu, son aristócratas invertidos, unos auténticos matasanos.

Nietzsche recomienda al hombre sano, de constitución fuerte y con conciencia soberana, no acercarse a este tipo de seres debiluchos y enfermizos. El fuerte tiene su derecho a existir, un pathos de la distancia se hace necesario. Como dice Nietzsche, “lo superior no debe degradarse a ser el instrumento de lo inferior”. Desgraciadamente, dicha mezcla se ha dado siempre, pues el hombre superior, hombre noble “de quien de todos se fía”, ha abusado de su magnanimidad. ¡Ya basta! Ahora tenemos que ser más desconfiados, más aviesos, más rapaces que nunca… ¡Ha llegado el momento de defenderse! ¡A por los enfermos! Y no fiaros de ellos, y menos de sus líderes… ¡A por ellos sin piedad, sin compasión! Su pena nos hará dudar, la culpa que nos lanzarán será enorme y nuestras conciencias puede que sufran, su moral intentará invertirnos a nosotros los hombres bien constituidos y de buena compañía, los pastores nos querrán poner el lazo… pero deberemos ser pertinaces, desenfrenados, violentos, tempestuosos, malvados… Creo que ya es hora de una nueva era de hombres y mujeres sanos y de buena naturaleza, tanto anímica como física. ¡Basta de ascetas y de pseudoascetas!

Los infelices enfermos acostumbran a ser unos envidiosos. Tanto es así que sufren cuando son felices y de la felicidad de los demás si es auténtica y con «buena conciencia»: sólo encuentran placer y bienestar en su enfermedad. Los infectados te echarán en cara toda felicidad, toda demostración de salud. Los pusilánimes han conseguido que en el mundo todo se ponga del revés, la inversión de los valores es también la inversión de los estados anímicos, y así no es difícil entrever cómo la alegría ha decaído tanto y el sufrimiento martoriológico ha sido tan ensalzado. Y culpa de esto lo tienen los ideales ascéticos, esos ideales para cansados, para derrotados, para…■



III. ARTE E IDEAL ASCÉTICO Y UNA CRÍTICA A LA VERDAD.

(…) ciencia e ideal ascético, se apoyan, en efecto, sobre el mismo terreno -ya di a entender esto-: a saber, sobre la misma fe en la inestimabilidad, incriticabilidad de la verdad, y por esto mismo son necesariamente aliados, - de modo que, en el supuesto de que se los combata, no se los puede combatir y poner en entredicho nunca más que de manera conjunta. Una apreciación del valor del ideal ascético trae consigo inevitablemente también una apreciación del valor de la ciencia: ¡ábranse los ojos y agúcense los oídos para percibir tal cosa en todos los tiempos! (El arte, dicho sea de manera anticipada, pues alguna vez volveré sobre el tema con más detenimiento, -el arte, en el cual precisamente la mentira se santifica, y la voluntad de engaño tiene a su favor la buena conciencia, se opone al ideal ascético mucho más radicalmente que la ciencia: así lo advirtió el instinto de Platón, el más grande enemigo del arte producido hasta ahora por Europa. Platón contra Homero: éste es el antagonismo total, genuino - de un lado el «allendista» con la mejor voluntad, el gran calumniador de la vida, de otro el involuntario divinizador de ésta, la áurea naturaleza. Una sujeción del artista al servicio del ideal ascético es por ello la más propia corrupción de aquel que pueda haber, y, por desgracia, una de las más frecuentes: pues nada es más corruptible que un artista.) (…)

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 194-195. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


La ciencia y las posturas ateístas son una contradicción del ideal ascético pero no su antagonismo, pues ambos buscan las verdades absolutas e irrefutables. Como contrapartida un nuevo tipo de filósofo, llámese librepensador, un filósofo más parecido a un artista, un filósofo alejado del ideal ascético, más cercano a otro tipo de virtudes más sanas y vitales. Y es que la tarea de un librepensador no es la verdad, al menos no la verdad como medio, sino que su tarea reside en la falsedad, en la mentira, y esta como medio para llegar a la verdad. A la verdad no se llega directamente; ese ha sido, a mi juicio, el gran error de aquellos que de forma obstinada, valiente y esforzada han emprendido el plausibilísimo y poco valorado camino hacia la verdad y a lo verdadero. Tal vez, por esta razón, sea el librepensador un hombre bien cercano al arte, pues cultiva la mentira como manifestación real de la vida y lo falso como realidad inasumible por muchos pero cierta e irrefutable: sólo el arte ascético priva al librepensador de verse en su mundo sin mugre. Como dice Nietzsche: «Platón contra Homero: éste es el antagonismo total».

Pero bien, critiquemos a la verdad. Hemos de hacer énfasis en que la verdad en sí no es criticable siempre que sea lo suficientemente cierta. Lo criticable en realidad es el valor de la verdad, o mejor dicho, el valor dado a la verdad y lo que con ella se ha consumado, es decir, aquella utilización maléfica de la verdad, esa interesada denominación de verdad a cosas que no lo son. La verdad es autoritaria, convierte en dogma todo lo que toca… ¡cuidado con la verdad!, ¡cuidado con aquellos que hablan de la verdad, de ser veraces!

Si algo demuestra la Historia científica y religiosa y la propia clase de hombres libres que lucharon en su momento histórico “en contra de la verdad” (así debió de vérseles en su propia época paradójicamente, como negadores de la verdad, de lo cierto, de lo absoluto) es que no hay nada que haga brotar más sospechas que la mismísima verdad. La verdad otorgada a las cosas por el hombre es bastante ciega. Si Copérnico no hubiera insistido en su teoría heliocéntrica –y posteriormente Galileo y Kepler- del sistema solar (cosa que ya atisbó Heráclides Póntico -aprox. 390-310 a.n.e.-, astrónomo y filósofo griego) Europa seguiría sumida en lo “verdadero” cinco siglos más (intúyase mi ironía). Así que no denostemos lo falso, no denostemos a los “locos”. La idea de verdad es siempre una idea dominante y no siempre una idea cierta e indudable, es la idea que suma más egos y más conciencias a su favor, pero solamente eso. La verdad siempre se ha valido de la “fuerza” y del número para justificar su certeza. Y no únicamente la “fuerza” y el número, sino mucho uso de la Razón, del raciocinio, en pos de la defensa de una verdad equivocada. Y es que hay que decirlo, si bien la inquisición y los estamentos religiosos atascaban los desmarañamientos de la verdad establecida, hoy la ciencia con su disfraz democrático funciona con el mismo dogmatismo. La ciencia es una religión doctrinaria con tantas afinidades con la religión al uso que su confrontación equivale a la de dos sectas cristianas durante el Medievo. Y sé que exagero, pero es que hay algo muy sospechoso y muy extraño: ciencia y religión quieren verdades absolutas e irrefutables. Sin embargo, la religión ha hecho todo lo que ha estado en su mano en contra de la certeza, por ello es bastante lícito tener cierta desconfianza en la ciencia, una ciencia que sea dicho no responde a postulados metafísicos y del más allá, pero si a las grandes corporaciones y capitales: el dinero como una nueva fe que mueve montañas, las infraestructuras de las multinacionales como nuevos templos, el proletariado como creyentes estúpidos que buscan consuelo en el capitalista y…■


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21 de agosto de 2009

CICLO "Genealogía de la Moral" (PARTE III/IV): «Culpa», «mala conciencia» y similares (II)



IV. SOBRE EL ORIGEN DE LA MALA CONCIENCIA.

En este punto no es posible esquivar ya el dar una primera expresión provisional a mi hipótesis propia sobre el origen de la «mala conciencia»: tal hipótesis no es fácil hacerla oír, y desea ser largo tiempo meditada, custodiada, consultada con la almohada. Yo considero que la mala conciencia es la profunda dolencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión de aquella modificación, la más radical de todas las experimentadas por él, de aquella modificación ocurrida cuando el hombre se encontró definitivamente encerrado en el sortilegio de la sociedad y de la paz. Lo mismo que tuvo que ocurrirles a los animales marinos cuando se vieron forzados, o bien a convertirse en animales terrestres, o bien a perecer, eso mismo les ocurrió a estos semianimales felizmente adaptados a la selva, a la guerra, al vagabundaje, a la aventura, - de un golpe todos sus instintos quedaron desvalorizados y «en suspenso». (Pincha aquí para leer el texto completo) (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 108. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

Adentrémonos en el origen de la «mala conciencia». Nietzsche sincroniza en cierta medida dicha aparición con la modificación que sufrió el hombre al civilizarse, al mezclarse en sociedad. Un hombre aún primitivo, acostumbrado a dar rienda suelta a sus afectos (pasiones), más bárbaro por ser más animal (y no por ser más bárbaro será menos civilizado), tendrá en sociedad que frenar sus pulsiones y rebajarse al orden impuesto por la ley moral (a grandes rasgos –a lo mejor no tan grandes- todo código penal es una ley moral y toda religiosidad es tanto una ley moral como un código penal). Así empieza el debilitamiento del hombre fuerte, así comienza el cansancio, el odio al placer y la lenta degeneración en un mundo abordado por el hastío y sin afán de superación. En nuestros días resulta evidente, dicha realidad rezuma como el aire fétido de un excremento de vaca. Las sociedades occidentales son sumamente débiles y enfermizas (y las propias sociedades trabajan en ese sentido: frenos a la superación personal, medios para alimentar los instintos disolutamente, etc.): es el resultado de tanta paz y de tanto bienestar; así hemos llegado a tal punto que Europa se ve indefensa ante otros pueblos más fuertes. Un poco de barbarie no hace daño, es beneficioso, es señal de salud, de hombres activos y libres que están dispuestos a luchar por lo que les pertenece y, sobre todo, que están dispuestos a prodigarse (darlo todo): alguien que se entrega y que se ama a sí mismo es orgulloso, pero también generoso. Dicho esto, se intuye con mayor claridad lo que quiero decir: el hombre-animal tuvo que dejar en suspenso sus instintos debido a los efectos de la sociedad y esa promesa de paz que tanto ansiaban los débiles y enfermos de espíritu, pues no dependían de sí mismos, no eran soberanos, no sabían defenderse. Una paz mal entendida, porque cuando el hombre no tiene contra quién desbordar su impetuosidad y ansias de conquista se devora a sí mismo: nuestra concordia debe ganarse cultivando nuestra fuerza, demostrándonos a nosotros mismo y al resto de los seres cuán temibles somos: sólo la fuerza da seguridad, sólo la seguridad da la paz.

No obstante, es ese paso de la vida sin inhibiciones a la vida en sociedad lo que desencadena «el comerse a sí mismo», así inaugura el hombre la «mala conciencia», la «culpa», el «resentimiento»…; como dice Nietzsche: “todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro”. Eso es lo que Nietzsche llama interiorización, así es como el hombre empezó a inventarse de nuevo como una bestia de las profundidades, subterránea, oscura y miserable: esto derivó a rencor hacia uno mismo, a autotortura, a espiritualidad… No es difícil percibirlo, al menos yo lo advierto bien claro. Todos nos hemos torturado y envenado en mayor o menor medida por algo alguna vez. Esa tortura viene dada por unas leyes morales que no respetan el orden natural de la vida misma, que no respetan la naturaleza humana; leyes que ven indecorosa toda exacerbación de vida, de sexualidad, de alegría… No hablo de vicios, los vicios son degeneraciones mentales producidas por la inteligencia del raciocinio, yo hablo de los sanos instintos, de nuestro brío animal -recóndito y secreto-, aquello que a veces todo ser humano añora y que sabe que es la verdadera liberación. El instinto es nuestra inteligencia natural, y hubo instantes en los que supo convivir con el raciocinio, ese subproducto de la inteligencia, engañador y poco fiable (el verdaderamente inteligente es aquel que no se deja engañar); y ambas se respetaban y se llevaban bien, pero al final triunfo aquello por lo que el hombre se independizó de la naturaleza, llamándose hombre: con tal mentira nos hemos inventado nuestra superioridad sobre todas las cosas habidas en la tierra y en el universo, de tal forma hemos pasado de ser hombres dentro de un orden a ser arquitectos de la naturaleza.

Quienes dominan la moral de la «mala conciencia», quien es débil y por ello más sutil en el uso de subterfugios y mejor conocedor de los laberintos de la mente, sabe cómo domar al hombre noble, bondadoso y alegre, al veraz, al hombre de «buena conciencia». Así no es raro ver cómo el débil utiliza precisamente su debilidad para aprovecharse del hombre superior: este ser enfermo es un ser que condena a muerte todo lo que toca, su fecundidad es nula. El sacerdote, gran dominador de estas malas artes, ha sabido hacer al hombre culpable de su fuerza y de su pasado animal. La mujer no ha sido menos respecto al género masculino. Los poseedores de esta «mala conciencia», enfermos ellos, no dudarán en contagiar su peste al resto de los seres, de destruir la conciencia sana y desparramar la «culpa» y el «resentimiento» para que todos nos despellejemos vivos. El sacerdote ha sido en este punto un diseminador (es especialista en maltratar para luego consolar) de la gran enfermedad del espíritu; pero de esto ya hablaremos en la cuarta parte de este ciclo.

Y así prorrumpió la «mala conciencia», cuyos efectos se manifiestan mediante “el sufrimiento del hombre por el hombre” y por razón de “la guerra contra los viejos instintos”; todo esto gracias a la interiorización, gracias a un mal entendimiento de lo que es “ser dueño de sí”… ¡precisamente esto último debiera hacernos mejor conocedores de nosotros mismos y más libres de la «mala conciencia»!; sin embargo vivimos en el error, en una manía autopersecutoria que nos hace siempre culpables, cuando el hombre es inocente de su condición y no debiera, por lo tanto, sufrir por lo que es como ser y como materia, sino disfrutarlo y potenciarlo. Es absurdo sufrir con lo que debiera gozarse, y también es absurdo no admitir el sufrimiento, el esfuerzo y el sacrificio en aquello que verdaderamente si lo requiere.■


V. UNA SEGUNDA INOCENCIA.

(…) El advenimiento del Dios cristiano, que es el Dios máximo a que hasta ahora se ha llegado, ha hecho, por esto, manifestarse también en la tierra el maximum del sentimiento de culpa. Suponiendo que entre tanto hayamos iniciado el movimiento inverso, sería lícito deducir, con no pequeña probabilidad, de la incontenible decadencia de la fe en el Dios cristiano, que ya ahora se da una considerable decadencia de la conciencia humana de culpa (Schuld): más aún, no hay que rechazar la perspectiva de que la completa y definitiva victoria del ateísmo pudiera liberar a la humanidad de todo ese sentimiento de hallarse en deuda con su comienzo, con su causa prima. El ateísmo y una especie de segunda inocencia (Unschuld) se hallan ligados entre sí. -■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 116-117. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


Nietzsche departe sobre el ateísmo tratándolo como una especie de segunda inocencia, como una siguiente etapa existencial del hombre, ya sin deudas y sin la maldita «mala conciencia». ¡Y qué equivocado estaba Nietzsche! Es cierto que Nietzsche también recalca -en el tercer tratado de Genealogía de la Moral- en algunos pasajes el asunto del resentimiento y de la no contrariedad con lo religioso (y el ideal ascético) por parte del ateísmo y la ciencia, pero… (Toda confrontación habida entre ateos y ascetas –sacerdotes y demás– es una pura contradicción, una paradoja inevitable) En fin, el ateo al final se ha revelado como un auténtico resentido precisamente por su incapacidad de no poder vivir sin Dios. Como ya se ha dicho en este blog alguna vez, a Dios le debe el ateo toda su existencia: sus neuras contra tal Ser Único acaban rebotando en su carne humana y mortal y deteriorando su conciencia. ¡Qué gran resentido el ateo! ¡Cuánta «mala conciencia» atesora en sí! El ateo se ha convertido en el nuevo ídolo espiritual, en el nuevo sacerdote que aboga por un nihilismo metafísico, una nada tranquilizadora, consoladora, aniquiladora de todo sufrimiento y vida: un «más allá» sin existencia. El ateo no vive sin Dios, lucha contantemente contra él. El no poder vencerle, el no poder borrarlo del vocabulario y de las conciencias es lo que le llena de odio, de rencor, de autotortura… Así que no, ¡no, Nietzsche!, el ateísmo no es una segunda inocencia… Sé que a priori lo parecería: ¡librarse de Dios, qué bien suena!; pero el devenir ha acontecido en consecuencia y lo que nos ha dejado es una segunda culpabilidad. Qué sabio el pagano pues, ese otro hombre religioso pero con una conciencia más sana y diferente; sapiente de que es imposible escapar de la idea de Dios se forjo multitud de dioses poderosos en los cuales poder verse como en un espejo, con los cuales poder elevarse…

Dicho todo esto, es inevitable plantearse ciertas preguntas: ¿Cómo liberarse? ¿Cómo encontrar la inocencia? ¿Cómo atesorarse una «buena conciencia»? ¿Cómo matar a Dios? ¿Y después de matarlo, si tal cosa fuera posible, «qué»?

He de incidir en el nihilismo metafísico. El nihilismo es algo muy tratado en El Mundo de Daorino y me considero bastante influenciado por dicha tendencia. Mi nihilismo sigue intacto, tal como yo lo entiendo es una oportunidad de crear. Es decir, para mí el nihilismo no es un mundo metafísico, subterráneo o allendista (del «más allá»), sino un estado de hastío, de vacío existencial, donde se abren dos caminos: el suicidio o superarse. ¿Y cómo superarse? Como diría Camus, afirmándose en el absurdo, sufriendo alegremente la tortuosidad de la vida, creando un mundo nuevo con sentido propio (hacerse la causa uno mismo); o como diría Rosset, irguiéndose jubilosamente con una «alegría paradójica», la fuerza mayor. El nihilismo metafísico es una nueva doctrina seguida por ateos, agnósticos, escépticos, relativistas… que esconde en sí “el consuelo” de un nuevo «más allá», el nuevo lugar donde los automortificados ateos quieren llegar para aliviar su sufrimiento y su dolor: ¿no os suena a cristianismo, a islamismo, a podredumbre monoteísta? Tanto el ateo como el creyente buscan lo mismo, el consuelo en un «más allá», ¡en un mundo subyacente! Ahora bien entiendo que la vida hay que afirmarla en cada instante, asirse fuerte en cada segundo, desafiar el mundo y afrontar cada dificultad con firmeza. Todo «más allá» es una ilusión, toda idea metafísica es una construcción de la conciencia para exonerar sus padecimientos y sus dudas, una quimera, un dislate... Si algo nos enseñan los héroes griegos es lo hermoso que es sufrir, lo bello que es el sacrificio y lo placentero que resulta ponerse a la altura de los dioses, aún sabiéndose (los dioses) un error, es decir, una invención. Si algo me queda claro, es que lo único verdadero son nuestros errores y falsedades, por ello Nietzsche siempre encontraba la esencia de algo en su contrario y por algo es un maestro de la antítesis, por eso rebajaba el valor de la verdad en grado sumo, ¡¡pues hay más certeza en la mentira, aunque duela decirlo, aunque sea cruel, aunque muchos no quieran oírlo!!

¡¡ARRIBA ESOS ESPÍRITUS LIBRES!! ¡¡QUE DEVENGA PRONTO EL LIBREPENSADOR, ESE HOMBRE QUE NIETZSCHE BAUTIZÓ COMO SUPERHOMBRE!!■


VI. LA LIBERTAD DEL ALMA.

(…) Que en sí la concepción de los dioses no tiene que llevar necesariamente a esa depravación de la fantasía, de cuya representación por un instante no nos ha sido lícito dispensarnos, que hay formas más nobles de servirse de la ficción poética de los dioses que para esta autocrucifixión y autoenvilecimiento del hombre, en las que han sido maestros los últimos milenios de Europa, - ¡esto es cosa que, por fortuna, aún puede inferirse de toda mirada dirigida a los dioses griegos, a esos reflejos de hombres más nobles y más dueños de sí, en los que el animal se sentía divinizado en el hombre y no se devoraba a sí mismo, no se enfurecía contra sí mismo! Durante un tiempo larguísimo esos griegos se sirvieron de sus dioses cabalmente para mantener alejada de sí la «mala conciencia», para seguir estando contentos de su libertad de alma: es decir en un sentido inverso al uso que el cristianismo ha hecho de su Dios. (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 120. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

El griego antiguo no interiorizaba, vivía protegido del veneno, era un ser entregado a la vida: “no hay mayor profundidad que en lo superficial (la naturaleza, lo real, la vida misma)” – por ello el griego era un hombre artístico (escultórico: apolíneo) y dionisiaco (sufriente). Nietzsche nos enseña en este texto esta sabiduría y nos da la receta, el secreto de este tipo de hombre remoto, para atesorarse una «buena conciencia».

Los dioses griegos justificaban al hombre -dichas deidades eran toda la «mala conciencia» del hombre, también lo bello, lo sublime...-, a dichos dioses se les achacaba toda la «culpa»: todavía el hombre se veía como un animal más –pues no se habían despojado de su verdadera esencia natural, de sus instintos (la civilización es un proceso de afeminamiento) –. El griego era entonces inocente, tenía «buena conciencia», los dioses eran su consuelo. Al fin y al cabo todo era producto de la locura (no pecado): «Un Dios, sin duda, tiene que haberlo trastornado», decía el griego ante la insensatez de algún compatriota. Grecia en contraposición al Dios Único de los judeocristianos: una religión que libera al hombre y lo diviniza frente a otra que lo esclaviza, un hombre fecundo frente a otro abortivo.■


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