26 de marzo de 2009

CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA" (PARTE I/IV)

DE LO MORAL Y LO AMORAL Y
DE LA RAZÓN A LA IRRACIONALIDAD
Por encima del bien y del mal


Me reafirmo aquí en que Nietzsche es en lo concerniente a la vida un verdadero entusiasta, un soplo de aire fresco, un pájaro con vuelo firme e impetuoso en la tempestad, un AFIRMADOR con mayúsculas cuya lectura da como resultado una orgía dionisíaca intelectual y una gratificante y rehabilitadora sensación de bienestar consigo mismo.

¿Qué es la moral? Pues la distinción entre el bien y el mal; ¿y qué es lo amoral? Pues una perspectiva crítica de lo moral; amoralismo ciertamente: la visión de que no hay principio de bien ni de mal moral determinable, y que la vida es irracional en sí misma y decir lo contrario es negarla absolutamente: entender esto es entender a Nietzsche. Por ello el cristianismo es negación de la vida (y no sólo el cristianismo, sino toda visión teológica o ideológica de cualquier índole), pues es sustancialmente moral, e yendo más lejos, moralmente tendenciosa y aniquiladora; ¿y por qué aniquiladora? Pues como diría Nietzsche en su prólogo para la tercera edición de El Nacimiento de la Tragedia (escrito en 1886 de forma tardía, pues dicho título fue publicado en el año 1872) atacando el cristianismo:

(…) la incondicional voluntad del cristianismo de admitir valores sólo morales me pareció siempre la forma más peligrosa y siniestra de todas las formas posibles de una «voluntad de ocaso»; al menos, un signo de enfermedad, fatiga, desaliento, agotamiento, empobrecimiento hondísimo de la vida, -pues ante la moral (especialmente ante la moral cristiana, es decir, incondicional) la vida tiene que carecer de razón de manera constante e inevitable, ya que la vida es esencialmente algo amoral, (…) ¿cómo?, ¿acaso sería la moral una «voluntad de negación de la vida», un instinto secreto de aniquilación, un principio de ruina, de empequeñecimiento, de calumnia, un comienzo del final? ¿Y en consecuencia, el peligro de los peligros?... Contra la moral, pues, se levantó entonces, con este libro problemático, mi instinto defensor de la vida, y se inventó una doctrina y una valoración radicalmente opuestas a la vida, una doctrina y una valoración puramente artísticas, anticristianas. ¿Cómo denominarlas? En cuanto a filólogo y hombre de palabras bauticé, no sin cierta libertad -¿pues quién conocería el verdadero nombre del Anticristo?- con el nombre de un dios griego: las llamé dionisíacas.

Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, pág. 33, 34. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

¿Y por qué despojarse de toda moral? ¿Por qué tener una sensibilidad de artista nietzscheano? ¿Por qué encumbrarse a las alturas, tan alto que pueda vislumbrarse lo bueno y lo malo como una masa homogénea, donde la bondad y la maldad, en consecuencia, sean indistinguibles? ¿Cómo entender todo esto? Pues asumiendo que la vida es irracional y que toda conjetura moral es, por lo tanto, una especie de mala hierba que pretende desprender a la realidad de su propia esencia irracional, irracional en cuanto que la existencia (la vida) no tiene ninguna justificación de ser, ni la necesita, pues existe porque ella misma es existencia; en consecuencia, lo moral es siempre la negación de parte de algo, mientras que lo amoral es asentarse en el placer de la vida, un placer que podríamos calificar de libertad nietzscheana, donde todo constituye un elemento positivo para la vida, ya sea aparente o sensible, (ni) bueno, (ni) malo...

(…) tan sólo un dios-artista completamente amoral y desprovisto de escrúpulos, que tanto en el construir como en el destruir, en el bien como en el mal, lo que quiere es darse cuenta de su placer y soberanía idénticos, un dios-artista que, creando mundos, se desembaraza de la necesidad implicada en la plenitud y la sobreplenitud, del sufrimiento de las antítesis en él acumuladas. (…)

Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, BA 0616, pág. 32. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

Nietzsche califica toda valoración artística como anticristiana pero a la vez como opuesta a la vida. Lo hace refiriéndose a El Nacimiento de la Tragedia. Dicho prólogo, del que ya hice referencia más arriba, es ante todo una crítica a esta primera obra de Nietzsche, un Nietzsche aún inmaduro, donde él mismo se regaña por su desliz romántico contagiado en aquella época Goethiana: «Contra la moral, pues, se levantó entonces, con este libro problemático, mi instinto defensor de la vida, y se inventó una doctrina y una valoración radicalmente opuestas a la vida, una doctrina y una valoración puramente artísticas, anticristianas». Para mí supone una contradicción a priori, aunque no me atrevo a aventurarme en este aspecto por mi conocimiento parcial de Nietzsche y asumiendo que este artículo es toda una profanación de su palabra: no quiero ni pretendo hablar como el que sabe, siempre escribo para ver si me entero de algo.

Pero vayamos a la cuestión morbosa, más o menos respondida. ¿Es la vida racional o es irracional? Y respondida esta pregunta, qué menos preguntarnos: ¿Es la vida moral o amoral? ¿Y dónde se encuadra lo inmoral?

Si la vida puede explicarse sin caer en la metafísica o en la especulación (o incluso cayendo en las dos) ésta debería tener por lo tanto un principio racional. ¿Pero toda explicación racional es racional? Esta pregunta parece absurda, pasarse de rosca, pero hasta Nietzsche insinúa que toda moral carece de razón: ante la moral (especialmente ante la moral cristiana, es decir, incondicional) la vida tiene que carecer de razón de manera constante e inevitable, ya que la vida es esencialmente algo amoral; cuando la razón misma (el intelecto) se supone que racionaliza (hace entendible) una acción o la realidad. Esta visión puede aplicarse a la misma naturaleza de la existencia: la razón misma de la vida reside en su irracionalidad, en su incomprensible ser. Sea ésta la filosofía paradójica de Nietzsche.

Asimismo, creo que la perspectiva amoral constituye una moral por encima de la moral y de lo inmoral, que visto desde la postura amoralista constituyen lo mismo sin distinciones. ¿No es en definitiva lo moral e inmoral dos vertientes de a favor o en contra sobre una acción determinada sin posibilidad casi de autocrítica, elemento que si se vislumbra en toda aptitud amoral? ¿Acaso no nos dice Nietzsche que nos despojemos de toda la basura que nos han inculcado, de toda la mala conciencia y odios y hagamos nuestra propia transvaloración, que seamos artistas y creadores? ¿No es en definitiva la transvaloración la manera amoralmente constructiva de acercarse a la verdad de lo aparente, de la mentira, de lo falso, etc. para clarificar la realidad? ¿No es en definitiva Nietzsche un diseccionador moral, un Darwin catalogador de especies morales, un científico de la filosofía? ¿Científico? Pues claro, ¿no parten a caso ambos de la misma realidad?

Pero ante todo hemos de asumir la paradoja de que nadie puede escapar de la moral, ni siquiera el propio Nietzsche; nadie puede estar por encima del bien y del mal en la vida, solamente la vida misma en sí puede estar a esa altura: así de insignificantes somos los seres humanos. Nadie puede ser tan insensible, ni permanecer tan apartado del mundo social como para no tener cierta tendencia a moralizar o ser moralizado (ser objeto de un juicio moral) hacia un lado u otro. Pero aún asumiendo esta paradoja nos encontramos en que una perspectiva amoralista nos sirve como autocrítica, como una forma de ver clara e imparcialmente las cosas, una especie de herramienta de análisis, que lo es, que nos ayudará a tener los ojos abiertos y saber a ciencia cierta que en realidad nada es bueno ni malo, sino que nos parece bueno y malo. La vida es Dionisíaca por ello, y por ello debe tener la Vida nombre de un Dios, pues tan elevado está, tan por encima del bien y del mal. Solamente siendo artistas podremos acercarnos a él, solamente siendo alegres podremos soportar las contradicciones, pero sin olvidar que hasta Dioniso mira Apolo a los ojos y a veces éste último intenta advertir a Dioniso de sus excesos y travesuras.■


ESQUEMAS PREPARATORIOS DE EL CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA"

De Esquemas


De Esquemas

5 de marzo de 2009

ALBERT CAMUS: El Extranjero


El Extranjero fue publicado por primera vez el año 1942 y supone la obra que coloca en escena al franco-argelino Albert Camus, que posteriormente recibiría el Premio Nobel en el año 1957, tres años antes de su muerte en un accidente automovilístico.

El Extranjero pone bajo relieve el vacío y el absurdo de la existencia, es una expresión de lo meramente material de la vida y de lo superficial de las cosas por muy hondas que estén. Si se atisba cierta profundidad es posteriormente desmitificada, pues no es sino descubrir nuestra superficialidad oculta: lo trascendente debería por lo tanto quedar inaccesible e indescifrable o no quedar al descubierto ante la insípida sensibilidad de un indolente como Mersault, protagonista de la novela que comentamos y a quien todo le da igual. Ni afectos, ni sentimientos humanos, nada, en este libro eso no existe como buena muestra de la deshumanización del Hombre. Todo queda sumido bajo el yugo del absurdo y bajo la premisa “qué más da una cosa que otra” pues nada importa, todo queda bajo el paisaje de la indiferencia. En El Extranjero, la mirada del nihilista es contemplativa, pasiva, casi actúa por mero reflejo corporal, como cuando nos movemos por el susto y actuamos bajo un instintivo manotazo al aire para protegernos de a saber qué cosa invisible. El único sufrimiento apreciable es existir.

Esa prosa clara, concisa, lacónica, no hace más que inquietar al lector de El Extranjero. Te sitúa en un plano de casi atemporalidad, como si los hechos pasaran de un sitio a otro con un chasquido de dedos. Camus nos deslumbra con una prosa descriptiva, brillante en su medida, limpia y sin fisuras. Como buen existencialista, nos adentra en las tinieblas del espíritu humano, un espíritu que actúa sin razón clara, condenado al absurdo de su hacer o a la mentira de un objetivo, de una meta: ensoñaciones del Hombre que quiere darle sentido a las cosas que no la tienen.

Camus representa junto con Sartre una de las más brillantes prosas existencialistas del s.XX y podemos situarlo sin dudar entre los más destacados autores de la Historia Universal de las letras, al ser un referente literario insoslayable y el ojo de una época convulsa no ausente de la famosa Náusea; una época no ausente, en definitiva, de amargura y del sin sabor que deja la sangre. En definitiva, Camus nos muestra en El Extranjero el desencanto, el mismo desencanto de una época que podemos ver reflejada en Sartre o en Hesse, incluso en Cioran y otros más; sus ecos hoy se escuchan con la misma fuerza, sólo que se hace oídos sordos: hoy la esperanza suena con más firmeza que la verdad, y el hombre tropieza una y otra vez... Cada generación lo único que hace es levantarse de nuevo.

Y después de leer El Extranjero quién, con un poco de decencia y de decoro, no puede sentirse un poco extraño entre los hombres, un extranjero en su propia sociedad, una especie de apátrida en el mundo de las ideas; quién puede, en definitiva, resistirse a la idea de que es un extranjero, un hombre un tanto indiferente al obrar común que nos convierte en monstruos ante los ojos de la “normalidad”.■