30 de abril de 2009

CICLO “Tratado de Ateología” (PARTE I/IV) ATEOLOGÍA



Con esta entrada iniciamos un nuevo ciclo en El Mundo de Daorino donde pretendo hacer un pequeño estudio sobre la Primera Parte del ensayo Tratado de Ateología del filósofo francés Michel Onfray. Este autor, materialista, utilitarista y hedonista, propone una trasvaluación de la moral mediante la filosofía y la ética con la única herramienta de la Razón, alejándose de construcciones mediante la Metafísica y la Religión, negando tajantemente a Dios como idea valida; propone, en definitiva, una nueva era moral y ética, el poscristianismo, y una “física de la metafísica” (subtítulo de este libro).

« ¿La religión? Una invención de los hombres para poder asegurarse el poder sobre sus semejantes. ¿La razón? El instrumento que permite luchar contra todas esas tonterías (palabras de Cristovao Ferreira, citadas por M. Onfray)».

(Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama –Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 46)

Su ataque al judeocristianismo es imperativo, irrumpiendo como una especie de pos-Nietzsche en el panorama filosófico actual. La tarea de la Ateología es deconstruir los monoteísmos (los tres), desmitificar las religiones (las tres), desmontar las teocracias (las tres) y gritar un sí a la vida, un sí al cuerpo, un sí al Hombre, alejándose como consecuencia de la neurosis, de las patologías, de las quimeras que provoca la fe y la fantasía. Así, este libro pretende ser una cura, una cura para erradicar esas pulsiones judeocristianas asentadas en nuestra cultura y que sobrevivirán a la caída de la Iglesia y de toda jerarquía religiosa organizada, ¡tal es el daño! En las voluntades de los hombres aún dicta una teocracia.

«El ateísmo posmoderno anula la referencia teológica, pero también la científica, para construir una moral. Ni Dios, ni Ciencia, ni Cielo inteligible, ni el recurso a propuestas matemáticas, ni Tomás de Aquino, ni Auguste Comte o Marx; sino la Filosofía, la Razón, la Utilidad, el Pragmatismo, el Hedonismo individual y social, entre otras propuestas a desarrollar dentro del campo de la inmanencia pura, a favor de los hombres, para ellos y por ellos, y no para Dios o por Dios».

(Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama –Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 33)

Para Onfray es necesario, para construir una nueva moral, “trabajar con la realidad y construir a partir de ella”. Esa realidad existente es la sensible, no hay nada más allá. La realidad ostensible es todo a lo que el hombre puede aspirar, lo demás son divagaciones, imaginaciones de la mente, mentiras puras. El ateo debe vivir libremente ante sí mismo, no debe justificar sus actos ante ninguna divinidad ni llenarlos de la malsana mala conciencia. ¡El ateo ha desacralizado el mundo y lo ve ante sí tal como es, sin cuentos de niños, sin revelaciones, sin negar la vida, sólo con la Razón! El ateo es, en definitiva, un guerrero en constante lucha contra la inexpugnable y recurrente idea de Dios.

En el punto dos de la primera parte de este libro que comentamos Onfray dice claramente que Dios morirá con el último de los hombres, pues todo, hasta lo procedente de sus negadores le justifica de algún modo, dándole peso en “lo real”. A mí esto me lleva a lo siguiente: el ateo es un resentido, un odiador (todo odiador es un resentido), una víctima y un verdugo ante una idea que intenta aniquilar, una idea que a cada golpe recibido se hace más grande. ¿Cómo destruir a Dios, pues? Sería fácil, al menos el decirlo lo es: no pensando en él, ¡ja! Tarea ardua, imposible, tan anclada está la idea de Dios en nosotros. Como conclusión, la idea de Dios es totalitaria; y si bien Dios no es real y por lo tanto no es inmanente en la vida misma, si es inmanente en el Hombre, pergueñador de historietas, crédulo oyente de histerias, parturienta fértil de divinidades.

Para matar a Dios tal vez la Ateología sirva como una forma de enfrentarse contra tal idea inventada, contra la quimera, trabajando con la realidad y construyendo a partir de ella; pero la Ateología tal vez no sea lo suficientemente fuerte como para llegar a la consumación liberadora del deicidio. «Así pues, Dios durará tanto como las razones que lo hacen existir; sus negadores también…» (Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama -Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 33), sentencia Onfray. ¿Pero cómo matar algo que cobra vida con sólo nombrarla? Dios es como Medusa, que al mirarla te convierte en piedra: negar a Dios casi te convierte en un creyente. Tal vez podría matársele siendo lo contrario que lo produjo: activo, afirmador, valiente, inteligente y consciente de “lo real”; pues Dios no pudo nacer sino del miedo y de la debilidad en tierras yermas, en el desierto. En definitiva, la única forma de aniquilarlo sería hundiéndolo en un profundo olvido: ¡Qué grande debería ser el golpe a nivel planetario para provocarnos “una amnesia de Dios”!

Pero he ahí que el ateo de Onfray no ha de confundirse con un “ateo resentido”: «Aquel que pretende aspirar a la no creencia en Dios, quedándose paralizado en el resentimiento, en el odio hacia lo relacionado con semejante invención. La no creencia, la negación total, sería el Nihilismo. Por lo tanto, el ateo es un mal rumiante porque no digiere ni a Dios por un lado ni su negación por otro -pues negar a Dios es una falsa negación-, por lo que no tiene acceso ni a Dios ni al Nihilismo» (daorino). Este tipo de ateo justifica con sus argumentos una idea ficticia, le da crédito al discutirla, pero para Onfray el ateísmo ha de entenderse como aquello que se opone drásticamente a la idea de Dios, sin darle crédito alguno (citarle debería considerarse como un in-nombramiento); pero en realidad el ateo le debe precisamente a Dios toda su existencia, un ateo que es además moral hasta la casquería y que como el hombre de fe se cree dueño de “lo cierto”: ambos, fe y razón, pretenden el poder: ¡¡A DIOS NO DEBE DE ENFRENTÁRSELE, SINO QUE HAY QUE SUPERARLO SIENDO MÁS!!

El principal problema de la Ateología, señala Onfray, es que no hay vocabulario hecho para la confrontación directa contra la Teología y las Teocracias. Ateo significa muchas cosas, ateos pueden ser gente con una fe incuestionable incluso: ateo es todo aquel que se ha rebelado contra el orden teocrático establecido, todo aquel que hace culto a una religión distinta, aquel que vive libre ante Dios, etc. Así pues, ¿cómo llamar a los negadores de Dios? La palabra a-Dios no existe dentro de los significantes establecidos. Este problema es de suma importancia en esta primera parte del libro que tratamos. Ni siquiera en la Ilustración, abanderados de nuestros ideales actuales, abanderados de las luces y del libre pensamiento, se despojaron del lastre judeocristiano: la adaptaron para los nuevos tiempos. No negaban a Dios, ciertamente, lo aceptaban bajo la sombra del deísmo. Así pues, la Ateología es en realidad algo muy reciente.

Onfray defiende el poscristianismo (una nueva Era para la Razón), una vida alejada de Dios, una vida basada en la realidad y en la verdad; defiende una sociedad hecha para el hombre y por el hombre, un mundo del más acá y no del más allá. Entonces su ateísmo no “parece” contener un resentimiento, sino un sí a la realidad sin Dios. La Ateología es entonces una vuelta a la cordura, a la vida, “salud mental recuperada”, como diría el propio francés. El nihilismo queda totalmente al margen, que para Onfray significa la decadencia del Hombre, una ausencia de valores.

«La época parece atea, pero sólo a los ojos de los cristianos o de los creyente. De hecho, es nihilista.»

(Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama -Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 57)

Pero he que me inquietan ciertas cosas. ¿Qué lugar ocuparía la razón en un nuevo mundo pos-cristiano? ¿El de Dios? Si se hace cuestión de fe La Razón, mal, si se hace de la razón dogma, mal, si la razón es usada a manera de Dios, peor todavía; pero si se usa la razón para argumentar, observar, desenmarañar, desmitificar, desacralizar y aniquilar la mentira y las quimeras (¡pues para lo mismo que se usa la fe puede manejarse la razón!), estupendo.

Vivimos en un mundo aparentemente laico. Si bien dijimos que la mentalidad judeocristiana sobrevivirá a cualquier Institución religiosa, es debido a su inoculación inconsciente en el hombre durante siglos. Su moral se manifiesta espontánea: nuestra sociedad es la de los lastimeros y de los apenados, de los lastimados y de los penosos… ¡cuánta debilidad! Pusilánimes todos, ¿no nos damos cuenta de que todo funciona a base de piedad y pecado? ¡Razón para la inteligencia pero teocracia para el espíritu! Este es nuestro mundo, pura contradicción. ¿Contradicción o malentendido? ¿A caso la razón que se manifiesta en nuestra inteligencia no está judeocritianizada? Al débil se le ama, al masoquista (al que pone la otra mejilla) se le venera. El mundo sigue igual. Vivimos en el ateísmo cristiano o cristianismo sin Dios, como dice Onfray. Pero esto no es una evolución, es sólo una pequeña castración del cristianismo producto de la Ilustración deísta. Debemos superar esta etapa de debilidad, esta etapa decadente, debemos avanzar, según Onfray, a un ateísmo poscristiano, hacia una nueva era sin religiones y sin Dioses, a una nueva era construida exclusivamente con La Razón, La Filosofía y El Hombre. Pero qué lejos aún del “ateísmo ateo” nos encontramos, pues el hombre no está dispuesto a deshacerse de la fe, más bien al contrario, se empecina en matar por ella, en fanatizar su vida por una mentira, en sufrir una patología, una enfermedad mental: este tipo de ser alza su vista a Dios sin ver nada creyendo que es observado y que son escuchadas sus plegarias, mientras el racionalista poscristiano miraría de frente encontrándose consigo mismo en la mirada de otro hombre.

«La teología deja de ser la genealogía de lo moral, y la filosofía toma el relevo. Mientras que la lectura judeocristiana supone una lógica vertical –desde lo bajo de los humanos hacia lo alto de los valores-, la hipótesis del ateísmo cristiano propone una exposición horizontal: nada fuera de lo racionalmente deducible ni disposiciones en otro campo que no sea el mundo real y sensible. Dios no existe, las virtudes no se derivan de una revelación, no descienden del cielo, sino que provienen de un enfoque utilitarista y pragmático. Los hombres se dan a sí mismos las leyes y no tienen necesidad para ello de recurrir a un poder extraterrestre.»

(Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama -Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 72)

Pues bien, si los Ilustrados sustituyeron a Dios por la Razón, Onfray pretende sustituir a Dios por el Hombre. Una gran pretensión sin duda. Quiere que seamos solares, nada de luces del siglo XVIII, sino solares, que la razón brille fuerte y poderosa sin brizna de Dios. Y quién sabe si Michel Onfray, como buen francés, da comienzo a una nueva etapa ilustrada o al menos cimenta una buena base para eliminar la florecida simiente judeocristiana en un futuro por el bien de Europa y del Mundo.■


Textos de interés:
- http://www.mundodaorino.es/2009/01/crtica-y-afirmacin-de-lo-real.html
- http://www.mundodaorino.es/2008/11/meditando-sobre-nietzsche-de-lo.html

23 de abril de 2009

MOMO Y LOS HOMBRES GRISES: Sobre los males de nuestro tiempo


Momo es un libro escrito por el alemán Michael Ende que fue publicado en 1973. Es, junto con La Historia Interminable, una de sus obras más celebradas. Con una prosa sencilla, sus novelas van dirigidas a un público juvenil e infantil.

Pero hablemos de Momo, un gran libro no apto para muchos. Esta historia supone toda una protesta, un llamamiento a los Hombres a que reconduzcan sus vidas manteniendo el control por ellos mismos; es casi un llamamiento a la rebeldía y a la lucha, a la lucha contra los hombres grises que se adueñan de nuestro tiempo. Y es que qué gran verdad la que se cuenta en Momo. Hoy en día las relaciones humanas se reducen a instantes fugaces, lo que provoca un profundo distanciamiento. Hoy, engullidos en la sociedad de lo extremadamente individual, vivimos condenados a ser meramente máquinas productivas que trabajan para el sistema. Sacrificamos todo nuestro tiempo en pos de una idea de progreso a cambio de la felicidad que producen las cosas más sencillas, como la tranquilidad. Amadores de lo inmediato, hoy más que nunca nos creemos alejados del chimpancé. Innaturales son nuestras vidas, llenas de artificios y de sensaciones inducidas. La sociedad se sustenta bajo los amañamientos de una vida en realidad insalubre, siendo la cruda realidad la de las relaciones hipócritas y sin ser. Y eso también lo denuncia Momo, preguntándonos algo así como: ¿Qué es lo que queréis?, ¿qué vida queréis para los niños?, ¿de verdad es rentable sacrificar vuestro tiempo y vuestras vidas en una idea de crecimiento económico que nos llena de un bienestar basado en el tener y no en el ser? Momo es sin duda una apariencia fantástica de nuestra realidad, un reflejo de la decadencia humana hacia el gran hito que supone ya en la actualidad la deshumanización masificada: ¿Y quién es el ser deshumanizado? Pues el ser tener, insensible y abducido. Momo es, en definitiva, una gran verdad.

Vivimos en definitiva la vida engañados bajo las premisas de una vida que se supone que es de bienestar. El materialismo extremo no se entiende hoy en términos filosóficos para diferenciar un mundo sensible o un mundo real; hoy, el materialismo, se distingue por otras acepciones de su extensa semántica. Y es que somos más felices por haber comprado un pantalón que por habernos encontrado con un viejo amigo. Las relaciones humanas, como ya en desuso, algo pasado… ¡qué calamidad! Y eso también lo denuncia Momo, que encarna la vida, la inocencia, la imaginación y la felicidad.

Más que nunca vemos los humos de los hombres grises contaminar nuestras vidas. No somos dueños de nuestro tiempo, no, claro que no. Trabajar y trabajar, solamente eso, ser productivos y más productivos, sólo eso. Te chantajean, te hunden, no te dejan vivir… ¡la hipoteca!, ¡el plasma!, ¡el…! ¡Qué inútiles serán nuestras vidas si nos reducimos a eso, a seres de consumo, si perdemos las últimas gotas de alegría, si nos vendemos definitivamente a los hombres grises, encarnación del banquero, del político interesado, del mercader, del mafioso... ¡¡Y qué final tan indigno para un ser Humano que se ha demostrado a sí mismo tan grande y prepotente, tan magnánimo y fuerte, para luego caer con la misma fuerza de sus estampidas en un infierno de falso progreso dominado por una oligarquía!!

Leyendo a Momo no podía entender cómo el sistema no lo censuró, y es que es un libro peligroso para la realidad de nuestro tiempo. Es un libro que interesa a muchos pero al que en realidad nadie hace caso. Esa es nuestra democracia, te deja patear, gritar, llorar… pero nadie te escuchará… Hoy todo es gris.

En fin, Momo pasa a mi estantería de libros de lucha y de formación revolucionaria, junto con 1984, Fahrenheit 451 y otros cuantos más (no muchos).■

16 de abril de 2009

CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA" (PARTE IV/IV)

EL NACIMIENTO Y LA MUERTE DE LA TRAGEDIA


A. EL NACIMEINTO DE LA TRAGEDIA

(…) entre el arte del escultor, arte apolíneo, y el arte no-escultórico de la música, que es el arte de Dioniso; esos dos instintos tan diferentes marchan uno al lado del otro, casi siempre en abierta discordia entre sí y cada vez más vigorosos, para perpetuar en ellos la lucha de aquella antítesis, sobre la cual sólo en apariencia tiende un puente la común palabra «arte»: hasta que finalmente, por un milagroso acto metafísico de «voluntad» helénica se muestran apareados entre sí, y en ese apareamiento acaban engendrando la obra de arte a la vez dionisíaca y apolínea de la tragedia ática. (…)

Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, págs. 41, 42. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


Hemos de precisar bien que tanto el mito trágico (el héroe sufriente) como la música constituyen elementos puramente dionisíacos, mientras que el arte escultórico (aparencial) y la epopeya lírica (imitación de la música) constituyen elementos puramente apolíneos. Ambas vertientes, como ya se ha citado durante este ciclo, son dos instintos del arte que unidos dan como resultado la Tragedia griega. Esto no es ciertamente nada nuevo, el propio Nietzsche lo dice en el fragmento de El Nacimiento de la Tragedia (tan claramente, que casi me siento estúpido escribiendo estas palabras) que podéis leer más arriba y que ya se ha nombrado en este ciclo alguna vez, situándonos en antecedentes para entender el origen de la que fuera nuestra cultura pagana europea, la cultura del hombre enamorado del sentimiento trágico de la existencia donde cada paso hecho era una oda a la naturaleza, una apuesta por la vida en pos de una sabiduría eterna e intuitiva que la racionalidad destruiría gracias a la mirada introspectiva del Hombre, gracias a su excesiva confianza en sí mismo y gracias a la moral. Ante esta situación, los dioses del Olimpo ven estupefactos cómo el hombre huye de su naturaleza y de la esencia pura de las cosas, que no tienen ningún pretexto moral ni ético, si no que son porque sí, por decirlo de alguna forma entendible.■


B. EURÍPIDES CAE EN LA TRAMPA: LA DECADENCIA DEL ARTE CON LO SOCRÁTICO


(…) nos será lícito ahora aproximarnos a la esencia del socratismo estético, cuya ley suprema dice más o menos: «Todo tiene que ser inteligible para ser bello»; lo cual es el principio paralelo del socrático «Sólo el sapiente es virtuoso». Con este canon en la mano examinó Eurípides todas las cosas, y de acuerdo con ese principio las rectificó: el lenguaje, los caracteres, la estructura dramatúrgica, la música coral. Eso que debemos imputar frecuentemente a Eurípides como defecto y retroceso poético, en contradicción con la tragedia sofoclea, eso es casi siempre producto de aquel penetrante proceso crítico, de aquella racionalidad temeraria. (…)

(…) en cuanto poeta Eurípides es sobre todo el conocimiento de sus ecos conscientes; y justo eso es lo que le otorga un puesto tan memorable en la historia del arte griego. Con frecuencia tiene que haber pensado, con respecto a su creatividad crítico-productiva, que él debería resucitar para el drama el comienzo del escrito de Anaxágoras, cuyas primeras palabras dicen: «Al comienzo todo estaba mezclado: entonces vino el entendimiento y creó orden». Y si con su nus Anaxágoras apareció entre los filósofos como el primer sobrio entre hombres completamente borrachos, también Eurípides concibió sin duda bajo una imagen similar su relación con los demás poetas de la tragedia. Mientras el nus, ordenador y soberano único del universo, siguió estando excluido de la creación artística, todo se hallaba aún mezclado, en un caótico magma primordial; así tuvo que juzgar Eurípides, así tuvo que condenar él, como el primer «sobrio», a los poetas «borrachos». Lo que Sófocles dijo de Esquilo, a saber, que éste hizo lo correcto, pero inconscientemente, no estaba dicho, desde luego, en el sentido de Eurípides: el cual habría admitido únicamente esto, que Esquilo, porque crea inconscientemente, crea lo incorrecto. (…) De acuerdo con esto, no es lícito considerar a Eurípides como el poeta del socratismo estético. (…)


Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, pág. 115 - 118. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


Eurípides supuso el nacimiento de la racionalidad en la tragedia, el repudio hacia los instintos apolíneos y dionisíacos del arte. No es apolíneo por lo tanto, sino socrático, dicho arte racional, pues bien lo apolíneo no puede subsistir sin lo dionisíaco... Por ello la antítesis dionisíaca-socrática es irreconciliable, pues ambos no pueden subsistir juntos: la moral, por así decirlo, aniquila lo amoral; la naturaleza impura de lo racional ahuyenta a Dioniso como el fuego a las bestias. El arte imitativo apolíneo de la naturaleza y la viveza y afirmación vitales dionisíacas de ésta son derruidos ante la clamorosa racionalidad socrática, que cimenta sobre el hombre los nuevos pilares de la cultura occidental.

La tragedia griega, antes de Eurípides, se mostraba llena de vida al ser Dioniso quien lleno de "irracionalidad" se lanzaba al devenir con heroísmo ante la mirada fría de lo apolíneo, que no es sino la apariencia estética de la realidad, que Dioniso llenaba de vida. Lo apolíneo, meramente estético y corpóreo, representación (apariencia) de las cosas y por lo tanto carente de voluntad, necesitaba en definitiva de Dioniso como un pez del agua, ¿pues qué era Dioniso sino la voluntad del hombre, el espíritu activo de aquel ser que se mueve entre los sueños e imágenes apolíneas? Sin Dioniso, Apolo sería como la luna, carente de vida y gris.


Además, lo apolíneo es una expresión de arte escultórico, frente al arte socrático de la moral, que juzga la acción: cosa que no hacen ni Sófocles ni Esquilo, que se maravillan ante la tragedia (y ante las alegrías dadas en ella) sin plantearse si es bueno o si es malo, sino diciéndose un “así es la vida” , cimentando desde la realidad misma (objetivamente, acaparando toda la existencia). ¿Qué es Sócrates sino un advenedizo del cristianismo? Con la racionalidad comienza la decadencia del hombre, una nueva forma de civilización. A partir de ahí se forja toda una cultura y una tradición nacidas del discurso, toda una obra que tiene como debilidad que es sostenida por el hombre en lugar de por la naturaleza y sus dioses olímpicos. ¿Y acaso pensáis que el hombre irracional, el hombre dionisíaco, era irracional en el sentido que hoy entendemos? ¡Porque el hombre dionisíaco es la superación de todas las cosas, es amoral, está por encima del bien y del mal y por ello su comprensión de la realidad es total y su conciencia mucho mayor! ¿Acaso no necesitaba Dioniso a Apolo, quien le daba un principio aparente en el que se forjaba todo el orden de la naturaleza, el orden natural de las cosas (bien expresada en el Olimpo)? Pero la estética socrática se basta a sí misma para destruir milenios de pureza, nace del artificio de las ideas del hombre: la moral es una especie de hijo bastardo de la naturaleza.

En definitiva, lo socrático entendido como moral y puramente racional sin concesiones, representa la huída del hombre de lo Dionisíaco, algo que llegaría a su máximo placer estético con la Ilustración y que fue producto del forjado de muchos siglos. ¿A dónde llegará el hombre con su provocación a la sempiterna irracionalidad de las cosas? ¿Cómo continuará este desafío del hombre contra el orden natural de las cosas y la intuición? ¿Por qué nos empeñamos en ser meramente seres morales, negadores de la realidad compleja, asumiendo cosas como buenas y malas y desdeñando lo que consideramos malo? A fin de cuentas, lo que Nietzsche viene a decir es que la moral supone la muerte del arte puesto que ésta niega parte de lo que es real: su criticismo destruye lo que hay de bello y trágico en el arte, que debe ser objetivo, dionisíaco. ¿Por qué el hombre no supera la realidad y la admite toda entera para empezar a ser acción en lugar de someterse a la pasividad del ser moral? Sólo negando se podía presentir, supongo, la muerte del hombre artístico, del hombre helénico antiguo anterior a Sócrates, del hombre trágico que asumía la vida como tal.

Así, la estética socrática se desenvuelve en la tragedia sin alma ni voluntad, repleta de máscaras; así nace la nueva tragedia de los restos de Dioniso. Supongo que hoy en día es siempre invierno en la vida los hombres negadores: ¡Busquemos heroicos y valientes, no cegatos, nuevas primaveras!■

Otros textos seleccionados pero no utilizados para este ciclo:
Otros textos de El Nacimiento de la Tragedia

9 de abril de 2009

CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA" (PARTE III/IV)

CULTO CONTRA FE CRISTIANAS.
EL PAGANISMO Y EL MONOTEÍSMO.
LA DECADENCIA DE EUROPA.

(a León Riente)


(…) La leyenda de Prometeo es posesión originaria de la comunidad entera de los pueblos arios y documento de su aptitud para lo trágico y profundo, más aún, no sería inverosímil que ese mito tuviese para el ser ario el mismo significado característico que el mito del pecado original tiene para el ser semítico, y que entre ambos mitos existiese un grado de parentesco igual que existe entre hermano y hermana. (…)

(…) Y así los arios conciben el sacrilegio como un varón, y los semitas el pecado como una mujer, de igual manera que es el varón el que comete el primer sacrilegio y la mujer la que comete el primer pecado. (…)


Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, págs. 96, 97. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

(…) Quien se acerque a estos olímpicos llevando en su corazón una religión distinta y busque en ellos altura ética, más aún, santidad, espiritualización incorpórea, misericordiosas miradas de amor, pronto tendrá que volverles las espaldas, disgustado y decepcionado. Aquí nada recuerda la ascética, la espiritualidad y el deber: aquí nos habla tan sólo una existencia exuberante, más aún, triunfal, en la que está divinizado todo lo existente, lo mismo que si es bueno como si es malo. (…)

(…) Para poder vivir tuvieron los griegos que crear, por una necesidad hondísima, estos dioses: esto hemos de imaginarlo sin duda como un proceso en el que aquel instinto apolíneo de belleza fue desarrollando en lentas transiciones, a partir de aquel originario orden divino titánico del horror, el orden divino de la alegría: a la manera que las rosas brotan de un arbusto espinoso. (…)


Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, págs. 53, 54. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

El pecado atenta contra la moral, mientras que el sacrilegio lo hace contra el orden natural de las cosas, pues el pagano (el ser ario) reconoce a la naturaleza tal cual es y tal como se manifiesta, por lo que su enfoque es amoral y pagano frente lo moral y semítico de las religiones monoteístas. El pagano llega así a un mayor grado de comprensión de la naturaleza y de la vida en sí, mientras que el monoteísta, al no superarla, intenta transformar la vida mediante la moral, transfigurando así su entorno y la propia naturaleza del hombre, estableciendo el muro que nos alejaría de las primeras y esenciales cosas de la vida.

¡Qué más podría decir de esas palabras de Nietzsche con la que se empieza a leer este artículo! ¿Acaso no habla claro Nietzsche? ¿No debería ser necesario un simple aldabonazo suyo para hacer que una mente intuitiva brote de alegría? No, el hombre actual se empecina “cual cochino obstinado” (¡ja!) a negarlo todo. ¿Y acaso no habla Nietzsche de la exuberancia pagana, del culto estético y de la vida heroica de los hombres antiguos europeos? ¿Acaso no habla de esa voluntad pagana y afirmadora ante la vida, de ese reconocimiento triunfal y grandioso hacia los dioses que representan la naturaleza misma: sus frutos, sus iras, sus…? ¡Qué vida más auténtica la del pagano, la del ser de las cosas bellas, la del ser amante de las cosas naturales, la del “ser del culto” que abraza a los árboles! Pero claro, esto se da entre hombres puros y gentes nobles, entre mentalidades bonhomías que aceptan el orden natural de las cosas.

Con la "espiritualización" (entre comillas, pues precisamente esa espiritualidad es la carencia de ella) y moralidad socrática, precursoras de las doctrinas monoteístas del mundo e iniciadoras del largo proceso de decadencia de Occidente y del ser europeo (no olvidemos que Nietzsche es en cierto modo un identitario europeo), nos alejamos de la belleza del mundo, del culto a la vida. Ya nada es y no, ni nada es bello y feo, sino que algo es bello y lo feo debe ser borrado; y lo que es debe ser torturado por lo que es no. Y la concepción moral es cambiante, pero no como un fluir sanguíneo y vital, sino como un gusano deambulando entre una materia muerta en descomposición; si antes era algo sí, bien podrá ser no posteriormente. Eso es por falta de claridad de ideas, por falta de valores auténticos y de una identidad voluptuosa; y así sostienen el mundo no sé cuántos millones de pusilánimes… A modo de proclama, al estilo de León Riente, utilizo sus mismas palabras: ¡Una Europa judeo-cristiana, es decir, débil, no durará ni cincuenta años más! Y qué gran verdad la de León Riente. Sólo un pagano se atrevería lanzar tal proclama, tan valiente predicción. Si bien cincuenta, o sesenta, o cien años más… ¡da igual!, Europa debe cambiar de actitud o dejará de ser la que fue, cuna de sabiduría, un lugar inspirador para el mundo entero.

Europa está rendida… ¡¿Acaso necesitamos un nuevo Prometeo, un nuevo amigo para el hombre?! ¡O Sócrates! ¡O moralistas! ¡Vosotros fuisteis, sí, aquellos que cometieron el primer sacrilegio contra la vida! ¡A vosotros bien es debida nuestra decadencia! Mirad a Oriente y juzgad… ¿no veis el empuje de grandes civilizaciones que nos aplastarán como a hormigas? Europa está indefensa ante esas corpulentas y musculosas masas culturales y pueblos, más firmes y vigorosas que “Europa la Cansada”. Ya no somos espartanos, ni celtas, ni siquiera romanos, ahora somos la Europa de todo el mundo, una Europa rendida ante su historia… ¿Por qué te sientes culpable, Europa, de tu historia? ¿Acaso no eres ejemplo del devenir, de la vida misma, que construye y muere y luego vuelve a nacer? ¡Sí, esa historia la hicieron los moralistas, aquellos que ven sólo lo bueno y lo malo, no la voluntad del hombre desafiando la vida en el acto, en la acción! En la antigüedad no existía el acto moralizado, sino el acto paradigmático: era la cultura de los hombres ejemplares y notables, la del culto a las acciones que hacían bellos a los hombres y a los pueblos. Y es que antes no había pecado, sino sacrilegio. Y ante el sacrilegio nada queda impune: el que mata atenta contra la vida misma y debe sufrir su castigo, el que... Y no penséis que el hombre no-moral (amoral) era un ser sin conciencia, ¡pues tantas cosas significa conciencia! ¡Ay de aquellos que le dieron una semántica moralizante! ¡Todo nuestro verbo es judeocristiano!


Muchos pensarán que el paganismo es sangre, pero ¿cómo no iba a serlo si ésta significa vida, si es el fluir mismo de la vida? ¿Acaso los cristianos no beben la sangre de Cristo? Toda religión o concepción de la vida se me antoja sangrienta, unas más y otras menos, otras más bellas, otras no tanto, otras afirmadoras y otras negadoras. Eso es la fe y el culto. El culto es el ofrecimiento, es una explosión de voluntad del hombre hacia lo que ama, propio de seres de conciencia despierta, sapientes de su lugar en el mundo; al contrario, la fe es la ceguera, un retraimiento del ser que no ofrece nada más que su propio sufrimiento auto inflingido, producto del dogma previamente moralizado; se deduce pues que en el cristianismo la moral es filtrada y es convertida así en dogma. ¿Qué muerte tan espantosa para el hombre? Ya no está muerto al negar la vida, sino que deja de pensar: es el hombre puramente sin conciencia, que sólo obedece a lo revelado por ... ¿quién?

Y bien, espero que este texto escrito por mí, junto con los de Nietzsche, dejen constancia de una Europa que fue y de la Europa que es hoy, de una Europa vigorosa y fuerte y una moribunda y culpable de haber sido el paradigma, el ejemplo a seguir del resto de los pueblos, y si no ejemplo, al menos objeto de admiración. ■

2 de abril de 2009

CICLO "NIETZSCHE Y EL NACIMIENTO DE LA TRAGEDIA" (PARTE II/IV)

EL UNO PRIMORDIAL, LA INTUICIÓN DE LA UNIDAD DE LAS COSAS, LA INOCENCIA DEL DEVENIR Y LA VOLUNTAD DE PODER


El Nacimiento de la Tragedia es la primera gran obra de Nietzsche. El propio filósofo dice de ella que es un tanto “inmadura” haciéndose así mismo una autocrítica, que sentenciaría de forma apabullante al señalar que Wagner y Schopenhauer «echaron a perder su obra». Y es que en EL Nacimiento de la Tragedia es más que patente sobre todo la influencia de Schopenhauer, utilizando su terminología. En relación a Wagner, su influencia es más artística, más musical que filosófica, pues tal es el campo del músico; y casi diría que la música es filosofía, o, al menos, materia etérea en constante filosofar: es como si Nietzsche buscara lo apolíneo y lo dionisíaco en Schopenhauer y en Wagner.

Podría decirse que este libro surgió de una inspiración wagneriana, con la que Nietzsche pudo escribir esta interesantísima primera obra, publicada en el año 1872, fecha a la que ya hicimos referencia en la PARTE I de este ciclo. Además, Nietzsche ya muestra con maestría su talento como elaborador de antítesis, como confrontador de fuerzas, que a posteriori, con Genealogía de la Moral, alcanzaría el grado del genio en la elaboración de dichas figuras retóricas.

Al escribir estos artículos para este ciclo me he propuesto ser lo más intuitivo posible, de la misma forma que lo fue Nietzsche escribiendo El Nacimiento de la Tragedia; siendo así lo más natural, igual de natural que un perro noble expresando su dolor y su alegría, sin fisuras, sin falsedades, siempre verdadera, nunca coartada por la vergüenza o el miedo hacia las miradas opacas y «acegadas» del “espectador crítico”. Así he de expresarme pues, natural, sin artificios propios de nuestra cultura, dionisíacamente, o lo que es lo mismo, o casi lo mismo, trágicamente. ¡Sea este ciclo con sus artículos una especie de prosa ditirámbica!

También hemos de tener en cuenta el substrato metafísico de esta obra, substrato que el propio Nietzsche atacaría en obras posteriores. Así pues, El Nacimiento de la Tragedia ha de situarse en una primera fase dentro de toda la obra de Nietzsche que podríamos llamar período metafísico.

Sin más dilación, empecemos analizando el pensamiento trágico nietzscheano, esa intuición de la que se percata Andrés Sánchez Pascual prologando El Nacimiento de la Tragedia:

(…) Lo que Nietzsche expone en este escrito es su intuición y su experiencia de la vida y de la muerte. Todo es uno, nos dice. La vida es como una fuente eterna que constantemente produce individuaciones y que, produciéndolas, se desgarra a sí misma. Por ello es la vida dolor y sufrimiento: el dolor y el sufrimiento de quedar despedazado lo Uno primordial. Pero a la vez la vida tiende a reintegrarse, a salir de su dolor y reconcentrarse en su unidad primera. Y esa reunificación se produce con la muerte, con la aniquilación de las individualidades. Por eso la muerte es el placer supremo, en cuanto que significa el reencuentro con el origen. Morir no es, sin embargo, desaparecer, sino sólo sumergirse en el origen, que incansablemente produce nueva vida. La vida es, pues, el comienzo de la muerte, pero la muerte es condición de nueva vida. La Ley eterna de las cosas se cumple en el devenir constante. No hay culpa, ni en consecuencia redención, sino la inocencia del devenir. Darse cuenta de esto es pensar trágicamente. El pensamiento trágico es la intuición de la unidad de todas las cosas y su afirmación consiguiente: afirmación de la vida y de la muerte, de la unidad y de la separación. Mas no una afirmación heroica o patética, no una afirmación titánica o divina, sino la afirmación del niño de Heráclito, que juega junto al mar. (…)

Palabras de Andrés Sánchez Pascual es la introducción de: Friedrich Nietzsche. El Nacimiento de la Tragedia. Alianza Editorial, año 2004. BA 0616, págs. 19, 20. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

La Inocencia del devenir muestra al hombre sufriente sometido a los avatares de los dioses y al irrefrenable fluir de las cosas. La vida es un chorrear constante que se escapa del hacer humano, por ello el hombre es inocente en el devenir; no debe sentirse culpable, pues no es su poder controlar su destino ni el inexorable acontecer: la historia es en tal sentido de una esencia mitológica y epopéyica, no moral (y lineal), sino heroica (y cíclica) e irracional; la responsabilidad reside en los dioses por lo tanto, por ello el Olimpo era el consuelo del hombre griego, por ello el hombre griego les ofrecía culto: el poder de los dioses no era ni cuestionado ni amonestado, ya que el poder de tan elevadas esferas era asumido sin más al escaparse de la comprensión humana (bajo esta óptica el hombre griego era sumamente honesto y bellamente trágico): Nietzsche nos muestra al hombre antiguo más sabio, consciente de su pequeñez en el mundo. ¡Qué bello pues el hombre trágico, el hombre dionisíaco, mostrándose fuerte, activo y titánico, como héroe mortal ante los dioses!

En oposición a esta idea nace a posteriori la Culpabilidad del Devenir bajo el masoquismo socrático de la moral, haciendo responsable al hombre del orden natural de las cosas, dando al hombre todo el protagonismo de la existencia. En el orden natural de las cosas expuesta apolíneamente con el Olimpo, la Ley y el Orden eran aventurados por los dioses, mientas que con el precursor Sócrates la Ley queda bajo el influjo artificial del hombre, bajo la mirada confusa y manipulable de la moral y de la ética, siempre arropada por los harapos de la apariencia. La ley Natural es transparente, y así nada queda impune. La intuición, saber primordial de las cosas naturales y eternas, queda aniquilado ante la racionalidad socrática, saber lógico de las cosas artificiadas. El sufrimiento dionisíaco era consecuencia en parte de esa transgresión a lo apolíneo, que era el orden, producto de las pasiones y de la vida que se expresa naturalmente y de forma espontánea: a esto se le llama heroicismo.

La inocencia del devenir es aceptar el mundo tal como se nos aparece. La ética, floreciente en el hombre racional en un sentido no apolíneo, sino socrático, pretende poner diques al fluir. Qué gran negación de la realidad no querer rumiar con alegría lo que acontece: los moralistas pretenden, por poner un ejemplo, negar la naturaleza del carroñero que come carne muerta, pensando que su naturaleza es inmoral cuando es la Ley, dentro del orden natural ,que le ha sido otorgada e impuesta. La inocencia del devenir es la única verdad del mundo, siempre cambiante, nada absoluta, sino en constante reciclar, como constante ida y vuelta al Uno Primordial: «(…) la inocencia del devenir es la comprensión de la realidad y de nosotros mismos sin orden, sin permanencia, sin legalidad alguna que venga de fuera; el orden y la legalidad las pone el hombre en un mundo cambiante para negarlo. El devenir no tiene sentido, ni una interpretación verdadera y exclusiva, ni un modo único de ser valorado y apreciado. Es fluyente y cambiante, multiforme e inabarcable, supone aceptar que el mundo es tal y como se nos aparece y no como a la razón le gustaría que fuese. La inocencia del devenir es una conducta que está más allá del bien y del mal, de los conceptos cerrados y negadores de lo fluyente, supone la comprensión del cambio y de las apariencias fuera de la vanidad humana que pretende hallar verdades y valores absolutos»
(www.forosofia.com/private/conceptosniet.doc).

El Uno Primordial debe entenderse bajo la intuición de la unidad de las cosas y bajo la ley que impone la inocencia del devenir. Ese desgarramiento (nacimiento o comienzo de la muerte) y posterior fusión (muerte y condición de nueva vida) con el Uno Primordial es un ejemplo del eterno devenir. Es el eterno retorno (la afirmación constante de la vida), no sabemos de si lo mismo o de lo diferente (aunque si reciclado), que Nietzsche ya intuía y que es una forma de pensamiento trágico. Y dicho pensamiento es dionisíaco, pues a él va dirigido: Dioniso, dios de las pasiones, del vino y de la alegría, que nace en primavera y muere en invierno, ¡¿no simboliza él el Uno Primordial y su fluir además de la naturaleza esférica del tiempo que siempre regresa al mismo punto?! Y este fluir no es un fluir cualquiera, no es el fluir de los racionales, de los moralista, no es un fluir de progreso… es un fluir cíclico, un fluir con el que Nietzsche pretendía incrustar en el tiempo la noción de eternidad, para que la historia adquiriera otra dimensión, la dimensión irracional, pues la historia como tal no tiene sentido, no tiene un fin, es un constante devenir de ida y vuelta hacia el Uno Primordial, un constante combate de fuerzas en eterno antítesis para posterior síntesis.

El Uno Primordial es la auténtica voluntad si hacemos caso a la definición de Schopenhauer sobre este término, definición que utilizó Nietzsche: «(…) no significa una facultad individual o colectiva, sino (…) el centro y núcleo del mundo». La Voluntad aparece así como principio unificado y originario del mundo; pero a su vez es «múltiple en sus formas fenoménicas», tal como aparece impreso en las Notas del Traductor de la edición que he utilizado de El Nacimiento de la Tragedia (Nota nº20), mostrándonos intuitivamente su principio creador. Entonces el Hombre aparece en el mundo como individuaciones (múltiples éstas), como desgarramientos del Uno Primordial. El hombre no es pues un hombre con voluntad propia bajo estas normas definitorias, sino un espectador de esa voluntad omnipotente, que manifiesta mediante el arte escultórico (quedándose estancado en la apariencia); así mismo, el hombre también es parte de esa voluntad, con la virtud de poder representarla, incluso podríamos decir que el hombre es voluntad en cuanto que procede de ella (pero no es el sujeto, por lo que realmente no es la voluntad misma, sino una pequeña emanación), expresada mediante lo dionisíaco (la música, el héroe, etc.). Creo que existe una gran conexión entre esa "carencia de voluntad" y la inocencia, pues al ser el hombre creador de nada, sino meramente un espectador del eterno fluir y un imitador mediante el arte de la existencia, queda totalmente exento de una valoración moral, de la misma forma que no consideramos malo o bueno a un niño que hace una trastada, simplemente decimos que es un niño. Por ello, no es malo el hombre dionisíaco lleno de una voluntad irradiada de esa voluntad suprema, transgrediendo lo Apolíneo, provocando a Apolo alegremente. La concepción es totalmente amoral, no hay ni bueno ni malo en una acción vitalista y afirmadora; si bien lo dionisíaco es el desparpajo, la heroicidad del hombre, y lo apolíneo es ese orden que le ha dado el hombre helénico al mundo, su consuelo ante una vida verdaderamente irracional. Así que el hombre no tiene una voluntad propia, sino el impulso manifestado de la voluntad suprema de la vida, del Uno Primordial; lo apolíneo es lo que pone orden, lo que frena la vida desbordada y la alegría inconmensurable de Dioniso. Afortunadamente, ambos se sintetizaron, ambos se comidieron recíprocamente para que hubiera Ley y Orden entre los hombres, pero también alegría.

Sin más, me rindo ante mi incomprensión o comprensión parcial de El Nacimiento de la Tragedia. Sólo un hombre lo más intuitivo posible podría comprenderlo masivamente. Yo, seguro y no conforme de mí incompetencia al verme como demasiado racional, he de asumir que ante las palabras aparentemente sencillas de este libro se esconde una gran sabiduría, un saber que es eterno y que no se atiene a razones, y eso es lo que fastidia al socrático, perseguidor de verdades absolutas y de una realidad no cambiante.■