28 de mayo de 2009

LA ABSURDIDAD: El Mito de Sísifo y el «abismo camusiano»

«Por una inconsecuencia extraña en raza tan sagaz, los griegos aseguraban que quienes morían jóvenes eran los amados de los dioses. Y no es cierto, salvo si se quiere admitir que entrar en el mundo irrisorio de los dioses es perder para siempre el más puro de los goces, que es sentir y sentirse sobre esta tierra. El presente y la sucesión de los presentes ante un alma sin cesar consciente, tal es ideal del hombre absurdo. Mas la palabra «ideal» conserva aquí un sonido falso. No es siquiera su vocación, sino sólo la tercera consecuencia de su razonamiento. Habiendo partido de una conciencia angustiosa de lo inhumano, la meditación sobre lo absurdo regresa, al final de su itinerario, al seno de las llamas apasionadas de la rebelión humana».

Albert CAMUS, El Mito de Sísifo, Alianza Editorial, BA 0660, Madrid, 2004. Quinta reimpresión. Página 83-84. Traducción de Esther Benítez.

Leyendo El Mito de Sísifo (publicado en 1942, el mismo año que se dio a conocer El Extranjero), ensayo sobre la absurdidad y el suicidio, de Albert Camus (1913-1960) no paraba de pensar en Cioran o en Becket, incluso en Kafka o en Nietzsche. Todos ellos, incluido Albert Camus, se dieron cuenta de que la vida no tenía ningún sentido y que el hombre era un ser difuso repleto de antinomias argumentales para justificar y evidenciar su existencia; la esperanza, Dios… son asideros del hombre que no asume su insignificancia y el vacío existencial, lo más parecido en el hombre al instinto de conservación animal.

La obra que aquí comentamos es un abismo, por ello el epígrafe parcial de «abismo camusiano», pues a muchos lectores les podrá causar vértigo o repulsión; y porque ciertamente hay un abismo entre el hombre con conciencia de lo absurdo de la vida y el hombre provisto de una inconsciencia, en un sentido de “no conciencia de lo absurdo”, que da sentido a su vida. Hay dos posibilidades pues: 1. Sumirse en la lectura y correr el peligro de caer en el abismo; 2. Ni siquiera asomarse al abismo y alejarse a terrenos menos peligrosos, carentes de la conciencia y consciencia de la absurdidad. El hombre de conciencia absurda siempre anda de forma irremediable, como por una especie de instinto, por el filo del abismo. ¿Y cómo nace el absurdo? Pues como señala Camus, gracias a ese divorcio entre la conciencia del hombre, por fin consciente de la inutilidad de la vida y de la sinrazón y sinsentido esencial a toda la existencia, y la realidad dada fuera de dicha conciencia que ayuda a construir la experiencia propia. De este modo mana una desazón inapelable, «la náusea». Finalmente, después de este “nacimiento” o “despertar al absurdo”, se bifurcan dos caminos: el suicidio (lo más profundo del abismo) y la rebelión (darle sentido a la vida, construir). Y obligatoriamente debemos elegir uno de los senderos.

Lo irracional no es “no asumir” lo racional, sino afirmar que la vida carece de sentido y lo que ella contiene de ilógico, ¡afirmar su vacío e intrascendentalismo! ¡Sólo hay pensamiento profundo siempre que uno es capaz de proveérselo con su propia conciencia, pues al fin y al cabo como experiencia sirve exclusivamente lo vivido y pensado!; una vez tomado esto, el hombre absurdo y con conciencia de lo absurdo está preparado para vivir la vida, a rebelarse contra la existencia y desafiar a la muerte; ya no hay contradicciones, la vida adquiere sentido con la conciencia de lo absurdo; y es un sentido absurdo, pero es su sentido.

El mensaje de Camus es afirmador, dice sí a la vida, si a la mayor cantidad de vida posible, ¡la vida debe agotarse y la muerte desafiarse! Así, en cierto modo, Camus zanja la problemática del suicidio, que es calificado como una salida del absurdo, pero he ahí de nuevo la paradoja: lo absurdo de vivir es precisamente la muerte. Por lo tanto, es un error esa máxima de que una conciencia consciente de lo absurdo debe, para ser consecuente, recurrir al suicidio; se puede salir de esa visión absurda de la vida precisamente asumiéndolo en afirmativo, siendo conscientes de ello: el suicidio es así tomado como una debilidad, la asunción del suicida de que la realidad le supera. Cómo no, esta forma de vivir, de vivir sabiendo de la inutilidad de las cosas, del sinsentido de las emociones, de los actos, de las consecuencias… requiere fortaleza y voluntad, sufrir y gozar cada segundo con la experiencia propia y tomada. Lo absurdo ha de superarse y la existencia debe ser rebasada para llegar al último instante habiéndolo agotado todo. La libertad se reduce a la de un hombre condenado a muerte.

«Vivir una experiencia, un destino, es aceptarlo plenamente. Ahora bien, no se vivirá ese destino, sabiéndolo absurdo, si no se hace todo para mantener ante sí ese absurdo iluminado por la conciencia. (…) Vivir es hacer que viva el absurdo. Hacerlo vivir es, ante todo, contemplarlo».

Albert CAMUS, El Mito de Sísifo, Alianza Editorial, BA 0660, Madrid, 2004. Quinta reimpresión. Página 72. Traducción de Esther Benítez.


En El Mito de Sísifo Camus hace constantes referencias a la esperanza; y no solamente a esa mirada hacia un porvenir dudoso, sino también a la añoranza como una esperanza a la inversa. Ambas miradas en el tiempo son absurdas, tal como lo es la vida, pero doblemente absurdas si tenemos en cuenta que ante tal tesitura el presente queda sin vivirse y la vida pasa instante por instante como un muerto paseado encima de la manecilla de un reloj: mejor sentir la vida “en toda su lentitud”, como diría Sartre, que de forma efímera. Por lo tanto, asumo la esperanza y la nostalgia como vías de escape del absurdo de la existencia en la misma vida, pero en forma de óbito, pues a dicho ser le gobierna la inconsciencia y el autoengaño; y el hombre absurdo precisamente quiere ser el más consciente de los seres, el más inocente, aquel que convencido de lo absurdo, no justifica nada, ni moraliza, pues nada tiene sentido, simplemente vive en la contemplación cruda del absurdo y en él se afirma: el hombre absurdo nace de una inteligencia angustiada por la existencia, pero no busca consuelo, sino verdad y certeza. Esa afirmación en el absurdo que ya hemos citado anteriormente en este párrafo es toda una rebelión existencial.

«Elijo únicamente hombres que sólo aspiran a agotarse o de quienes yo tengo conciencia, por ellos, de que se agotan. La cosa no pasa de ahí. De momento no quiero hablar sino de un mundo donde tanto los pensamientos como las vidas carecen de futuro. Todo lo que hace trabajar y agitarse al hombre utiliza la esperanza. El único pensamiento que no sea engañoso es, por ende, un pensamiento estéril. En el mundo absurdo, el valor de una noción o de una vida se mide por su infecundidad».

Albert CAMUS, El Mito de Sísifo, Alianza Editorial, BA 0660, Madrid, 2004. Quinta reimpresión. Página 92. Traducción de Esther Benítez.

Testimonio del absurdo existencial es el arte, pues éste nace de la angustia que produce la carencia de certezas y lo perecedero del hombre. De esta forma, el arte tiene sentido en cuanto que la vida carece de él. Si todas las certezas fueran respondidas, el arte sería innecesario, pues bien es sabido que no florece verdadero arte si no contiene alguna gota de sangre, alguna lágrima, alguna pasión descontrolada, etc. Así que podríamos sentenciar este párrafo diciendo que el arte es hijo de la absurdidad. El artista surge entonces como medio para expresar lo absurdo e inhumano de la humanidad y como un medio para salir del absurdo. Ante tal expresión, el artista aparece ante sí y ante todo humano, demasiado humano.

En cuanto al mito sobre Sísifo, Camus nos muestra a Sísifo como al “héroe absurdo” y consciente que ha desafiado a los dioses: cargar con esa roca es tanto una condena de los dioses como una venganza de Sísifo por su obediencia (y es que solo hay castigo si este va en contra de la voluntad; si Camus se imagina a Sísifo feliz, yo me lo considero conforme). Nuestra vida se articula hacia un destino inconcluso y sin ninguna utilidad, en jornadas duras y sentidas infinitamente algunas veces para nada y por nada: aquel quien se dedique a un trabajo físico sabrá de lo que hablo: todo el bienestar dado es un chantaje, no es real, está condicionado y sobre todo domestica al hombre para no rebelarse y hostigar al poder. Al final de la jornada, camino a casa, ese hombre piensa en su vida: la casa de Sísifo es el descenso de la montaña, aunque Camus dice que su casa es la roca. Algunos se sumen en la esperanza, otros adoptan la consciencia del absurdo, de lo trágico, y puede que ello o bien le llene de alegría o de angustia, así de imprevisible es todo. Pero Camus nos dice -a él se lo dijo Homero- que Sísifo es un héroe trágico porque sabe del absurdo de su trabajo infinito y eterno, por lo que hemos de entender que Sísifo posee como matiz el ser consciente de su castigo, de su pena, de su desgracia: Camus le llama el “proletario de los dioses”.

El destino de Sísifo es inútil, lo que nosotros hagamos también, obrar absurdamente a nuestra manera es rebelarse contra la misma muerte y el absurdo inmanente en todo, que es lo que hace baladí e ilógico todo objetivo en esta vida, pues, ¿tanto para nada, para sepultarse en el olvido? De ahí tanto consuelo del hombre antiguo en la noción de eternidad, tanto ímpetu demostrado por los antiguos para ganarse el favor de los dioses y no ser desterrados al olvido.

Por lo tanto, Sísifo es también el hombre que desafía a la muerte, el hombre que se somete a las pasiones y a los goces de este mundo, eso es la rebelión, eso es ser bellamente trágico, brillantemente consciente, la felicidad y la angustia. No hay más, no hay respuesta. Sueño con que al final Sísifo, ya sabedor de su victoria y sin nada que perder, una vez en la cima, antes de que la roca se le resbale de entre sus fornidos dedos y su ancho hombro, se la arroje a los dioses para aplastarlos. Así Sísifo dejaría de ser metáfora del proletario; en su lugar, Sísifo ya representaría al Revolucionario: su rebelión llevada hasta al último de los hombres.

Sin embargo, y en definitiva, al final todo me parece absurdo, tanto si la vida tuviera o no tuviera sentido. Y es que el absurdo es inapelable y hace al hombre muy heroico en su obstinación por nada, lo que también es absurdo, pero hermoso y estético: el hombre convertido en obra de arte.■


Otros artículos sobre obras de Albert Camus:

- LA PESTE
- El Extranjero

21 de mayo de 2009

CICLO “Tratado de Ateología” (PARTE IV/IV): LAICISMO Y POSCRISTIANISMO



El laicismo militante se basa en la ética judeocristiana, y se contenta a menudo con plagiarla. (…)

(…) El pensamiento laico no es un pensamiento descristianizado, sino cristiano inmanente. Con un lenguaje racional, en el registro desfasado del término, la quintaesencia de la ética judeocristiana perdura. Dios sale del Cielo para bajar a la Tierra. No muere, no lo matan, lo consumen y lo introducen en el campo de la pura inmanencia. Jesús es el héroe de dos visiones del mundo: sólo se le pide que guarde la aureola y que evite los signos de ostentación… (...)

(...) Vayamos más allá de la laicidad, que aún está demasiado impregnada de lo que pretende combatir. Bravo por lo que fue, felicitaciones por sus batallas del pasado y un brindis por lo que le debemos. Pero avancemos de manera dialéctica. Las luchas de hoy y de mañana necesitan nuevas armas, mejor forjadas, más eficaces; precisas instrumentos de la época. Un esfuerzo más, pues, para descristianizar la ética, la política y todo lo demás. Pero también la laicidad, que obtendrá grandes ventajas al emanciparse aún más de la metafísica judeocristiana, lo que le podrá servir realmente en las guerras del futuro.

Pues equiparar todas las religiones a su negación, como propone la laicidad que hoy triunfa, avalamos el relativismo: igualdad entre el pensamiento mágico y el pensamiento racional, entre la fábula, el mito y el pensamiento científico, entre la Torá y el Discurso del Método, el Nuevo Testamento y la Crítica de la Razón Pura, el Corán y la Genealogía de la Moral. Moisés equivale a Descartes; Jesús a Kant; y Mahoma, a Nietzsche… (…)

(…) Ese relativismo es perjudicial. De ahora en adelante, con el pretexto de la laicidad, todos los discursos son equivalentes: el error y la verdad, lo falso y lo verdadero, lo fantástico y lo serio. El mito y la fábula pesan tanto como la razón. La magia vale tanto como la ciencia. El sueño, tanto como la realidad. Ahora bien, todos los discursos no son equiparables: los de la neurosis, la histeria y el misticismo provienen de otro mundo que el del positivista, Así como no debemos darles la misma ventaja al verdugo y a la víctima, al bien y al mal, no debemos tolerar la neutralidad ni la condescendencia abierta con respecto a todos los regímenes de discurso, incluso los de pensamiento mágico. ¿Es necesario ser neutrales? ¿Debemos seguir siendo neutrales? ¿Contamos todavía con los medios para darnos ese lujo? No lo creo…

A la hora que se anuncia la última batalla –ya perdida…- para defender los valores de las Luces contra las propuestas mágicas, es necesario promover una laicidad poscristiana, o sea, atea, militante y radicalmente opuesta a cualquier elección o toma de posición entre el judeocristianismo occidental y el islam que lo combate. Ni la Biblia ni el Corán. Entre los rabinos, sacerdotes, imanes, ayatolás y otros mulás, insisto en anteponer al filósofo. (…)

(Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama –Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 223-226)


Actualmente el judeocristianismo se manifiesta incrustado en la mentalidad laicista y en las acciones de aquellos cristianos sin Dios que ponen gran énfasis en la culpa y en ese afán de encumbrar a lo paradigmático todo acto sufriente. ¡Admirarme, pues sufro o he sufrido! Ese es el grito del cristiano moderno que pide ser aplaudido cuando se azota; se trata de un cristiano que vive independizado de la Iglesia y de Dios, pero no de sus preceptos más profundos, a saber: su moral y su pulsión de muerte. Cree que vive libre, pero está enfrascado en y controlado por los propios automatismos judeocristianos.

Este mundo está hecho de llorones, los socialistas y los comunistas, por ejemplo, quieren hacer culpable al resto del mundo de las injusticias a las que han sido sometidos. Ellos se piensan especiales, son como el «pueblo elegido», que se cree alumbrado por la verdad y la Razón absolutas. Como no tienen libro Sagrado, se inventan la Memoria Histórica, con sus héroes y batallitas, y, por supuesto, hasta con sus halos de santidad y de leyenda. Esta mentalidad izquierdista es penosa, pues ofrecen culpa al prójimo: quieren que el resto del mundo se sienta culpable ante lo que nos presentan. A mí no me dan ninguna pena, ¡basta de lloriqueos! Pero no sólo la masa izquierdista lleva como baluarte la moral cristiana, también los de derechas o los denominados de centro… ¿de centro? Como si en política se pudiera ser neutral… Así pues, se sigue sacando rédito y grandes beneficios morales gracias al sufrimiento, un sufrimiento que de paso servirá para justificar los males que vayan a infligirse e infringirse al enemigo. ¿No es absurdo todo este chantaje emocional? ¿Cuándo se acabará todo este insulto a la inteligencia, toda esta política de monos pusilánimes?

Donde más “curas” he visto son en los grupos izquierdistas (muchos de ellos ateos y laicos de palabra), en los grupos hippies pasados y modernos (aún queda algún resquicio), y, por supuesto, en la derecha... Son cristianos postmodernos de vida singular, defendiendo una libertad extravagante o que denominamos progre. Esta gente también cree en los mundos subyacentes, nutren de espiritualidad sus postulados, quieren ser más que la Iglesia, pero sin vivir crucificados. Se creen tolerantes y flexibles, cuando son dogmáticos en su fe ilustrada y herederos de una falsa moral, además de tener un carácter “cerrado”, como un candado oxidado en la puerta olvidada de un cementerio en el fin del mundo. Los izquierdosos, amigos del débil, los de derechas, amigos del fuerte, ambos se lloran mutuamente por el dolor que se regalan. Política de catecismo es lo que tenemos: el Congreso es una catequesis de “fe discutida”.

Pero que quede claro que el laicismo no es ateísmo, por lo tanto no es negar a Dios, ni siquiera no tener fe en él, puesto que el laicismo es no estar cohibido o dirigido por las instituciones religiosas. Aún así, el laicismo no garantiza la no inferencia de las autoridades religiosas en la política o en la Ley. Famosas son las bravatas de algunas autoridades enorgullecidas de proclamarse cristianas en público. Alguien que va a dictar órdenes, que va a proponer reformas y todo tipo de medidas políticas que se manifiesta bajo tal identidad, no nos garantiza por lo tanto un Estado Laico. Esto demuestra la poca emancipación del hombre respecto a la Fe y la religión, la gran simulación que es promulgar que existe a rasgos morales una ruptura real entre Iglesia y Estado, por mucho que se peleen por asuntos abortistas o de diversa índole. La única diferencia existente entre ambos es una discrepancia en cuanto a los intereses que les mueven, pues en tanto a lo moral son de un idéntico valor esencial.

Onfray defiende el poscristianismo como superación del laicismo dominante en nuestro mundo contemporáneo. Se trataría de un “laicismo” independizado y descarnado de toda moral judeocristiana. Nada de fe, y, por supuesto, nada de Dios. En el mundo sólo existe una realidad y debe construirse desde ella. No al relativismo laicista, pues da el mismo crédito a la mentira y a la verdad, al mito y a la razón, a lo mágico y a la ciencia; si a un escepticismo sano y ateológico, donde la razón se desarrolle gracias a la duda, sin dogmatismos. Lo que Onfray pide a gritos es un resurgir y una revalorización positiva de la figura del Filósofo, que deberá anteponerse a rabinos, sacerdotes, imanes, ayatolás, mulás… incluso a políticos y legisladores.■


- Material recopilado para este artículo.

14 de mayo de 2009

CICLO “Tratado de Ateología”(PARTE III/IV): TEOCRACIA



En el siglo XXI comienza con la lucha sin cuartel. De un lado, el Occidente judeocristiano liberal, en el sentido económico del término, brutalmente capitalista, salvajemente mercantil, cínicamente consumista, productor de falsos bienes, ignorante de la virtud, visceralmente nihilista, sin fe ni ley, fuertes con los débiles, débiles con los fuertes, astuto y maquiavélico con todos, fascinado por el dinero, las ganancias, de rodillas ante el oro proveedor de todos los poderes, generador de dominaciones –cuerpos y almas entremezclados-. Según este orden, la libertad para todos es de hecho la libertad sólo para unos pocos, muy pocos, en tanto los demás, la mayoría, se hunden en la miseria, la pobreza y la humillación.

Del otro lado, el mundo musulmán piadoso, fanático, brutal, intolerante, violento, imperioso y conquistador. El fascismo del zorro contra el fascismo del león: uno de los mundos crea víctimas posmodernas con armas inéditas y el otro recurre a un hiperterrorismo de cúters, de aviones secuestrados y cinturones con explosivos artesanales, Los dos campos reivindican a Dios para sí, y cada uno practica las ordalías de los primitivos. El eje del bien contra el eje del mal, con las caras siempre invertidas…

Esta guerra involucra a las religiones monoteístas. De un lado, judíos y cristianos, los nuevos cruzados; del otro, los musulmanes, sarracenos posmodernos. ¿Es necesario tomar partido? ¿Optar por el cinismo de unos con el pretexto de combatir la barbarie de los otros? ¿Debemos en verdad comprometernos con este o aquel sistema, si consideramos las dos versiones del mundo como callejones sin salida? (…)

(Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama –Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 220, 221)


El poder de las religiones va más allá de lo inimaginable. Poco puede hacerse ya, estamos perdidos. Esta desesperanza espero que resuene como empuje para aquellos que aún ven una salida a este mundo cada vez más enfermizo, odiador y encolerizado. La Fe abre caminos entre los muros de la Razón y dejamos que nos dominen energúmenos sin chispa, seres antropomorfos ciegos, más parecidos a bestias confiadas a la fe que a hombres con grandes miras hacia sí mismos y a la vida. La única diferencia entre un creyente y un animal es la inocencia y naturalidad del segundo.

La moral dominante, alejada de la realidad natural de las cosas, ha creado un artificio de dimensiones tan colosales que el hombre es una apariencia de sí mismo, es decir, una falsedad o una falsificación de su naturaleza. El judeocristianismo y el islamismo, religiones abrahámicas nacidas del mismo vientre, del mismo desierto, desde las mismas pisadas, ha construido un mundo inhumano, un mundo de esclavos, un mundo de pusilánimes y de vigorosos corpúsculos santificados, encarnados en la autoridad religiosa y, por supuesto, es su corpus más ancho, la masa de creyentes encrespados: esclavos de los esclavos.

Me entran ganas de salir a la calle con un farol al estilo Diógenes, pero no para buscar a un hombre bueno, sino para buscar simplemente a un Hombre… ¿dónde está el Hombre? Para encontrarlo habría que despojarlo de toda moral judeocristiana, de todo resquicio dualista y de otras lógicas nacidas de la fantasía y de la histeria original o histeria abrahámica. Luego habría que dotarle y proveerle de una inteligencia sana y antidogmática, dispuesta a divagar sin dejarse seducir por lo ya pensado, por lo supuestamente inalterable o por los iluminados, esos seres de pacotilla, embargadores de almas. Son como el diablo, sólo que no hacen ningún trato ni dan nada a cambio, simplemente te piden el alma y toda tu vida y ellos te prometen la salvación en un mundo de lujo que para colmo deberás ganarte y merecerte. Mortificación y muerte, eso es lo que nos ofrecen los “buenos”. Visto así, el Diablo es un Santo.

Guerra Santa, Yihad… ese es el mundo que nos promete el monoteísmo en el mundo. La desgracia de Europa es que estuviera tan cerca del desierto: luego vino el vecino y se quedó, y nos contagió su enfermedad... Cuántos engaños, cuántas muertes… ¿Vale la pena tanta sangre derramada? Una guerra que nace del odio no es una buena guerra. Ni judíos, ni cristianos ni islámicos… ninguno tiene razón. Son tres hermanos que se pelean entre sí por nada, ¡basta ya de que el mundo se contagie por problemas personales de una familia que veo tan ajena, educada en las mismas mentiras, miserias y carencias mentales!

«¿Es necesario tomar partido?» Sí, pero para destruir la fe; «¿Optar por el cinismo de unos con el pretexto de combatir la barbarie de los otros?» No, mejor combatir el cinismo y la barbarie de ambos; «¿Debemos en verdad comprometernos con este o aquel sistema, si consideramos las dos versiones del mundo como callejones sin salida?» Pues claro que no, mejor ser constructivos y creadores y edificar desde la realidad de las cosas algo digno de ser vivido. ■

7 de mayo de 2009

CICLO “Tratado de Ateología” (PARTE II/IV): MONOTEÍSMOS



Tiranías de los tres «monos»

Los tres monoteísmos, a los que anima la misma pulsión de muerte genealógica, comparten idénticos desprecios: odio a la razón y a la inteligencia: odio a la libertad; odio a todos los libros en nombre de uno solo; odio a la vida; odio a la sexualidad, a las mujeres y al placer; odio a lo femenino; odio al cuerpo, a los deseos y pulsiones. En su lugar, el judaísmo, el cristianismo y el islam defienden la fe y la creencia, la obediencia y la sumisión, el gusto por la muerte y la pasión por el más allá, el ángel asexuado y la castidad, la virginidad y la fidelidad monogámica, la esposa y la madre, el alma y el espíritu. Eso es tanto como decir «crucifiquemos la vida y celebremos la nada».

Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama –Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 83)

Quisiera empezar aclarando ante todo que este ciclo no es una muestra de odio contra los creyentes y depositarios de una fe sana y sobre todo privada, sino una muestra de coherencia con lo real y una denuncia y repulsa sin paliativos hacia todas esas religiones que al amparo de una idea ficticia han hecho millones de atrocidades y ocasionado un mal inconmensurable; un mal que requerirá de tantos siglos para destruirse como siglos ha perdurado y perdurará el judeocristianismo y el mal islámico. Este artículo, como el anterior y los siguientes a éste, que conformarán este ciclo, muestran, en definitiva, mi repulsa hacia toda moral y visión judeocristiana e islámica, hacia toda moral pusilánime y hacia toda mentalidad negadora y sadomasoquista, sirviéndome de una inspiración ateológica.

¿Cómo nacen las religiones monoteístas? Pues tal vez del miedo a la muerte o del cultivo desmesurado del miedo en sí que, mezclado con una época de decadencia pagana, un Pablo de Tarso con sus histerismos rimbombantes y un Constantino “ediposo”, acabaron por crucificar a la Humanidad y menoscabar la Vida.

La vida es trágica porque es real, pero he ahí que se crearon los mundos subyacentes, esos mundos alejados de lo verdadero, tan abstractos como irreales, condenando al ser humano a un martirio en la tierra, a una esclavitud estúpida a cambio de un hipotético lugar en el cielo para contemplar a Dios. Ese es el chantaje de los pusilánimes a los mortales durante más de 2000 años: haz lo que dicta la fe o irás al infierno. Y es que las religiones exigen obediencia para ganarse el paraíso. Es así como la Iglesia o el Estado Teocrático imponen un sin fin de obligaciones, ¡y cuantas más se impongan mayores riegos para pecar y sentirse invadido por la mala conciencia! En el pasado este muro inmaterial (y por ello difícil de derrumbar) que mantenía al Hombre del lado de la muerte más que de la vida, pues supone la anulación total del individuo, tuvo una ferocidad sin límites. Hoy, mirando como un clerical de cualquier condición religiosa, solamente vería pecadores orgullosos. Sin embargo, ante los nuevos tiempos, las religiones se han ido ablandando: otra muestra de que todo es mentira y que puede darse el brazo a torcer para sólo mantener o intentar mantener el estatus; o radicalizándose: tal es la rabia del Islam, un canto a la Guerra, un canto a la eliminación de los infieles…; como el Judaísmo, que se nos manifiesta endogámico, centrípeto, belicoso, único, exclusivo…

La religión, como sinónimo de fe y de ceguera, decide por ti las pautas a seguir. La Razón y el sentido común quedan reducidos a las pantomimas de unos supuestos iluminados y a las tesituras del Libro. ¿La libertad individual y la inteligencia? Bobadas, diría el cura, el rabino o el imán. Sin embargo, existe la interesada y prefabricada idea del libre albedrío en sentido judeocristiano que…

La lógica de los monoteísmos se ha decidido a base de lo lícito e ilícito y de lo puro e impuro. ¿Qué es impuro? El cuerpo, el sexo, la inteligencia… ¿Qué es ilícito? Amar, gozar… Con estas lógicas ha dominado el judeocristianismo y el islamismo durante siglos. En el día de hoy, aún resuena el crujir del látigo, ese enorme flagelo que golpea a la humanidad, amoratada en un callejón sin salida.

Y por supuesto, odio a la inteligencia y al saber por parte de los “manoteístas”. Persecuciones a los filósofos, quema de libros… Con el monoteísmo nace el oscurantismo. Aún así, con el Siglo de las Luces la Iglesia comenzó su declive en Europa. En el día de hoy aún espero la estocada definitiva. Pero imposible, pues bien es sabido que el judeocristianismo y el islamismo sobrevivirán a toda empresa de fe; bien es sabido también que hoy no hay nuevas luces conscientes y dispuestas a plantar cara a la invasión de la fe ciega islámica, furibunda, resentida y fanática, convencida de la gloria de un más allá, y cómo no, bien es sabida la inmanencia casi innata de Dios en el Hombre.

Condena a todo materialismo, a todo atomismo, a lo real en definitiva, que desmiente todas las ficciones y deja en ridículo cualquier atisbo de espiritualidad abstracta o mundo subyacente. Continuamente, la Iglesia va de ridículo en ridículo, reconociendo lo que antes negaba a la ciencia. Mejor saber rectificar a tiempo que en empecinarse en los dictados de un Libro que supuestamente contiene todo, pero todo mentira, todo contradictorio.■


La mujer, los ángeles y el paraíso.

Los monoteísmos, manteniendo en sus fieles esa pulsión de muerte que tantos efectos negativos han ocasionado a la psicología humana, prefieren la ficción de un paraíso y postergarse con el flagelo y la castidad en la realidad más inmediata, que cultivar la vida y alegrarse ante un cuerpo que necesita de los goces y de los apetitos más sensuales, culinarios y estéticos. Esto no es culto al cuerpo de forma superficial e incontrolada, sino de culto al Hombre, de no negar esa pulsión de vida, ese instinto que llama al sexo, a las pasiones, etc.

Como muestra de la negación a la vida o pulsión de muerte, los monoteísmos han arrojado todos sus odios y neuras contra lo femenino. El monoteísmo es la falocracia casta e impotente, el mayor de los absurdos, el mayor de los odios hacia uno mismo. La mujer, depositaria de la virtud de dar a luz la vida al mundo; la mujer, turgente y provocativa, con belleza escandalosa, deleite para el hombre que la contempla glorioso y le dice, «¡sí!, dame tus encantos para mi goce y mi alegría y yo te daré los míos». El sacerdote, el ayatolá, el rabino… dicen no, dicen no a la vida, dicen no a la mujer, al sexo… A esto derivamos a la Sexualización de la culpa, llegando hasta los dominios del pensamiento. Tener un pensamiento impuro ya es meritorio de flagelo. Menuda condena esta pulsión de muerte, menuda fascinación de la muerte la de aquel quien se sume a esta atrocidad del espíritu de forma voluntaria. La vida debe ser vívida, pasional y trágica, si no no se ha vivido. ¡No al cinturón de castidad! ¡Sí al sexo sucio y limpio! (¡JA!)

Ya en el génesis muestran los tres libros su repulsa a la mujer. Eva, depositaria de una voluntad que al parecer es seducida por una serpiente, come del árbol sagrado del conocimiento del Bien y del Mal. Desde entonces, el Hombre es expulsado del paraíso por culpa de la tentación (y no a causa de la curiosidad, virtud del filósofo) de una mujer: comienzan los padecimientos. Con el pecado original se intuye el odio a la inteligencia y a la voluntad de saber. Por culpa de una mujer el Hombre camina entre lo real. Pero ese odio hacia la mujer va más allá, pues ya de por sí la mujer aporta consigo el pecado y por ello debe toda su sumisión a lo masculino. Gran avance entonces la emancipación de la mujer, mal por aquellas tribus de histéricas que conforman el absurdo conglomerado de grupúsculos feministas, nacidas del resentimiento hacia el hombre, sacándole rédito y beneficio al martirio que han sufrido: ¡Qué mentalidad más judeocristiana ésta! Bien por Eva, que tuvo el valor de dar rienda suelta a su curiosidad y otorgarnos cual Fausto el conocimiento, mal por las feministas, que ven en el hombre un enemigo. Mal igualmente por aquellos que veneran la inocencia del idiota de Adán.

Dicho lo dicho y para concluir, he ahí el ángel y el paraíso, que Onfray señala perfectamente y que definen a la perfección el idílico mundo monoteísta, irreal y asexuado:

El Mundo fuera del mundo produce dos criaturas fantásticas: el Ángel y el paraíso. El primero funciona como prototipo de antihombre; el segundo, como antimundo.

(Michel Onfray, Tratado de Ateología, Editorial Anagrama –Colección Argumentos, nº339-, Barcelona, 2007. Quinta edición. Página 110)


Textos inspiradores para este artículo:
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