26 de junio de 2009

SOBRE LIBREPENSADORES



Al escéptico verdadero no le interesa la verdad, pues ni siquiera la busca –cree que no la encontrará, porque ¿qué es la verdad?, ¿qué es verdad?–. Es una actitud de extravío, de desorden, de debilitamiento y volatimiento, de falta de voluntad… semilla de un nihilismo nefasto donde nada es sostenible: debido a tal padecimiento han caído todas las civilizaciones que han sido alguna vez fuertes. Y son críticos, sí, pero no construyen nada sólido: si bien no creen en poder hallar verdad, por ello se encuentran más cerca de la mentira. Sin embargo, frente al que “rebate sin cesar hasta el infinito”, existe un tipo de hombre “crítico” nada moderno, que en busca de la verdad y de sus verdades –y de las mentiras y de sus mentiras– es capaz de construirse a sí mismo y construir alrededor, además de verse a sí mismo y de ver también lo que le rodea; es un modelo de hombre que aunque siembre la duda y la lleve como arma, se le haría poca justicia llamándole escéptico, sonaría a mofa y a insulto; se hace llamar librepensador. Este tipo de hombre tampoco se ajusta al dogmatismo, pues no cree en verdades reveladas, ni en verdades absolutas; tampoco es relativista, porque no hay ni esto ni lo otro, cree que en realidad hay nada o muy poco y que eso es mucho. La verdad se manifiesta en el vacío de las cosas, en lo impenetrable de las esencias, a veces lo superficial puede calar más hondo, por ello quizá sea lo más cierto. Pero entonces, ¿qué es el librepensador? Aquel que ve más allá de cualquier moral, aquel que ve más allá de cualquier justicia, aquel que sospecha de todos, hasta de sí mismo; y téngase a sí mismo como su peor enemigo, pues todo sea dicho: nos engañamos constantemente y lo aceptamos crédulamente.

Ser librepensador no es incompatible con tener ciertas simpatías ideológicas –que manifiesto libremente a veces–, tampoco significa quedarse de brazos cruzados, significa todo lo contrario, significa la constante lucha. Ser librepensador es pensar sin miedo con toda la libertad que sólo uno es capaz de darse. El librepensador no espera que le dejen ser libre para pensar, no cree en las libertades de pacotilla, ni siquiera es aquel que tolera todo. Porque con libertad respeta las demás ideas y a veces hasta quiere aplastarlas e imponerse a ellas. También el librepensador es el más crítico de los críticos, pues critica todo, hasta a lo que se adhiere por momentos: y séase el librepensador el modelo de crítico entre los críticos más peligroso, pues declara la guerra a todos y a sí mismo; proclama abiertamente que no se adhiere ni a nada ni a nadie y que su voluntad actúa a su capricho; así se defiende de engaños y embustes del exterior para poder librar su propia batalla solitaria.■

4 de junio de 2009

SOBRE LIBERTAD Y REVOLUCIÓN

Sembrando el terreno para la paz


(Escena creada por el caricaturista cubano Arístides Esteban Hernández Guerrero "ARES")

(...)
- ¡Vaya un mérito!- murmuró Iturrioz
- Enorme, Kant prueba que son indemostrables los dos postulados más trascendentales de las religiones y de los sistemas filosóficos: Dios y la libertad. Y lo terrible es que prueba que son indemostrables a pesar suyo.
- ¿Y qué?
- ¡Y qué! Las consecuencias son terribles; ya el universo no tiene comienzo en el tiempo ni límite en el espacio; todo está sometido al encadenamiento de causas y efectos; ya no hay causa primera; la idea de causa primera, como ha dicho Schopenhauer, es la idea de un trozo de madera hecho de hierro.
(...)

Pío Baroja. El Árbol de la Ciencia. Ediciones Caro Raggio/Cátedra, 19ª edición, 2004, nº225. Pág. 160.


Siempre he vivido pensando que era libre o que lo que hacía era por una decisión propia, pero al final me he dado cuenta de que todo lo que hago y he hecho ha sido provocado por algo y por lo tanto no ha sido una acción puramente libre. La libertad, siempre tan sobrevalorada por mí, tan sobrevalorada por todos. No hay libertad, y cuando uno entiende eso ya puede, sin embargo, empezar a ser libre, o al menos, más libre que aquellos que padecen la ceguera causada por esa idea, contenida hasta lo más profundo de pasión y por la que tantos mueren y tantos han muerto para nada. Este desengaño me hizo madurar sobrenatura, me hizo ver las mentiras de las democracias, de los ideales, de los salvadores… Si alguien me viene con ideas libertadoras en abstracto sospecho de él, casi cogería una pistola para aniquilarle. El sentirse libre debe entenderse y asumirse como una actitud que reconoce la carencia de tal, así como la capacidad de discernir lo verdadero de lo falso. De esta forma, sólo de esta forma, podremos ser conscientemente libres y realistas. En la vida únicamente se pueden tomar las decisiones que causen un efecto menos dañino o más beneficioso, pues la causa ya viene dada por otros factores, razones o derivaciones. Nuestra vida es, en definitiva, un proceso, un proceso en el que el pasado es una carga demasiado pesada, demasiado inamovible, ¿y cómo se cambia el pasado? El pasado nos determina ya en el presente, incluso cuando ese pasado se ha olvidado. El futuro puede verse, pero siempre en la medida en que se tiene una consciencia y un conocimiento colosal. Así, no fue difícil predecir la crisis actual, de la misma forma que no es difícil predecir la hambruna que acompaña y sigue a todo conflicto bélico. En nuestra vida individual y en la historia, que es el tiempo con sujeto y verbo, es, de esta forma, aplicable esa máxima de causa y efecto. No somos libres, sino una reacción.

Por lo tanto nuestra única libertad viene determinada por la decisión que tomemos, una decisión que a su vez nos determinará aún más y nos hará desembocar a un precipicio, o al mar, o a quién sabe dónde. De lejos, la muerte nos espera alegre. La muerte tampoco es libre, se rige por los mismos mecanismos de la vida, es simplemente un efecto definitivo; su causa: el nacimiento. Esta libertad no es de hecho absoluta, sino totalmente condicionada: ¡o la libertad es total o no hay libertad!

Los demagogos que hacen uso de labia de mercader, abusadores de la «verborrea libertariana», políticos y demás clase carroñera de "guturalidad" estólida, venden ideales al pueblo o, para ser modernos, a la masa. La masa es un concepto totalmente autoritario en el terreno de la opinión, pues en la actualidad se da una situación excepcional si tenemos en cuenta un análisis materialista de la historia, y es que ya no parece haber una antítesis dominante o clara, al menos en Occidente. La masa engloba a todo tipo de seres de diferentes rangos sociales y económicos. Eso sí, hay diferentes clases sociales, pero la masa se ve homogénea e indiferenciable. Y a todos les cala con mayor o menor pasión el concepto libertad. Cuidado con los políticos, cuidado con los mercaderes poseedores de los capitales, si hablan de libertad mejor irse a casa y esconderse debajo de la cama, seguramente bombardearán un país tercermundista.

Y bien, con lo anterior vengo a manifestar que no existe una antítesis entre pobres y ricos, clase media y clase alta o proletariado y burguesía en Occidente, simplemente una mera contradicción, una paradoja de la masa, que salida del horno tiene trozos más tostados o quemados que otros, y, sin embargo, sigue siendo la misma unidad. Una actitud revolucionaria debería salir a quemar el rodillo y exigir o provocar una ruptura de la masa con la tijera, forzar una antítesis, hacer que la historia de occidente se mueva. En la actualidad, Europa vive de su pasado, y por lo tanto está inmovilizada, rendida. Hay que mirar al futuro, pero desde el presente. Es lo que diferencia al utópico del realista activo; ambos miran hacia delante, pero uno desde su lugar, el otro ya tiene los pies donde miran sus ojos. El utópico, de esta forma, sufre de gran incapacidad para transformar el mundo, de esta forma el utópico será el eterno perdedor, el eterno romántico acaparador de novelas, de poesías, de cantos y de películas. Grandes hombres los utópicos, grandes hombres trágicos y grandes paradigmas: ¡victoriosos a su manera pues dan fuerzas a los demás hombres!; pero el mundo de hoy necesita una voluntad triunfadora, una voluntad que no vuele, sino que, con los pies sobre la tierra, haga que todo gire en torno a él. Y aún así, deberíamos tener un mayor espíritu trágico, aunque sea solamente en la esencia, pues avanzar siempre va acompañado de sangre y lágrimas: el sacrificio parece inherente a toda revolución, a toda transformación. Con una mentalidad realista habría sido posible el triunfo del movimiento obrero, hoy en día aniquilado y subyugado al Estado, hoy materializado en sindicatos hambrientos de subvenciones; lo que ha desembocado en el fin de la antítesis que favorecía una lucha por ideales más nobles y en una sociedad profundamente egoísta, enferma y apestada. Y todo sea dicho, olvídense de la derecha, del centro y de la izquierda, eso es otra mentira, otra falsedad demagógica, el enemigo es la clase política en general, que es lo mismo que señalar a la banca, a las multinacionales... ¡sea necesaria una revolución por encima del bien y del mal donde triunfe el sentido común y no una ideología que no abarque la totalidad de la realidad!

La democracia aniquila la voluntad del hombre triunfador. Demasiado carroñera es nuestra clase política, demasiado demagoga, demasiado ser innoble y pútrido. Esto es lo que nos ha dado la democracia. Nos engañan con que el pueblo es depositario del destino de un país, pero es todo mentira, la opinión pública está demasiado manipulada, los bolsillos vaciados o llenos a convenir; de una u otra forma veo que la clase política soborna a la masa. La masa quiere ser panadero o pizzero… El sistema, de esta forma, desde el aceite hasta el agua y la harina, está totalmente corrompido. El revolucionario cismático que recorte la masa y genere la antítesis necesaria para que la historia de occidente se mueva, deberá tener en cuenta el mal estado de los ingredientes. En definitiva, quien dice: “el pueblo es lo peor”, está en lo cierto, pues es el verbo de la clase política, su opinión, su ideal, y por lo tanto, igual de corrupta y carroñera. La civilización occidental es una selva de cemento sin inocencia. En ella, el ideal mercader ha triunfado. Derechos, ideales, pacifismo, políticas de igualdad… ¿Qué es eso? Contradicciones, sólo eso, o, mejor dicho, una bonita mentira, una estratagema para hacer callar.


La única antítesis posible en la actualidad está en manos de aquellos que ven el fin de Europa, aquellos que ven causa y efecto, es decir, antecedentes y sus posibles consecuencias en los movimientos demográficos y económicos. Europa está lejos de parecer triunfadora, sin embargo, se la ve cansada, se vislumbran saqueos de bárbaros como en Roma hace ya más de un milenio y medio. Aunque esto ya sería otro tema, ya desarrollado en parte en mi polémico (para los progres, asimilacionista y demás masa pseudoizquierdista) artículo American Spanish History X, por lo que no entraré en “pelea”.

Volvamos al hombre que habla sobre la libertad. La mayoría de las veces habla el ignorante, convencido de que es libre o de que no lo es y cree en la posibilidad de serlo… ¡quimeras! ¡Pruritos de un esclavo! Como ya hemos dicho, la única forma de ser libres es admitiendo que no es posible, que estamos encerrados en un mundo de causa y efecto. Por ello, creo que es necesario ahondar en la naturaleza de ese utópico sumido en la falsedad, el salvador, el revolucionario demagogo. Es curioso cómo su “causa” es la libertad pero simplemente desemboca en sangre (el “efecto”). Y no seamos ilusos, ¿quiénes luchan por la libertad? Socialistas, comunistas, hasta Franco luchó por una España grande y libre… En fin, qué quieren que les diga, eso de la libertad está ya no solamente sobrevalorado, sino sumamente devaluado. ¡No valdría más la pena que la causa fuera la guerra y el efecto la paz y la libertad entendida bajo mis palabras! De esta forma la paz será duradera, de esta forma un pueblo o una nación o un hombre tendrá una base histórica y una victoria que festejar durante los siglos de los siglos. Sin embargo, hoy luchamos por otros y le hacemos la guerra a otros, y a eso le llamamos libertad, ¡mentira! ¡¿No os dais cuenta de que somos esclavos, de que somos simples voluntades bajo el espejismo de unos falsos ideales desarrollados por el sistema imperante, de que nuestro sacrificio no valdrá nada?! ■