28 de agosto de 2009

CICLO "Genealogía de la Moral" (PARTE IV/IV): ¿Qué significan los ideales ascéticos?



I. FILOSOFÍA Y ASCETISMO.

(…) Es sabido cuáles son las tres pomposas palabras del ideal ascético: pobreza, humildad, castidad; y ahora mírese de cerca la vida de todos los espíritus grandes, fecundos, inventivos, - siempre se volverá a encontrar en ella, hasta cierto grado, esas tres cosas. (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 141. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


Decir que la filosofía tuvo como zócalo, como sustrato del cual alimentarse, cierto estiércol maloliente, séase el ascetismo, es de una certeza incuestionable. Pero del estiércol se alimentan las cosas bellas, como las flores y el cereal. Bajo los ideales de pobreza, humildad y castidad tuvo que emerger la filosofía, bajo formas tan anti-vitales tuvo que desarrollarse. Esos tres ideales son sumamente hijos del aburrimiento y de un gusto autorturador exquisito, no apto para Hombres soberanos y dinámicos. Esos tres ideales son también la hipocresía de todo ascetismo (institucionalizado al menos: hablemos de Iglesia Católica, Mezquita Islámica, etc.), más dado a la riqueza, a la prepotencia y al vicio.

La pobreza como ideal ha equivalido en la Historia y en la Vida a “matar al pueblo de hambre”. Perdónenme, ¡pero menudo ideal! Ser pobre no es un ideal, no es perfección, la pobreza solo trae decadencia, enfermedad y deformidad intelectual y física. El ideal no debe ser la pobreza; la prodigalidad, la generosidad (no la limosna) y la riqueza deberían ser mejores constituyentes para una salutífera dieta que forjaran el ideal de la riqueza y de la sobreabundancia. Pero este ideal de la riqueza deberá tener su contrapartida en una actitud para ser ideal (y para ser riqueza de verdad), una condición que evite el derroche y ponga límites: la mesura.

La humildad como ideal ha equivalido en la Historia y en la Vida a “empequeñecer al Hombre para reducirlo a una simple masa de carne y huesos obediente o a forjar hombres sumamente vanidosos”. Aquel que desea ser humilde está abocado a ser un hombre pequeño y temeroso… Es un falso ideal, pues un ideal verdadero, o al menos sano, debería empujar al hombre hacia arriba, a ser mejor cada vez. No hay que sentirse pequeño, sino lo suficientemente hombre, lo suficientemente fuerte y soberano para que no te aplasten. Y frente a la humildad ni vanidad ni prepotencia, ni siquiera fuerza, sino un poco de amor propio y de confianza en uno mismo.

Por último, la castidad (algunas fuentes dicen –como Wikipedia– que no debemos confundirla con la abstinencia sexual) como ideal ha equivalido en la Historia y en la Vida “a hacer culpable al hombre de sus pulsiones más vitales –las abocadas a la sexualidad y a otro tipo de impulsos naturales y humanos, demasiado humanos- y a encubrir la impotencia genital y la incapacidad de fecundar del asceta”. La castidad es el ideal más cruel de todos pues proviene de algo muy noble y que requiere fortaleza: “el dominio de sí”. La castidad ascética concibe a todo acto vital el pecado y a cada nuevo nacimiento que prorrumpe la pringue del pecado original (el asceta no hace bienvenida una nueva vida por mucho que la celebren, son radicalmente contradictorios). Este ideal es producto de cierta barbarie doctrinaria y de la gran locura sacerdotal, estamento éste pródigo en pedófilos, pederastas y demás calaña desbordante de vicios. La castidad también enferma al hombre, lo llena de «complejos» y de «mala conciencia» por su condición natural (ver partes anteriores de este ciclo); es un vicio inverso y como tal también es debilidad y un vicio mucho peor; como dice el propio Nietzsche: (…) una vida ascética es una autocontradicción: en ella domina un resentimiento sin igual, el resentimiento de un insaciado instinto y voluntad de poder que quisiera enseñorearse, no de algo existente en la vida, sino de la vida misma, de sus más hondas, fuertes, radicales condiciones (…) (Pág. 152). La premisa parece sencilla: lo vital es pernicioso. Y es que todo aquello que te hace parecer un Dios, es decir: ser pródigo y generoso (soberano), tener amor propio y ser fecundo y dador de vida… no es bienvenido para el asceta.

Espero que se entienda en mi crítica a la castidad. La critico únicamente como ideal ascético. La castidad puede tener multitud de puntos a favor. Puedo entender la castidad como un “domino de sí” (donde uno avasalla sus propios impulsos para convertirlos en beneficio en lugar de ser arrastrado por los mismos para convertirse en un esclavo), como una moderación del placer y sobre todo como una castidad abocada a una sexualidad exclusivamente procreadora, lo que me parece muy noble y muy bello. En su lado opuesto encontramos el vicio. Todo vicio es una debilidad, una forma de perder el control y la autonomía. En nuestra sociedad casi abogaría por cierta castidad, ¡no por abstinencia!, sino por una castidad que traduzco en “domino de sí”, como he dicho anteriormente en este mismo párrafo. La sociedad de consumo y las instituciones políticas empujan al Hombre a saciar sus impulsos de forma desordenada. Y es que vivimos bajo la “moralidad orgiástica progre”, una nueva era Hippie de experimentación sexual y del culto a los vicios: ¡todo menos cultura y dignificación real del Hombre! – Este es el resultado de tanto malentender, sobrevalorar e invertir el significado de libertad. El progre, el ateo y demás forma sacerdotal se muestran así como unos sacerdotes invertidos, pues sus ideales son –al menos en el terreno de la castidad y no en todos los progres, por supuesto- una antítesis radical de la castidad ascética. Ambas me parecen inhumanas, ambas se me iluminan en mi conciencia como antivitales y oscuras con un objetivo claro: encadenar al hombre, asfixiarlo... (sin que se dé cuenta) Así que la antítesis está en la mesa: la castidad sacerdotal contra el libertinaje pseudoascético. Ambos falsos ideales son defendidos por pastores, y ambos con una conciencia clara de negación de la vida. Para ejemplos podemos verlos en las últimas novedades sobre las leyes que incitan al aborto libre, en la nula y degenerada educación sexual en los colegios e institutos, en series adolescentes donde el sexo se muestra sin tapujos como un simple juego, en pornografía hasta en la sopa –TV, Internet, etc.-…

Conclusión: tanto el sacerdote ascético (fomentador de vicios invertidos: contención de impulsos y condenación de los mismos) como el sacerdote no-ascético (fomentador de vicios al uso: libre curso a los impulsos hasta el libertinaje) quieren dominar el rebaño ya sea dando o arrebatando; desgraciadamente la mayoría de las personas son enfermos sin conocimiento de sí, a esa mayoría le debemos toda esta basura moral que gobierna las conciencias y toda estupidez. Se lo debemos a la ubicua ignorancia, inopia e inconsciencia, con la que los ingenieros sociales hacen auténticas maravillas…

Y el asceta, depositario de falsos ideales, es la “sombría forma larvaria”, como diría Nietzsche, “bajo la cual le fue permitido a la filosofía vivir y andar rodando de un sitio para otro” (Pág. 150). Eso sí, al asceta hemos de agradecerle todo tipo de filosofía, hemos de quererle como a un padre y como a una madre a la vez (¿asceta como ser asexuado pero hermafrodita? –interesante), pero también enseñarle nuestros dientes y decirle que es nuestro enemigo y nuestra «mala conciencia»; y con todo esto no negar sus virtudes, que son de las que aprendemos a desaprenderlas, pues en definitiva, no es ideal la «autotortura ascética». Sin embargo, desprecio (no odio) al sacerdote pseudoascético, pues a éste no habrá que agradecerle nada, si acaso la muerte definitiva de la filosofía.

(…) disfrazarse de sacerdote, mago, adivino, de hombre religioso en todo caso, para ser siquiera posible en cierta medida: el ideal ascético le ha servido durante mucho tiempo al filósofo como forma de presentación, como presupuesto de su existencia, - tuvo que representar ese ideal para poder ser filósofo, tuvo que creer en él para poder representarlo. La actitud apartada de los filósofos, actitud peculiarmente negadora del mundo, hostil a la vida, incrédula con respecto a los sentidos, desensualizada, que ha sido mantenida hasta la época más reciente y que por ello casi ha valido como la actitud filosófica en sí, esa actitud es sobre todo una consecuencia de la precariedad de condiciones en que la filosofía nació y existió en general: pues, en efecto, durante un período larguísimo de tiempo la filosofía no hubiera sido en absoluto posible en la tierra sin una cobertura y un disfraz ascéticos, sin una autotergiversación ascética. Dicho de manera palpable y manifiesta: el sacerdote ascético ha constituido, hasta la época más reciente, la repugnante y sombría forma larvaria, única bajo la cual le fue permitido a la filosofía vivir y andar rodando de un sitio para otro... (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 150. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■


II. LA REDENCIÓN DE LOS ENFERMOS.

(…) cuando lograsen introducir en la conciencia de los afortunados su propia miseria, toda miseria en general: de tal manera que éstos empezasen un día a avergonzarse de su felicidad y se dijesen tal vez unos a otros: «¡es una ignominia ser feliz!, ¡hay tanta miseria!...» Pero no podría haber malentendido mayor y más nefasto que el consistente en que los afortunados, los bien constituidos, los poderosos de cuerpo y de alma, comenzasen a dudar así de su derecho a la felicidad. (Pincha aquí para seguir leyendo) (…)

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 160-162. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■


NOTA: Recomiendo que se lea el texto de arriba íntegramente, no solamente para que se advierta convenientemente de qué hablo, sino porque además Nietzsche dice lo que digo abajo y varias cosas más que yo no sabría explicar de forma tan certera y arrebatadora.

Son muchos quienes carecen de la fuerza de voluntad para vivir. Ya sea por naturaleza o por contagio muchos necesitan mirar a lo alto para encontrar consuelo y un sentido a la vida y a todo sufrimiento. ¿Acaso no saben que aquel que ven en lo alto no les tiene en cuenta, que como buen Hombre constituido solamente hace caso a sus iguales? ¡¿Tan difícil es simplemente vivir?! Esa debilidad de la voluntad, ese vicio por lo pernicioso, es la enfermedad del hombre por excelencia, una enfermedad contagiosa y de difícil curación. El rebaño de enfermos es el objeto de todo asceta, pues el asceta se muestra como sanador mediante la potenciación y fortalecimiento de la enfermedad (paradójicamente), pues su dominio sobre los débiles reside en que sean débiles. El asceta debe consolarles, y aún siendo igualmente unos pusilánimes, poseen la destreza suficiente y la malicia infinita -combinada con los subterfugios más groseros de la inteligencia- para elevarse como seres superiores sobre su rebaño. Son los pastores de la podredumbre de espíritu, son aristócratas invertidos, unos auténticos matasanos.

Nietzsche recomienda al hombre sano, de constitución fuerte y con conciencia soberana, no acercarse a este tipo de seres debiluchos y enfermizos. El fuerte tiene su derecho a existir, un pathos de la distancia se hace necesario. Como dice Nietzsche, “lo superior no debe degradarse a ser el instrumento de lo inferior”. Desgraciadamente, dicha mezcla se ha dado siempre, pues el hombre superior, hombre noble “de quien de todos se fía”, ha abusado de su magnanimidad. ¡Ya basta! Ahora tenemos que ser más desconfiados, más aviesos, más rapaces que nunca… ¡Ha llegado el momento de defenderse! ¡A por los enfermos! Y no fiaros de ellos, y menos de sus líderes… ¡A por ellos sin piedad, sin compasión! Su pena nos hará dudar, la culpa que nos lanzarán será enorme y nuestras conciencias puede que sufran, su moral intentará invertirnos a nosotros los hombres bien constituidos y de buena compañía, los pastores nos querrán poner el lazo… pero deberemos ser pertinaces, desenfrenados, violentos, tempestuosos, malvados… Creo que ya es hora de una nueva era de hombres y mujeres sanos y de buena naturaleza, tanto anímica como física. ¡Basta de ascetas y de pseudoascetas!

Los infelices enfermos acostumbran a ser unos envidiosos. Tanto es así que sufren cuando son felices y de la felicidad de los demás si es auténtica y con «buena conciencia»: sólo encuentran placer y bienestar en su enfermedad. Los infectados te echarán en cara toda felicidad, toda demostración de salud. Los pusilánimes han conseguido que en el mundo todo se ponga del revés, la inversión de los valores es también la inversión de los estados anímicos, y así no es difícil entrever cómo la alegría ha decaído tanto y el sufrimiento martoriológico ha sido tan ensalzado. Y culpa de esto lo tienen los ideales ascéticos, esos ideales para cansados, para derrotados, para…■



III. ARTE E IDEAL ASCÉTICO Y UNA CRÍTICA A LA VERDAD.

(…) ciencia e ideal ascético, se apoyan, en efecto, sobre el mismo terreno -ya di a entender esto-: a saber, sobre la misma fe en la inestimabilidad, incriticabilidad de la verdad, y por esto mismo son necesariamente aliados, - de modo que, en el supuesto de que se los combata, no se los puede combatir y poner en entredicho nunca más que de manera conjunta. Una apreciación del valor del ideal ascético trae consigo inevitablemente también una apreciación del valor de la ciencia: ¡ábranse los ojos y agúcense los oídos para percibir tal cosa en todos los tiempos! (El arte, dicho sea de manera anticipada, pues alguna vez volveré sobre el tema con más detenimiento, -el arte, en el cual precisamente la mentira se santifica, y la voluntad de engaño tiene a su favor la buena conciencia, se opone al ideal ascético mucho más radicalmente que la ciencia: así lo advirtió el instinto de Platón, el más grande enemigo del arte producido hasta ahora por Europa. Platón contra Homero: éste es el antagonismo total, genuino - de un lado el «allendista» con la mejor voluntad, el gran calumniador de la vida, de otro el involuntario divinizador de ésta, la áurea naturaleza. Una sujeción del artista al servicio del ideal ascético es por ello la más propia corrupción de aquel que pueda haber, y, por desgracia, una de las más frecuentes: pues nada es más corruptible que un artista.) (…)

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 194-195. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


La ciencia y las posturas ateístas son una contradicción del ideal ascético pero no su antagonismo, pues ambos buscan las verdades absolutas e irrefutables. Como contrapartida un nuevo tipo de filósofo, llámese librepensador, un filósofo más parecido a un artista, un filósofo alejado del ideal ascético, más cercano a otro tipo de virtudes más sanas y vitales. Y es que la tarea de un librepensador no es la verdad, al menos no la verdad como medio, sino que su tarea reside en la falsedad, en la mentira, y esta como medio para llegar a la verdad. A la verdad no se llega directamente; ese ha sido, a mi juicio, el gran error de aquellos que de forma obstinada, valiente y esforzada han emprendido el plausibilísimo y poco valorado camino hacia la verdad y a lo verdadero. Tal vez, por esta razón, sea el librepensador un hombre bien cercano al arte, pues cultiva la mentira como manifestación real de la vida y lo falso como realidad inasumible por muchos pero cierta e irrefutable: sólo el arte ascético priva al librepensador de verse en su mundo sin mugre. Como dice Nietzsche: «Platón contra Homero: éste es el antagonismo total».

Pero bien, critiquemos a la verdad. Hemos de hacer énfasis en que la verdad en sí no es criticable siempre que sea lo suficientemente cierta. Lo criticable en realidad es el valor de la verdad, o mejor dicho, el valor dado a la verdad y lo que con ella se ha consumado, es decir, aquella utilización maléfica de la verdad, esa interesada denominación de verdad a cosas que no lo son. La verdad es autoritaria, convierte en dogma todo lo que toca… ¡cuidado con la verdad!, ¡cuidado con aquellos que hablan de la verdad, de ser veraces!

Si algo demuestra la Historia científica y religiosa y la propia clase de hombres libres que lucharon en su momento histórico “en contra de la verdad” (así debió de vérseles en su propia época paradójicamente, como negadores de la verdad, de lo cierto, de lo absoluto) es que no hay nada que haga brotar más sospechas que la mismísima verdad. La verdad otorgada a las cosas por el hombre es bastante ciega. Si Copérnico no hubiera insistido en su teoría heliocéntrica –y posteriormente Galileo y Kepler- del sistema solar (cosa que ya atisbó Heráclides Póntico -aprox. 390-310 a.n.e.-, astrónomo y filósofo griego) Europa seguiría sumida en lo “verdadero” cinco siglos más (intúyase mi ironía). Así que no denostemos lo falso, no denostemos a los “locos”. La idea de verdad es siempre una idea dominante y no siempre una idea cierta e indudable, es la idea que suma más egos y más conciencias a su favor, pero solamente eso. La verdad siempre se ha valido de la “fuerza” y del número para justificar su certeza. Y no únicamente la “fuerza” y el número, sino mucho uso de la Razón, del raciocinio, en pos de la defensa de una verdad equivocada. Y es que hay que decirlo, si bien la inquisición y los estamentos religiosos atascaban los desmarañamientos de la verdad establecida, hoy la ciencia con su disfraz democrático funciona con el mismo dogmatismo. La ciencia es una religión doctrinaria con tantas afinidades con la religión al uso que su confrontación equivale a la de dos sectas cristianas durante el Medievo. Y sé que exagero, pero es que hay algo muy sospechoso y muy extraño: ciencia y religión quieren verdades absolutas e irrefutables. Sin embargo, la religión ha hecho todo lo que ha estado en su mano en contra de la certeza, por ello es bastante lícito tener cierta desconfianza en la ciencia, una ciencia que sea dicho no responde a postulados metafísicos y del más allá, pero si a las grandes corporaciones y capitales: el dinero como una nueva fe que mueve montañas, las infraestructuras de las multinacionales como nuevos templos, el proletariado como creyentes estúpidos que buscan consuelo en el capitalista y…■


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21 de agosto de 2009

CICLO "Genealogía de la Moral" (PARTE III/IV): «Culpa», «mala conciencia» y similares (II)



IV. SOBRE EL ORIGEN DE LA MALA CONCIENCIA.

En este punto no es posible esquivar ya el dar una primera expresión provisional a mi hipótesis propia sobre el origen de la «mala conciencia»: tal hipótesis no es fácil hacerla oír, y desea ser largo tiempo meditada, custodiada, consultada con la almohada. Yo considero que la mala conciencia es la profunda dolencia a que tenía que sucumbir el hombre bajo la presión de aquella modificación, la más radical de todas las experimentadas por él, de aquella modificación ocurrida cuando el hombre se encontró definitivamente encerrado en el sortilegio de la sociedad y de la paz. Lo mismo que tuvo que ocurrirles a los animales marinos cuando se vieron forzados, o bien a convertirse en animales terrestres, o bien a perecer, eso mismo les ocurrió a estos semianimales felizmente adaptados a la selva, a la guerra, al vagabundaje, a la aventura, - de un golpe todos sus instintos quedaron desvalorizados y «en suspenso». (Pincha aquí para leer el texto completo) (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 108. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

Adentrémonos en el origen de la «mala conciencia». Nietzsche sincroniza en cierta medida dicha aparición con la modificación que sufrió el hombre al civilizarse, al mezclarse en sociedad. Un hombre aún primitivo, acostumbrado a dar rienda suelta a sus afectos (pasiones), más bárbaro por ser más animal (y no por ser más bárbaro será menos civilizado), tendrá en sociedad que frenar sus pulsiones y rebajarse al orden impuesto por la ley moral (a grandes rasgos –a lo mejor no tan grandes- todo código penal es una ley moral y toda religiosidad es tanto una ley moral como un código penal). Así empieza el debilitamiento del hombre fuerte, así comienza el cansancio, el odio al placer y la lenta degeneración en un mundo abordado por el hastío y sin afán de superación. En nuestros días resulta evidente, dicha realidad rezuma como el aire fétido de un excremento de vaca. Las sociedades occidentales son sumamente débiles y enfermizas (y las propias sociedades trabajan en ese sentido: frenos a la superación personal, medios para alimentar los instintos disolutamente, etc.): es el resultado de tanta paz y de tanto bienestar; así hemos llegado a tal punto que Europa se ve indefensa ante otros pueblos más fuertes. Un poco de barbarie no hace daño, es beneficioso, es señal de salud, de hombres activos y libres que están dispuestos a luchar por lo que les pertenece y, sobre todo, que están dispuestos a prodigarse (darlo todo): alguien que se entrega y que se ama a sí mismo es orgulloso, pero también generoso. Dicho esto, se intuye con mayor claridad lo que quiero decir: el hombre-animal tuvo que dejar en suspenso sus instintos debido a los efectos de la sociedad y esa promesa de paz que tanto ansiaban los débiles y enfermos de espíritu, pues no dependían de sí mismos, no eran soberanos, no sabían defenderse. Una paz mal entendida, porque cuando el hombre no tiene contra quién desbordar su impetuosidad y ansias de conquista se devora a sí mismo: nuestra concordia debe ganarse cultivando nuestra fuerza, demostrándonos a nosotros mismo y al resto de los seres cuán temibles somos: sólo la fuerza da seguridad, sólo la seguridad da la paz.

No obstante, es ese paso de la vida sin inhibiciones a la vida en sociedad lo que desencadena «el comerse a sí mismo», así inaugura el hombre la «mala conciencia», la «culpa», el «resentimiento»…; como dice Nietzsche: “todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro”. Eso es lo que Nietzsche llama interiorización, así es como el hombre empezó a inventarse de nuevo como una bestia de las profundidades, subterránea, oscura y miserable: esto derivó a rencor hacia uno mismo, a autotortura, a espiritualidad… No es difícil percibirlo, al menos yo lo advierto bien claro. Todos nos hemos torturado y envenado en mayor o menor medida por algo alguna vez. Esa tortura viene dada por unas leyes morales que no respetan el orden natural de la vida misma, que no respetan la naturaleza humana; leyes que ven indecorosa toda exacerbación de vida, de sexualidad, de alegría… No hablo de vicios, los vicios son degeneraciones mentales producidas por la inteligencia del raciocinio, yo hablo de los sanos instintos, de nuestro brío animal -recóndito y secreto-, aquello que a veces todo ser humano añora y que sabe que es la verdadera liberación. El instinto es nuestra inteligencia natural, y hubo instantes en los que supo convivir con el raciocinio, ese subproducto de la inteligencia, engañador y poco fiable (el verdaderamente inteligente es aquel que no se deja engañar); y ambas se respetaban y se llevaban bien, pero al final triunfo aquello por lo que el hombre se independizó de la naturaleza, llamándose hombre: con tal mentira nos hemos inventado nuestra superioridad sobre todas las cosas habidas en la tierra y en el universo, de tal forma hemos pasado de ser hombres dentro de un orden a ser arquitectos de la naturaleza.

Quienes dominan la moral de la «mala conciencia», quien es débil y por ello más sutil en el uso de subterfugios y mejor conocedor de los laberintos de la mente, sabe cómo domar al hombre noble, bondadoso y alegre, al veraz, al hombre de «buena conciencia». Así no es raro ver cómo el débil utiliza precisamente su debilidad para aprovecharse del hombre superior: este ser enfermo es un ser que condena a muerte todo lo que toca, su fecundidad es nula. El sacerdote, gran dominador de estas malas artes, ha sabido hacer al hombre culpable de su fuerza y de su pasado animal. La mujer no ha sido menos respecto al género masculino. Los poseedores de esta «mala conciencia», enfermos ellos, no dudarán en contagiar su peste al resto de los seres, de destruir la conciencia sana y desparramar la «culpa» y el «resentimiento» para que todos nos despellejemos vivos. El sacerdote ha sido en este punto un diseminador (es especialista en maltratar para luego consolar) de la gran enfermedad del espíritu; pero de esto ya hablaremos en la cuarta parte de este ciclo.

Y así prorrumpió la «mala conciencia», cuyos efectos se manifiestan mediante “el sufrimiento del hombre por el hombre” y por razón de “la guerra contra los viejos instintos”; todo esto gracias a la interiorización, gracias a un mal entendimiento de lo que es “ser dueño de sí”… ¡precisamente esto último debiera hacernos mejor conocedores de nosotros mismos y más libres de la «mala conciencia»!; sin embargo vivimos en el error, en una manía autopersecutoria que nos hace siempre culpables, cuando el hombre es inocente de su condición y no debiera, por lo tanto, sufrir por lo que es como ser y como materia, sino disfrutarlo y potenciarlo. Es absurdo sufrir con lo que debiera gozarse, y también es absurdo no admitir el sufrimiento, el esfuerzo y el sacrificio en aquello que verdaderamente si lo requiere.■


V. UNA SEGUNDA INOCENCIA.

(…) El advenimiento del Dios cristiano, que es el Dios máximo a que hasta ahora se ha llegado, ha hecho, por esto, manifestarse también en la tierra el maximum del sentimiento de culpa. Suponiendo que entre tanto hayamos iniciado el movimiento inverso, sería lícito deducir, con no pequeña probabilidad, de la incontenible decadencia de la fe en el Dios cristiano, que ya ahora se da una considerable decadencia de la conciencia humana de culpa (Schuld): más aún, no hay que rechazar la perspectiva de que la completa y definitiva victoria del ateísmo pudiera liberar a la humanidad de todo ese sentimiento de hallarse en deuda con su comienzo, con su causa prima. El ateísmo y una especie de segunda inocencia (Unschuld) se hallan ligados entre sí. -■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 116-117. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


Nietzsche departe sobre el ateísmo tratándolo como una especie de segunda inocencia, como una siguiente etapa existencial del hombre, ya sin deudas y sin la maldita «mala conciencia». ¡Y qué equivocado estaba Nietzsche! Es cierto que Nietzsche también recalca -en el tercer tratado de Genealogía de la Moral- en algunos pasajes el asunto del resentimiento y de la no contrariedad con lo religioso (y el ideal ascético) por parte del ateísmo y la ciencia, pero… (Toda confrontación habida entre ateos y ascetas –sacerdotes y demás– es una pura contradicción, una paradoja inevitable) En fin, el ateo al final se ha revelado como un auténtico resentido precisamente por su incapacidad de no poder vivir sin Dios. Como ya se ha dicho en este blog alguna vez, a Dios le debe el ateo toda su existencia: sus neuras contra tal Ser Único acaban rebotando en su carne humana y mortal y deteriorando su conciencia. ¡Qué gran resentido el ateo! ¡Cuánta «mala conciencia» atesora en sí! El ateo se ha convertido en el nuevo ídolo espiritual, en el nuevo sacerdote que aboga por un nihilismo metafísico, una nada tranquilizadora, consoladora, aniquiladora de todo sufrimiento y vida: un «más allá» sin existencia. El ateo no vive sin Dios, lucha contantemente contra él. El no poder vencerle, el no poder borrarlo del vocabulario y de las conciencias es lo que le llena de odio, de rencor, de autotortura… Así que no, ¡no, Nietzsche!, el ateísmo no es una segunda inocencia… Sé que a priori lo parecería: ¡librarse de Dios, qué bien suena!; pero el devenir ha acontecido en consecuencia y lo que nos ha dejado es una segunda culpabilidad. Qué sabio el pagano pues, ese otro hombre religioso pero con una conciencia más sana y diferente; sapiente de que es imposible escapar de la idea de Dios se forjo multitud de dioses poderosos en los cuales poder verse como en un espejo, con los cuales poder elevarse…

Dicho todo esto, es inevitable plantearse ciertas preguntas: ¿Cómo liberarse? ¿Cómo encontrar la inocencia? ¿Cómo atesorarse una «buena conciencia»? ¿Cómo matar a Dios? ¿Y después de matarlo, si tal cosa fuera posible, «qué»?

He de incidir en el nihilismo metafísico. El nihilismo es algo muy tratado en El Mundo de Daorino y me considero bastante influenciado por dicha tendencia. Mi nihilismo sigue intacto, tal como yo lo entiendo es una oportunidad de crear. Es decir, para mí el nihilismo no es un mundo metafísico, subterráneo o allendista (del «más allá»), sino un estado de hastío, de vacío existencial, donde se abren dos caminos: el suicidio o superarse. ¿Y cómo superarse? Como diría Camus, afirmándose en el absurdo, sufriendo alegremente la tortuosidad de la vida, creando un mundo nuevo con sentido propio (hacerse la causa uno mismo); o como diría Rosset, irguiéndose jubilosamente con una «alegría paradójica», la fuerza mayor. El nihilismo metafísico es una nueva doctrina seguida por ateos, agnósticos, escépticos, relativistas… que esconde en sí “el consuelo” de un nuevo «más allá», el nuevo lugar donde los automortificados ateos quieren llegar para aliviar su sufrimiento y su dolor: ¿no os suena a cristianismo, a islamismo, a podredumbre monoteísta? Tanto el ateo como el creyente buscan lo mismo, el consuelo en un «más allá», ¡en un mundo subyacente! Ahora bien entiendo que la vida hay que afirmarla en cada instante, asirse fuerte en cada segundo, desafiar el mundo y afrontar cada dificultad con firmeza. Todo «más allá» es una ilusión, toda idea metafísica es una construcción de la conciencia para exonerar sus padecimientos y sus dudas, una quimera, un dislate... Si algo nos enseñan los héroes griegos es lo hermoso que es sufrir, lo bello que es el sacrificio y lo placentero que resulta ponerse a la altura de los dioses, aún sabiéndose (los dioses) un error, es decir, una invención. Si algo me queda claro, es que lo único verdadero son nuestros errores y falsedades, por ello Nietzsche siempre encontraba la esencia de algo en su contrario y por algo es un maestro de la antítesis, por eso rebajaba el valor de la verdad en grado sumo, ¡¡pues hay más certeza en la mentira, aunque duela decirlo, aunque sea cruel, aunque muchos no quieran oírlo!!

¡¡ARRIBA ESOS ESPÍRITUS LIBRES!! ¡¡QUE DEVENGA PRONTO EL LIBREPENSADOR, ESE HOMBRE QUE NIETZSCHE BAUTIZÓ COMO SUPERHOMBRE!!■


VI. LA LIBERTAD DEL ALMA.

(…) Que en sí la concepción de los dioses no tiene que llevar necesariamente a esa depravación de la fantasía, de cuya representación por un instante no nos ha sido lícito dispensarnos, que hay formas más nobles de servirse de la ficción poética de los dioses que para esta autocrucifixión y autoenvilecimiento del hombre, en las que han sido maestros los últimos milenios de Europa, - ¡esto es cosa que, por fortuna, aún puede inferirse de toda mirada dirigida a los dioses griegos, a esos reflejos de hombres más nobles y más dueños de sí, en los que el animal se sentía divinizado en el hombre y no se devoraba a sí mismo, no se enfurecía contra sí mismo! Durante un tiempo larguísimo esos griegos se sirvieron de sus dioses cabalmente para mantener alejada de sí la «mala conciencia», para seguir estando contentos de su libertad de alma: es decir en un sentido inverso al uso que el cristianismo ha hecho de su Dios. (…)■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 120. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

El griego antiguo no interiorizaba, vivía protegido del veneno, era un ser entregado a la vida: “no hay mayor profundidad que en lo superficial (la naturaleza, lo real, la vida misma)” – por ello el griego era un hombre artístico (escultórico: apolíneo) y dionisiaco (sufriente). Nietzsche nos enseña en este texto esta sabiduría y nos da la receta, el secreto de este tipo de hombre remoto, para atesorarse una «buena conciencia».

Los dioses griegos justificaban al hombre -dichas deidades eran toda la «mala conciencia» del hombre, también lo bello, lo sublime...-, a dichos dioses se les achacaba toda la «culpa»: todavía el hombre se veía como un animal más –pues no se habían despojado de su verdadera esencia natural, de sus instintos (la civilización es un proceso de afeminamiento) –. El griego era entonces inocente, tenía «buena conciencia», los dioses eran su consuelo. Al fin y al cabo todo era producto de la locura (no pecado): «Un Dios, sin duda, tiene que haberlo trastornado», decía el griego ante la insensatez de algún compatriota. Grecia en contraposición al Dios Único de los judeocristianos: una religión que libera al hombre y lo diviniza frente a otra que lo esclaviza, un hombre fecundo frente a otro abortivo.■


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14 de agosto de 2009

CICLO "Genealogía de la Moral" (PARTE II/IV): «Culpa», «mala conciencia» y similares (I)



El segundo tratado de Genealogía de la Moral, «Culpa», «mala conciencia» y similares, es en mi opinión el más rico en conceptos e ideas. Literariamente es sobresaliente y filosóficamente es denso y brillante. Aquí solamente abordaré conceptos e ideas que me han parecido las más destacables.

Por parecerme un tanto extenso, he dividido en dos partes la que iba a ser solamente una la dedicada al segundo tratado de Genealogía de la Moral.■


I
Nietzsche nos habla de una característica del ser noble o, más bien, del animal-hombre, pues el alemán nos acerca en cierta medida a cómo el animal-hombre se convierte en soberano; hablamos de la «capacidad de olvido». Para Nietzsche, esta capacidad es premisa de toda felicidad, una forma de guardarse nada, de permanecer alejado del resentimiento y de otros venenos laureados por los esclavos: base para una buena conciencia. Pero he ahí que el hombre-animal hubo de poner en suspenso, en algunos casos, esa capacidad de olvido y fomentar «el hacer promesas», pero no como una mirada hacia atrás, sino como un salto al futuro, un adelantarse al futuro. Nietzsche la representa como una fuerza opuesta a la «capacidad de olvido» con la que el ser noble se forja una memoria y se hace “calculable” y “causal”: este tipo de hombre deviene. Así nace un hombre libre, un hombre soberano y activo, el único a quien le será lícito hacer promesas, pues tendrá la fortaleza suficiente para llegar siempre hasta el final y mantener su palabra. Sea este tipo de hombre el veraz por excelencia.■


II
(…) Ver-sufrir produce bienestar; hacer-sufrir, más bienestar todavía -ésta es una tesis dura, pero es un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano, que, por lo demás, acaso suscribirían ya los monos; pues se cuenta que, en la invención de extrañas crueldades, anuncian ya en gran medida al hombre y, por así decirlo, lo «preludian». Sin crueldad no hay fiesta: así lo enseña la más antigua, la más larga historia del hombre - ¡y también en la pena hay muchos elementos festivos! -■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 87. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.

Tal vez Nietzsche parece cruel en su exposición, pero es algo tan real que no puede decirse de otra forma. Ver-sufrir y hacer-sufrir es gozoso, lo podemos observar cotidianamente cuando vemos a personas reírse cuando salen vídeos donde gente se cae al suelo y cosas por el estilo. Alguien que se haga sufrir y se deje hacer sufrir es un gran humorista; desde luego, con tal aptitud nacen los mayores histriones de la ludopatía torturadora: el judeocristianismo ha sido prolífico en el mundo del humor. Pero la crueldad y el sufrimiento tienen una gran función vital y ordenadora, y es que forjan la memoria; es, como dice Nietzsche, “un axioma antiguo, poderoso, humano-demasiado humano”. Pero claro, el sufrimiento del que Nietzsche habla no es gratuito, es, al contrario, necesario para toda elevación del tipo hombre.

El sufrimiento como algo imprescindible para la vida en lugar de uno de los reparos que ponen algunos en contra de la existencia. El sufrimiento, la sangre… todo ello tiene algo festivo y orgiástico, algo vital y exuberante. La vida es vida en cuanto es sufrimiento, sin sufrimiento no hay vida, no hay lucha, el hombre se queda sin memoria, autista, sumido en el tedio. Esto es patente en nuestra actualidad, en nuestra sociedad de bienestar, donde la juventud vive apática en un mundo donde todo está hecho, donde el sufrimiento queda anulado, donde la vida se transforma en hastío, en camino llano hacia un nihilismo pasivo y destructivo y una vida enclenque e insignificante. Entonces, ¿qué es gozar del sufrimiento? Pues así lo asevero categóricamente: “AFIRMAR LA VIDA”. Podría decirse que toda indignación actual hacia todo sufrimiento viene dada por su absurdo, por su gratuidad. Empero, el sufrimiento del héroe, en cuanto que sufre porque vive y no porque se autotortura, de ese sufrimiento es el del que debemos gozar, pues es un paradigma vital, un aire fresco, una vacuna contra el dichoso hastío. ¡Seamos heroicos!

Quisiera hacer énfasis en el sufrimiento como entrega, como forma activa, propia de hombres nobles y del hombre antiguo (hombre noble por excelencia), a pesar de algún loable aunque mortificador Sócrates (que murió como (semi)héroe, no como mártir –ya analizaremos esta antítesis). Entender que la vida es un sacrifico y entregarse a ella con goce es lo que diferencia a un hombre activo de otro pasivo o de mentalidad esclava. Sin esa actitud sufriente del hombre vigoroso y formidable en entrega no es posible entender al griego o al romano que veía en su sufrimiento una forma de engrandecer a los dioses. Hablamos del ofrecimiento a unos dioses donde los hombres se veían representados y divinizados. Sus dioses eran fuertes, exigían del hombre un sufrimiento-esfuerzo para crecer y les castigaban para ponerles a prueba, para que fueran hercúleos: “que los dioses se lo exigían” significa lo mismo que “ellos mismos se lo exigían”. Sin embargo, el Dios Singular, el Dios único, ha convertido al hombre en un ser mortificado y sobre todo en un pusilánime. Y a pesar de todo el cristianismo necesitó de los fuertes, de los cruzados, de los templarios… -paganos cristianizados-, que lucharon pensando que el Dios Singular era un Dios varonil… Estos guerreros eran activos paradójicamente, iracundos y “afectuosos” (en cuanto pasionales y entregados con temeridad y vitalidad) aunque fuera con una fe de siervos, y sin ellos el cristianismo… ¡Qué paradoja!

(…) ¿Qué sentido último tuvieron, en el fondo, las guerras troyanas y otras atrocidades trágicas semejantes? No se puede abrigar la menor duda sobre esto: estaban concebidas como festivales para los dioses; y en la medida en que el poeta está en esto constituido más «divinamente» que los demás hombres, sin duda también como festivales para los poetas... (…)

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 90. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■


III
ANTÍTESIS HÉROE-MÁRTIR
Y DESMITIFICACIÓN DE SÓCRATES

Para mí la antítesis héroe-mártir es sumamente interesante pues se trata de una contraposición de conceptos radicalmente opuestos a pesar de que en la actualidad puedan observarse como algo semejantes. También son interesantes porque hablan del deber y del sufrimiento y de dos posturas religiosas enfrentadas, las concepciones grecorromana y abrahámica (en ésta incluyo a derivados como el progresismo).

En nuestros días se acuñan los conceptos héroe y mártir de forma demasiado generosa, cuando representan dos tipos de hombres distintos. El héroe es un tipo de hombre presente en las culturas paganas y se asocia a acciones heroicas, a hombres con voluntad propia que han acometido empresas legendarias. Por su parte, el mártir es principalmente un ser arquetípico de las religiones abrahámicas que obedece un mandato en lugar de su voluntad: no se inmolan, mueren o castigan a sí mismos por amor propio, sino por amor a su Dios o en busca del perdón.

El héroe no quiere fallecer, el héroe quiere ser eterno, dice sí a la vida y a todas las vidas, quiere vivir aún estando muerto. Su pulsión es, por lo tanto, activa y fuerte; sus arranques y padecimientos son exuberantes y van encaminados hacia la divinización de su unicidad como hombre. En definitiva, todo lo que concibe es por amor a sí mismo, a los dioses y a sus iguales (su comunidad); no conoce el odio, no es un odiador, aunque sí conoce el desprecio y a lo despreciable, es decir, aquello que no es digno de su amor porque no se lo ha ganado, o no obedece a su ética (costumbre), o no forma parte de su patria...

Sin embargo, el mártir es por necesidad un hombre ciego, un hombre sin voluntad únicamente solvente en la obediencia y en la debilidad. No hace más que someterse a su Dios sin más: ni elige ni decide, simplemente sufre y pide clemencia con las dos rodillas cosidas al suelo. Su destino está precisado, por lo que no es soberano de sus actos, no es la causa de sí mismo ni dueño de sus efectos, es propiedad de Dios y de nadie más. Dicho todo esto no es de extrañar que a este ser le aliente una pulsión de expiración: el ser mártir se relaciona irremediablemente con la muerte, ya que es un negador que no cree en esta vida y si en el más allá, un más allá estático asentado en la contemplación de Dios o en la esperanza de harenes y paraísos improbables. Y el mártir interioriza como una cloaca, se echa la culpa de su condición humana y de sus padecimientos: todo sufrimiento le parece incurable y un castigo; no goza de la vida en absoluto, pero se vanagloria de su propia humillación ante la idea de Dios. ¡Qué diferente al hombre pagano entonces!, que si bien obedecía a los dioses era porque mediante ellos la civilización se forjó un orden, una lógica y un sentido natural de las cosas; y el hombre antiguo se entregaba a sus dioses (a la naturaleza), tal como suena, por lo que no necesitaba interiorizar demasiado ni permitir a los gusanos de la mala conciencia que lo devorase: lo sagrado era el mundo, lo espiritual era el propio mundo y los dioses vivían entre los hombres, manifestándose mediante todas las formas posibles: el amor, el fuego, la lluvia... Así que el mundo entero era sagrado y de la misma forma el hombre era sagrado también. El abrahamismo desacralizó el mundo y obligó a los hombres a entregarse a una vida idílica. El hombre, en un mundo que ya no era sagrado, perdió toda su belleza.

Con esto queda claro que no solamente es héroe o mártir aquel que en los momentos que propician su muerte se comporta de tal o cual forma, sino que detrás de tales condiciones de ser podemos hablar de diferentes formas de enfrentarse a la existencia y de entender el orden de la vida. Y tal dicotomía vino a mis pensamientos debido a la inquietud que me provocaba la forma en que afrontó Sócrates su muerte. Con lo que sigue resolví tal inquietud.

Al griego, no sé cómo ni por qué, se le ha pretendido cristianizar (¡se le ha equiparado al propio Jesús de Nazaret!), además de convertirlo en un abanderado del progresismo, del feminismo y de otras tendencias modernas. Se le quiere apodar con conceptos no aptos para su tiempo y con tal afán llamarle equivocadamente mártir de muchas causas. Es cierto que Sócrates fue en cierto modo un advenedizo del cristianismo por la razón de haber dotado al hombre de alma, de haber abierto los caminos hacia la espiritualidad (arrancarle al hombre los pies del suelo), de haber sido creador de la moral y tutor de uno de los ideólogos involuntarios del cristianismo: Platón. Pero aún así yo veo en Sócrates a un griego y como a tal habrá que hacerle verdadera justicia, pues ni de lejos le imagino como quieren definirlo ciertos movimientos actuales utilizando la técnica del anacronismo.

Muchos piensan que Sócrates murió por sus ideas y que como tal fue un mártir. Yo digo que no fue así, que si bien es posible que muriera por sus ideas su muerte no estuvo bajo el régimen del martirio; ni siquiera pienso que se tomara la cicuta de forma voluntaria: lo hizo porque no tenía más remedio, la huída habría significado vivir con vergüenza eternamente. No obstante, un mártir no muere por sus ideas, alguien que muere por sus ideas es alguien que cree en sí mismo y en sus razonamientos, alguien que hace uso de su soberanía como ser en el mundo con voluntad propia, caso de Sócrates; porque un mártir obedece sin más un dictamen y lo cumple sin plantearse nada, carece de un pensamiento propio. Sócrates murió, en definitiva, con buena conciencia. Aunque es cierto que en cuanto a mala conciencia quizá Sócrates sufriera aquella que le produjera su mujer, Jantipa. ¡Qué diferente habría sido Sócrates y la historia de la filosofía con otra ama! De Jantipa dicen las crónicas que era una mujer horrenda, insolente, iracunda y atroz. Así es de entender cómo Sócrates se lanzara a la plaza pública a dar a conocer su sabiduría y resolver sus propias dudas, puesto que era mejor que estar en casa.

Así que Sócrates fue juzgado y castigado por diversos motivos: políticos, sociales, etc. ¿Todo el que es juzgado y castigado es un mártir o un héroe? Creo que no y el afirmarlo sería grotesco: dar por supuesta tal afirmación convertiría de repente en héroes o mártires a todos aquellos que reposan en las cárceles. Tampoco está claro por qué fue condenado el griego, se habla de que introdujo dioses extraños (cierta deidad como el daimon o voz interior mística) o de que negaba a los dioses establecidos (según qué fuentes cambia la versión), que corrompía la moral de la juventud (alejándolos de los ideales democráticos precisamente), de que introdujo un mundo etéreo sin que en ello mediara ningún Dios, etc. Aunque también se habla de que fue inculpado porque dos de sus discípulos fueron tiranos.

Así que cómo conclusión:

Que Sócrates fue condenado por sus ideas -consideradas éstas subversivas por la tan aclamada democracia ateniense en la actualidad- y que posteriormente prefiriese morir respetando la Ley de su polis, negándose a huir por vergüenza y honor -puesto que es sabido, según las fuentes, que sus amigos le podrían haber ayudado a sobrevivir-, demuestra que el filósofo griego fue un héroe porque su voluntad manifestó ante todo valentía y coraje, pero sobre todo porque decidió su sino y porque en decisión tan noble no intervino sobre su voluntad ningún designio divino ni ninguna revelación, ni siquiera se tiene constancia de que su polémico daimon influyera sobre él.

En definitiva, Sócrates siempre fue demasiado griego como para que se lo apoderen ahora tanto la cristiandad como el progresismo y le consideren aliado de sus causas modernas. Resulta irónico igualmente que defiendan a Sócrates como un abanderado de la libertad de expresión y que por lo mismo veneren la democracia ateniense.■


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7 de agosto de 2009

CICLO "Genealogía de la Moral" (PARTE I/IV): «Bueno y malvado», «bueno y malo»



(…) las aves rapaces mirarán hacia abajo con un poco de sorna y tal vez se dirán: «Nosotras no estamos enfadados en absoluto con esos buenos corderos, incluso los amamos: no hay nada más sabroso que un tierno cordero.» - Exigir de la fortaleza que no sea un querer-dominar, un querer-sojuzgar, un querer-enseñorearse, una sed de enemigos y de resistencias y de triunfos, es tan absurdo como exigir de la debilidad que se exteriorice como fortaleza.■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 59. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


I
En Más Allá del Bien y del Mal (escrito que junto con Humano, demasiado Humano son de lectura obligada para entender la Genealogía de la Moral), Nietzsche dijo que solamente existe «voluntad fuerte» y «voluntad débil». La voluntad es «mandar» y «obedecer», es ordenar a algo que uno tiene dentro de sí mismo. Quien se beneficie de un mayor espíritu de liderazgo, es decir, quien tenga mayor voluntad de mando, será el más fuerte. Los «pusilánimes», hechos para obedecer, es decir, aquellos hombres de fe, aquellos de la postración ante Dios, que son los que niegan la vida, los que crean mundos imaginarios porque no aman el suelo que pisan, ni el aire que respiran ni el cuerpo que portan -pues la existencia les supera- son los carentes de voluntad y como tales son merecedores de ser esclavos, de ser poseedores de una voluntad de esclavos, de redimirse tal como lo hacen: con su sufrimiento autoinfligido e innecesario, con su apaleamiento existencial y carcelario. Y ante este tipo de seres no hay que bajar la guardia, pues su dialéctica piadosa y tartufesca es veneno para el espíritu noble. ¡Contemplémosles en su calabozo y que oigan nuestra carcajada y nuestro baile al ritmo del soniquete de sus cadenas! ¡Regocijémonos en nuestra «maldad» y despreciemos su «bondad»! –hablemos así para que ellos nos entiendan.

Ser fuerte de voluntad no significa ser fuerte físicamente; tener voluntad es, como se ha dicho, esa capacidad del hombre de mandarse a sí mismo, de empujarse, de superarse; es la VOLUNTAD DE PODER, es la fuerza, el dominio, el pastoreo, el enseñorearse con el más débil: toda voluntad lo que quiere es dar rienda suelta a su fuerza, saciar su sed de conquista, etc. Al pusilánime, a ojos de un hombre de voluntad fuerte, solo merece el desprecio y el sometimiento. Aquí vemos pues una de las grandes diferencias entre un Señor y un Esclavo, entre una mentalidad fuerte y una débil, entre los hombres libres o librepensadores, emancipados de toda supeditación metafísica, afirmadores, frente a todo hombre convicto en las redes de la fe y en la negación de los sentidos: son los negadores de la vida, de la belleza, de la fuerza y de todo aquello que signifique elevación. ¡Viva aquellos hombres que no se postran ante Dios! ¡Viva el Superhombre que es toda elevación y amante de nuevos retos, de nuevas guerras...! En definitiva, existen los hombres que se mandan a sí mismos, es más, personas ínclitas en el buen arte del mandar y del obedecer; y luego existen otras personas que solamente saben del arte del obedecer y que necesitan de otra voluntad que satisfaga su carencia en el fornido arte aristocrático del mandar: pero el pusilánime encuentra esa voluntad en las quimeras....

No debemos sentirnos culpables, no debemos sentirnos en deuda con nadie, ¡no permitamos que nos hagan juicios morales, que nos arrepintamos de nuestra fuerza, de nuestra voluntad dominante!, ¡«desjudaizaos», amigos!, ¡sed como una «bestia rubia» triunfal en la batalla, bárbaros, dionisiacos!, ¡zafémonos del resentimiento, no dejemos que crezcan gusanos dentro de nosotros: venganza inmediata u olvidar! ¡Vamos, aves rapaces!, ¿¡acaso no tenéis hambre!?, ¡allá a lo lejos veo oscuros corderos, enseñémosles nuestra alegría y nuestro amor!■


II
Han sido los judíos los que, con una consecuencia lógica aterradora, se han atrevido a invertir la identificación aristocrática de los valores (bueno = noble = poderoso = bello = feliz = amado de Dios) y han mantenido con los dientes del odio más abismal (el odio de la impotencia) esa inversión, a saber, «¡los miserables son los buenos; los pobres, los impotentes, los bajos son los únicos buenos; los que sufren, los indigentes, los enfermos, los deformes son también los únicos piadosos, los únicos benditos de Dios, únicamente para ellos existe bienaventuranza, - en cambio vosotros, vosotros los nobles y violentos, vosotros sois, por toda la eternidad, los malvados, los crueles, los lascivos, los insaciables, los ateos, y vosotros seréis también eternamente los desventurados, los malditos y condenados!...» Se sabe quien ha recogido la herencia de esa transvaloración judía...■

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 46. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.


Posiblemente sea la Genealogía de la Moral el libro más destacado de Nietzsche por la repercusión en su época y en todas las personas que lo leen aún -poseedoras de la cualidad filosófica de “sorprenderse”- , además de por ofrecer una nueva “mirada moral” que desmonta la judeocristiana. En realidad lo que Nietzsche reclama no es una moral en sí si la contrastamos con la moral de las acciones, sino que es una moral relacionada con el ser del hombre noble y aristocrático; es decir, no se juzga a la acción, sino al propio hombre. Así, mientras que los judeocristianos veneran las acciones piadosas y de naturaleza abnegada y masoquista (no sufriente en cuanto que en la vida se sufre, sino que hablamos de dolor autoinfligido) «por doquier» para engrandecer a Dios (una «moral de esclavos»), el «hombre aristocrático» puede tener igualmente una acción a priori (que es lo mismo que decir “en apariencia”) piadosa y abnegada, aunque sea en realidad por exceso de fuerza, por un buen sentido de justicia o simplemente por veracidad y por un respeto a sí mismo (es, en todo caso, un nuevo tipo de piedad, nada judeocristiana: no es por engrandecerse, es por generosidad). Así pues, transcribo (cortar y pegar) estas palabras de la WEB:

«Pero Nietzsche, sin embargo, utiliza el término “piedad”, en el sentido de veneración y respeto, como un afecto positivo que se experimenta ante lo sagrado, ante lo insondable de la existencia, ante la grandeza de la naturaleza humana. Es en este sentido como el noble siente respeto de sí mismo, siente por sí mismo, pero no puede sentir por los demás».

Así que podemos describir dos tipos de moral: una aristocrática y de señores, otra esclava. La primera de ellas es aquella dicotomía entre «bueno y malo» (gut und schlecht), la otra entre «bueno y malvado» (Gut und Böse).

Gut und schlecht: Esta es la «moral de señores», aquí la dicotomía es simple (no por ello sencilla). Lo bueno es lo poderoso, lo fuerte, la fe en sí mismos, la voluntad misma de un ser con conciencia de sí mismo como ser autónomo que ve en los dioses una exaltación precisamente de ese amor a sí mismo y a sus iguales. Sin embargo, lo malo es lo débil, lo pusilánime y sin voluntad (o con una voluntad que solo obedece), y no es merecedor de odio, sino de desprecio. El aristócrata o señor huye de aquello que cría gusanos; así, el odio y el resentimiento, creadores de deudas (“el noble es un ser sin deudas”, el propio Nietzsche lo dirá en varias ocasiones en Genealogía de la Moral), son valores del hombre débil, de aquel que no es capaz de darle libre curso a su fuerza: no solo es esclavo por ello, sino que se esclaviza con mundos imaginarios. Su venganza posterior vendrá con la inversión de valores. Pero en esta antítesis no existía en realidad ese tipo de esclavo que cito ahora mismo. Es esta dicotomía el hombre malo es el débil, sí, pero también un hombre que venera la fuerza: todo un aristócrata en comparación a lo que se convertiría posteriormente, en el «esclavo bueno».

Gut und Böse: Con esta dicotomía se consuma la inversión de valores aunque a priori no lo parezca. Critican al fuerte y lo condenan, le llaman «malvado». Ser orgulloso (amarse a sí mismo) y ser fuerte es a partir de ahora denostado. Los oprimidos y débiles exaltarán su pusilanimidad, venerarán la obediencia, la piedad… Eso se ve hoy en día claramente. Ser autónomo es sinónimo de egoísmo, y tal vez lo sea, pero ¿acaso no entiendan que ese egoísmo es toda una generosidad si lo pensamos con buena conciencia?, ¿no es un ser noble y aristocrático pródigo en regalos, un ser bello? ¿Y cuál es su regalo? Pues abre el camino como conquistador con su machete en la maleza de la selva para dar rienda suelta al hombre, para dejar vía libre a toda elevación:con su osadía demuestra que no necesita de nadie, que él mismo se basta. El esclavo, sin embargo, es un NO A LA VIDA, un enterrarse, un estar muerto: es toda antítesis de aquel hombre legislador que somete las cosas a su voluntad, el noble, el superhombre. En definitiva: “Caridad, humildad y obediencia reemplazaron competencia, orgullo y autonomía”. (Ver Friedrich Nietzsche en Wikipedia) Y como bien es sabido, el hombre malo se convierte en bueno y el bueno en malvado.

¡NO A LOS ODIADORES E IMPOTENTES! Odiadores en cuanto maestros del resentimiento, tanto gusano dentro de sí… me imagino al pusilánime (al judío y al cristiano, aunque yo hablaría también del musulmán amenazador y que hoy en día nos atenaza) como carne muerta, sin ser, materia en descomposición. ¿Acaso no lo sea? Lo es ciertamente. Y es que es por ello consecuencia su impotencia, ¡imposible que carne muerta sea pródiga en dar vida y afirmarla! No tiene capacidad de procreación, todo lo que ofrece ya está muerto, son un aborto viviente, la vida les supera, ni siquiera la digieren… únicamente el pecado y el martirio son su casa. «El hombre débil y bueno» ha construido todo su mundo desde la negación. No solamente han invertido la moral –y convertido las acciones en juicios morales– sino que han invertido lo sagrado y natural, acaso no sea lo natural lo sagrado. Para ellos todo es culpable, mientras que para el malvado sólo existe la inocencia y el error, pues no son camellos.

En la actualidad, aquellos pusilánimes que se quedaron libres de la intempestiva nietzscheana amenazan al hombre europeo -y acaso ya lo enseñorean desde su negación de la vida y de todo lo bello-. ¡Despertemos los fuertes de voluntad!, ¿no veis que se aprovechan de nuestra pereza, de nuestra falta de valores, hasta de nuestras pobres leyes democráticas? Volvamos a ser legisladores, bárbaros, ¡bebamos la sangre de esos nuevos corderos y comamos su carne cocinada como premonición de victoria! O mejor: ¡sacrifiquemos cerdos y cómanoslos delante de ellos, obliguémosles a comer nuestro cerdo si es necesario y que se traguen su propio vómito! ¡Mandemos a los débiles al desierto! Un nuevo Dios se cierne sobre Europa, un nuevo Dios más ciego que el judeocristiano nos quiere dominar... Estos nuevos vítores de guerra que se escuchan desde lejos me emocionan, ¡ganas de matar un Dios tengo! ¡Cojamos las armas y ganémonos nuestra paz!■

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