25 de junio de 2010

PREÁMBULOS DEL SUEÑO




(…)
Morality would frown upon
Decency look down upon
The scapegoat fates made of me
But I promise you, my judge and jurors
My intentions couldn’t have been purer
My case is easy to see
(…)

Depeche Mode, Walking in My Shoes


Suena de fondo una bella melodía, ¿serán los pájaros? No, es una vieja canción, un himno para muchos. Daorino aparta su edición de Así habló Zaratustra en la mesita de noche y se tumba en la cama. Muchas cosas le nublan la cabeza, muchas cosas le inundan, le ahogan, le preocupan y le hacen sentir mal. ¡Mal de pensadores… el miedo a sus propios pensamientos! “Para pensar hay que ser valiente, para pensar hay que atreverse, el miedo me estimula y me anima”, se dice Daorino.

Daorino habla mucho solo, y es que no necesita a nadie para sentirse oído, “¿yo no valgo?, ¿acaso yo no soy mi cura ante la soledad?, ¿acaso no es mi soledad mi propia compañía?”, se dice. Y es que Daorino ha tenido que aprender a convivir consigo mismo, ha tenido que aprender a reconciliarse consigo mismo, ha tenido que aprender a querer ser él mismo…

Continúa sonando una melodía, pero una melodía diferente que mantiene el ambiente de placer intacto. Y es que la música es un puente entre lo material y lo espiritual. De pronto Daorino se convierte en música, se funde con el ambiente, y convertido en instrumento, jala de las cuerdas vocales:


¿En qué mundo vivimos? Incluso el más vulgar de los seres quiere que te arrodilles ante él. Prefiero morir aplastado por una masa inconmensurable de miserables antes que vivir humillado. El problema de la modernidad es que derechos se les regala a todo aquel que los pide o no los merece o necesita. Algo regalado a cualquiera no puede tener valor, yo quiero regalos que me hagan sentir afortunado y elevado. Yo prefiero ganarme mi propio derecho y dárselos a aquel que prefiere obligaciones. Por ello, qué me importa la Ley de los más, yo me rijo por la mía propia, por mis valores, por lo que mi sudor ha conquistado. Y derechos es lo que quieren los débiles, y el poderoso, demagogo que es, se los da, pues también es débil, porque su poder se basa en el soborno y no en la autoridad; y deseosos de regalos está la plebe, entonces ¿qué habrá que darles cuando ya no haya derecho alguno que regalar? El hombre necesita autoridad y disciplina, obligaciones y valores también; el hombre necesita un destino y un orden. También requiere de la libertad, pero de aquella que no le aleje de todo lo anterior. La libertad, destructora de mundos, idea sanguinaria donde las haya, ha matado más hombres que Dios. En su nombre el hombre ha cometido lo indecible. El verdadero compromiso social debe estar alejado de ese concepto de la libertad que nos ha gobernado hasta entonces, deberíamos incluso destronarla, pues no es un ideal, sino la antesala al infierno y al desorden espiritual y racional. No hay que creer en la libertad, pues no existe tal cosa, ¡nos hemos peleado durante milenios por nada!, ¡hemos justificado nuestros actos por lo inexistente, por un fantasma!; es por ello por lo que toca recapacitar y pensar en luchar por lo que realmente importa y por lo que realmente es y dejar de lado a los fantasmas idílicos. Mi libertad es poder aplacar a mi enemigo, y la libertad de mi enemigo es poder aplacarme a mí; libertad es poder morir por mi familia o por mi tierra y poco más. ¿Dónde hay sitio para la libertad si ésta sólo existe cuando algunos hombres imponen su criterio? La libertad no puede tener muchos amos, sólo uno; la libertad es mandar y obedecer, mandar y que te obedezcan: todo lo que nos cuentan sobre la libertad es mentira. Libertad es cuando me digo “esto no debo hacerlo” y ¡no lo hago!, negando al deseo que habita en mí su capricho, a veces pernicioso. ¡Ahí se ven a los verdaderos hombres, a aquellos que aplacan sus deseos!; y libertad es la relación entre el buen señor y el buen vasallo, que es la relación de reciprocidad entre el buen mandar y el buen hacer. Y por encima de todo ello subsiste un profundo respeto.

Amor al prójimo es lo que hoy se destila, un amor al prójimo que es lo mismo que decir me odio a mí mismo. Nada de lo que uno hace para sí es bueno, por ello hay que regalarse al prójimo. ¡Oh, europeos, hasta vosotros mismos os ofrecéis como ofrenda! El amor al prójimo es el peor de los amores, es peor que poner la otra mejilla. Amar al prójimo es reconocer que uno no es merecedor de su propio amor, cuando nuestro amor propio es el único que merecemos y el único que nos hace mejores, fuertes y seguros; está bien que nos amen, pero que sea un amor traducido en admiración y respeto… ¡y por supuesto hemos de ser merecedores de ese amor y despreciar el amor de los mediocres! Por supuesto, no hay que desdeñar al resto, sobre todo a tus iguales. Pero el prójimo es listo, más que el que regala. El que recibe quiere recibir más hasta conquistarte definitivamente. ¡Amadores del prójimo!, ¿no sois demasiado prolíficos regalando vuestro amor incluso al que os señala con la daga?, ¿no es eso vuestra debilidad? ¿No está en definitiva mal enfocada vuestra esplendidez? Los nuevos amos del desierto son quienes reciben vuestro amor, y decirme: ¿por qué amáis a quien os quiere poner de rodillas mirando el suelo? El que viene de fuera sólo merece nuestra desconfianza y a veces hasta nuestro desprecio y un tiro en la sien, pero parece que el cristianismo laicista, llámese marxismo, llámese ilustración, herederos todos ellos del cristianismo… os han borrado la identidad y todo valor por el que luchar: ¿habéis olvidado de dónde venís? Del desierto vino la cruz a conquistarnos y triunfaron, todo lo que fue bello sucumbió… ahora viene de nuevo del desierto un nuevo odio bajo la luna y las estrellas y todo aquello que a pesar de todo seguía siendo bello será velado bajo un oscuro manto. ¿Volverá Roma a caer?

Pobres hombres que sólo aman lo débil y lo foráneo, pobres hombres que se han olvidado de sí mismos, tanto que de tanto olvido ya desconocen su origen, su cultura y lo afortunados que son de formar parte de la raza de los vencedores y conquistadores, de la raza de los héroes, de la raza de los amados por los dioses. Por nuestras venas corre la sangre de generaciones y generaciones, a ellos les debemos nuestra vida y nuestra herencia; pero hoy, hoy traicionamos todo lo sagrado, lo sagrado ya no existe, lo sagrado es una entelequia. Con la sangre hoy se juega a la alquimia, diluyendo en una sola fórmula toda la diversidad humana… ¡Oh, Europa!, ¿perecerás por la mano de alquimistas o recuperarás de nuevo el gusto por el campo de batalla?

Benoist dice: «El que las sociedades más ricas sean también las más depresivas demuestra que el dinero no da la felicidad y que la alegría de vivir no es una cuestión de nivel de vida material o de poder adquisitivo». Todo el mundo lo ha pensado alguna vez. Quizá el hombre encuentre goce en la ausencia de alegría, lo cual tal vez sea lo mejor debido a que posiblemente no todos serían capaces de controlar fuerza tan totalitaria e incontrolable. Mejor para los menos, porque la alegría sólo debe estar en manos de los privilegiados, de los que dicen sí a la vida y no lloran por lo banal y material. Los objetos viven fuera de nosotros y nos manipulan, ¡oh, paradoja!, ¿somos objetos de los objetos? ¿No hemos dado vida al objeto, no adquiere el objeto un nivel casi de sujeto? De seguro es que el objeto no tiene derecho alguno pero si es cierto que ejerce su poder por derecho propio. Lo inanimado y la vida inerte se apoderan de la vida… ¡¿no os dais cuenta?! ¡Eso es la deshumanización, eso es la decadencia! Yo quiero ser aquel que no es objeto, yo quiero ser ese cuerpo que es en sí voluntad, quiero el poder sobre mí mismo y sentir la única libertad que puedo alcanzar: el poder total sobre mí, el triunfo de mi voluntad sobre mí, mi autoconquista, mi autopastoreo… ¡yo soy mi destino!

¿Y sobre los caminos indirectos hacia la verdad? ¿Existen tales caminos? Mucho tiempo creo yo que se pierde buscando dichos caminos. No hay caminos, es todo campo a través, hay que coger la poda y el machete y avanzar. Y es que la única verdad posible de conocer es aquella que se esconde detrás de las falsedades. Más sencillo es entonces esclarecer una mentira que buscar una verdad.

La mujer es como la tierra, de ahí todas esas diosas… lo de madre patria no tiene ninguna connotación insustancial, no es una definición gratuita, por lo demás define claramente la naturaleza femenina. La tierra es fértil y dadora de vida: quien odia su patria, quien reniega de ella, odia y reniega de su verdadera madre. El hombre es un agricultor y un guerrero y, al igual que conquista o siembra la tierra, marcha hacia la mujer para someterla y asediarla; y es que la mujer necesita de una buena poda y de una buena embestida, exige del hombre sus mejores estrategias y máxima astucia, necesita de ellos sus buenas herramientas para que les marquen su destino natural e indispensable, el más importante de todos: dar hijos. Todos los hombres y la tierra, el hombre y la mujer, la misma cosa en proporciones diferentes. ¡Qué pocos hombres quedamos! ¡Y como ya quedan pocos hombres las mujeres se pierden!

Y Así habló Daorino.


La música dejó de sonar. Luego se durmió y soñó con cacerías de jabalíes y borracheras en cervecerías regentadas por generosas, dulces y voluptuosas mujeres sonrosadas.■

18 de junio de 2010

EL IDEALISTA O EL HOMBRE DE OTRO MUNDO




Escena de la película Cielo sobre Berlín, del director Win Wenders. Mientras los ángeles quieren experimentar nuestro mundo sensible el hombre sólo piensa en paraísos imposibles y en la muerte.

Lo opuesto al idealista es el realista. Sin embargo, el idealista es el más realista de los realistas, diría que es el ser creador (de artificios) por antonomasia, todo lo que inventa ocupa un lugar en la realidad… pero nadie la ve: es la realidad de la fe, es la realidad de la utopía, es la realidad que no es real. A pesar de todo, el realista es idealista también, pero sus ideas brotan de las cosas que se pueden tocar, observar e intuir; más que crear transforma, y sea esa su creación: patria, familia, amor filial… todo ello tiene que ver, sin menospreciar su naturaleza espiritual, con la sangre, con la tierra, con las montañas y con los ríos; no es sólo cuestión de conocimiento pensado, sino de conocimiento vivido. Así pues yo trataría esta dicotomía como si fuera una cuerda. En un extremo tropezaríamos con el idealista, en el otro con el realista, pero en el centro con un nudo donde tanto el idealista como el realista se atropellan, se mezclan, se cruzan y se confunden, pero que delimita claramente dos formas de arrojarse a la existencia en un mismo mundo.

Max Stirner es mi maestro en esta materia. Resulta sugestivo leer su libro El único y su propiedad y descubrir un mundo de fantasmas y de espíritus, donde los idealistas son una especie de sombras, como muertos vivientes, como ángeles, como poseídos… poseídos por una idea, por una idea por la que luchan hasta el fanatismo, si es que la idea les posee completamente. Los realistas, los que se rigen por el orden natural de las cosas, son como exorcistas, como loqueros, o como hombres que viven entre tinieblas, dentro de una espesa niebla donde la visibilidad se ha reducido drásticamente. Y es que el mundo ha perdido su sentido, ha perdido su valor y claridad, ahora sólo hay sombras, espíritus, ideas… ideas que no son cosas, ideas que no representan nada de este mundo.

El idealista ama todo lo universal, pues el idealista es un ser totalitario. Quiere que su idea adquiera dominio integral sin distinguir la particularidad de cada cual, he ahí su tiranía. Así que no se enfaden con aquellos que dicen que somos todos iguales, con aquellos que dicen que no hay razas, que sólo hay una raza, la raza humana, con aquellos que sólo dicen que hay una única civilización, etc. Ellos están roídos como una mazorca de maíz en una conejera, están imbuidos y posesos por una idea que rige cada uno de sus movimientos, cada una de sus frases, cada uno de sus actos y ensoñaciones… su existencia la basan en determinaciones racionales, no someten su razón al juicio de la experiencia. Su realidad es en definitiva una realidad pensada que poco tiene que ver con lo que es realmente lo real. Si alguien les refuta y les explica que su concepto universal está equivocado, automáticamente te responderán que estás en un error lógico, que no tienes Razón y que lo que dices es absurdo, además de llamarte inculto, inmoral, malvado, malo, egoísta... ¡Qué perversos son los utópicos! Y es que la idea da superioridad moral y siempre llevan razón: un hombre racional no soporta ver su razón equivocada.

Así pues, poco puede hablarse con un idealista, con los fanáticos de la idea, con los que viven ojos hacia dentro con miedo a lo que pudieran ver si arrojaran su mirada a la existencia. En alguien que ve en todos la humanidad sin distinciones sólo verá en el disidente un inhumano, pero siempre al hombre, al mismo hombre; y se sentirá culpable de tu inhumanidad, pues en ti se ve reconocido igualmente. Aquel que ve en todos una misma raza verá en el disidente un loco que no se ha enterado del gran descubrimiento de la uniracialidad (jeje)… pero te verá del mismo color que a todos: nos os esforcéis en explicárselo, entre un negro y un blanco no verá nunca la diferencia racial, sino al hombre, lo que hay de humanidad en los dos y nada más: injusticia para el negro y para el blanco, la particularidad no existe. Aquel que ve en todos la igualdad, aquel que por comodidad racional ve a todos iguales, comete la mayor de las injusticias pero a la vez verá en el disidente un fascista, o un nazi… o un favorecedor de y conforme con las desigualdades sociales.

El idealista como negador de la realidad pues ésta refuta todo su mundo artificial e invisible.

¡Así que inhumanos, incivilizados y demás disidentes, rompamos el muro del idealismo, exorcicemos por doquier a los poseídos!■


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