21 de mayo de 2013

LIBERTAD PARA QUÉ

¿Te llamas libre? Quiero oír tu idea dominante, y no que has escapado de un yugo.
¿Eres tú alguien al que le sea lícito escapar de un yugo? Hay quienes pierden su valor último al librarse de su servidumbre.
¿Libre de qué? ¡Eso no le importa a Zaratustra! Pero tu mirada debe anunciar con claridad: ¿libre para qué?
¿Puedes prescribirte a ti mismo tu bien y tu mal, y suspender tu voluntad por encima de ti como una ley?
Friedrich Nietzsche, Así Habló Zaratustra


La libertad de expresión es una puerta abierta que deja la posibilidad a los que no tienen "nada" que decir a que expresen cualquier cosa; es decir, da la posibilidad a aquellos que deberían estar callados a hablar, e yendo más lejos, afirmo que obliga a los que no quieren decir nada -pues saben bien que nada tienen que decir-, a hablar u opinar; así que cuánta tiranía con tanta libertad de expresión. Mientras tanto, a su vez, aquellos que realmente tienen algo que decir son mandados a callar o directamente marginados -incluso mandados a prisión-, y en beneficio de la libertad de expresión, ni más ni menos: la libertad de expresión es un estandarte opresivo que se muestra bajo diversas modalidades de presión social. En este sistema, mayor libertad de expresión significa más censura, siendo la palabra libertad únicamente una forma bonita de adornar imposiciones y "correcciones".

La democracia es un sistema tiránico donde las masas, sin criterio, votan en las urnas, generando mayorías, y ya por ello se piensan que son libres. Debería entenderse el sistema democrático actual, hoy de la mano del liberalismo -de hecho nacieron prácticamente unidas-, como una forma autoritaria más. No es una tiranía violenta, es decir, basada predominantemente en el miedo o en el terror -que genera una sensación física particular-, pero si una tiranía basada en el dinero, donde es fácil esclavizar a las masas mediante represión económica. Sin embargo, nada pasará mientras los estómagos estén lo suficiente llenos, mientras la soga no empiece a apretar lo suficiente como para dejar yagas o asfixiar. La democracia como sistema tiránico te domina mediante la sensualidad de un mundo de consumo, donde no será necesario que un policía te esté empalizando con su porra: los objetos te sojuzgarán, se apoderarán de ti... y de tu dinero, que debe moverse por el bien del sistema. Tu libertad, esclavo, es una sensación: vives ingenuo a la realidad y a tu verdad más cercana, que deberías haber descubierto ya. Tú eres tu propio policía, tú te golpeas con la porra, comprando, quizá, una cosa inútil, guiado por impulsos, por tu deseo, como una vaca al abrevadero por la sed. Y ojo, la vaca es más libre que tú, esclavo.

¿Y libertad para qué? Libertad para los de moral de esclavos, para los malogrados, para los arrodillados, para los hombres y mujeres de fe, ¡para el último hombre! Quien no renuncie a la libertad jamás verá la senda que conduce al superhombre, ni será consciente de sus propias posibilidades, no dependiendo de nadie más que de sí mismo. La libertad debe ser superada, y una vez superada encontraremos el mayor de nuestros anhelos: la soberanía.

Hoy los hombres como nosotros vivimos ridiculizados. Eso nos ocurre porque nos dejamos enternecer y juzgar por los débiles y vencidos. Nosotros debemos cultivar nuestro desprecio hacia aquellos de la cabeza gacha y de mirada enternecedora, mostrarles nuestro orgullo de ser lo que somos; orgullo del que tanto se asustan y que tanto condenan al ser tan contrario a su concepción de la humildad, ¡pero si bien entendieran sabrían que también es contrario a su concepción del orgullo! ¿Qué es el orgullo? Mucho se ha dicho aquí: quererse en la justa medida, pues poco o mal se quiere aquel que se sobrevalora o se infravalora. Y bien sabemos que en ellos la bondad y la humildad es una trampa, un veneno, un falso bien -pose de pastor-, y que su ausencia de amor propio es en realidad una forma de ocultar sus delirios de grandeza. Los débiles nunca hicieron nada por la posteridad, ni siquiera lucharon por sí mismos, pero también se jactan de ser como son: el orgullo del esclavo para el esclavo, así como para el cerdo la libertad del cerdo. ¿Y acaso no es merecedor de deprecio aquel que no es capaz de luchar por sí mismo, que no es capaz de hacer de su propia causa su propio ser y así engrandecerse? ¿No es acaso  despreciable aquel que se ríe de los valientes, esos valientes que a añicos reducen todos sus miedos cada vez que los temores se presentan? Para ser soberano hay que despreciar mucho, muchísimo, y sentir nada de piedad. Y empecemos por los esclavos, que todo el día exigen libertad, cantan libertad y nada hacen, ni pretenden hacer o conseguir, por sí mismos. 

El esclavo, el de la moral de esclavos, merece todo nuestro desprecio. Y despreciar no es odiar.■

10 de mayo de 2013

LA MONTAÑA (II)


Existe una cosmovisión del mundo maldecida que quería retornar a los hombres al orden natural. Una cosmovisión maldecida que protegía la naturaleza y que sentía a la misma como un templo vivo y sagrado. Qué visión tan pagana, el mundo como algo sagrado, como algo espiritual. Eso es decir sí a la vida, eso es amar de verdad.


Cuando observo a un hombre que no se impone retos, entiendo que ha perdido definitivamente su conexión con el niño que fue. Yo quiero hacer realidad todos los sueños de aquel niño que fui. Siento una inclinación en querer hacer feliz a ese niño que me dio vida en el pasado. Quiero ser, de alguna forma, mi propio padre y mi propio héroe. Y en cierto modo es como si tuviera un compromiso conmigo mismo, por todo lo que fui, lo que he sido y lo que quiero ser. Por ello, cuanto más difícil es el reto más ganas tengo de realizarlo, porque para aquel niño nada era imposible, y yo quiero ser la afirmación de ese niño.


Sí, hay un paraíso ahí fuera. Está en los valles y en las montañas, lejos y alto, a veces demasiado cerca, sin dejarse ver. Sí, hay un paraíso ahí fuera. Sólo hay que tener el valor y la voluntad para acercarse a la esencia íntima que une a todos los seres vivos. Sí, hay un paraíso ahí fuera, que los hombres han desconectado de su vida, escondidos en sus tumbas de cemento y hormigón, apretando el trasero en sus mullidos sofás. Sí, hay un paraíso ahí fuera, y no se gana con fe ni en la otra vida, sino con voluntad y en el único mundo posible.

 


En la montaña veo a montañeros y en muchas ocasiones a mujeres enamoradas de montañeros. Estas mujeres demuestran que son capaces de llegar a cualquier lugar por amor. Esto forma parte de lo eterno femenino: la necesidad de seguir al hombre. No he observado el caso contrario.


Heidi fue una serie de dibujos que se impuso en mi infancia, para muchos un tanto cursi y repelente, y quizá lo sea. A mí me gusta ese aire inocente y bucólico, y en cierto modo eso es lo que desearía para toda persona. En dicha serie se hacía una especie de radiografía del mundo rural; un mundo que con todos sus defectos era y es un lugar sano, donde incluso las personas viven más y son más fuertes. Comen mejor y tienen un carácter relativamente más acogedor, incluso enseñan sus rudas manos con orgullo. No todo es bonito en el mundo rural, lo sé, no es mi ánimo ensalzarlo como un ideal absoluto, pero es mil veces mejor que el mundo insano en todos los sentidos de las ciudades, donde las personas viven hacinadas y desconectadas entre sí, imbuidas en el ideal burgués del consumo, las cosas inútiles y la vida aséptica, donde el sistema inmunológico se atrofia.

 


El sacrificio en la montaña es una maestra para la vida, tanto para lo mundano como para lo más espiritual... o para lo transmundano. Después de esto, qué quieren que les diga, yo no voy al campo a andar por andar, eso es para ociosos y para personas que tienen tiempo para perder, y yo en el campo nunca pierdo el tiempo, todo es ganado: yo voy a luchar, a disfrutar, a regodearme como hombre en la naturaleza, a proyectarme como un grandioso sueño, pero hecho realidad, hecho realidad con mi propia voluntad.



Que una mujer suba una montaña, que acepte el sacrificio de un gran reto tras otro, no es un triunfo de La Mujer, es decir, de todas las mujeres, sino de la propia persona que ha afrontado ese reto. Basta de feminismo y de tonterías en la montaña, no hay doble mérito en ser mujer y subir una montaña. Un reto conseguido en las montañas es siempre un triunfo personal e individual, al que a lo mejor hay que dar gracias a un buen equipo y a una gran compañía, pero al final siempre son las propias piernas de cada uno las que te llevan a lo más alto. En definitiva: las mujeres no tienen por qué demostrar nada.

 


Muchos senderistas dicen que correr es de cobardes. Lo dicen porque suponen que los que hacen trail, ultratrail... no disfrutan. Señores, esa es una frase de auténtico envidioso y quien la dice ya se delata como alguien con muchas carencias.


Salgo a la montaña con muchas personas maduras. Siempre se quejan y se tiran el día quejándose de la edad cuando suben una cuesta o salen con gente más joven: ¡cuánta veneración a la juventud, a la del botellón! Yo quiero llegar a los cincuenta en toda mi plenitud, con toda una gran experiencia acumulada y un mejor conocimiento de mi cuerpo, que obviamente no subirá como cuando tenía veinte años pero sabré usarlo mejor y maximizar cada punto de energía. No hay edad para ser un montañero y plantearse grandes metas. Sin embargo, cualquier edad es buena para ser un quejica. Maduritos, lo que os pasa es que hacéis senderismo una vez por semana, o dos veces al mes, y el resto del mes no hacéis nada de nada, el sofá os atrapa. Eso es lo que os pasa: no es vuestra edad, sino vuestra flojera. Y que no me digan que no tenéis tiempo: uno siempre tiene tiempo para lo que le apasiona, y todo el mundo se puede permitir una hora al día de ejercicio físico.

 


El alpinismo, el montañismo... la propia necesidad de aventura, es una invención o una tendencia "única" del hombre europeo. Y no es casualidad. No, categóricamente no es casualidad. El hombre blanco europeo tiene una clara tendencia al heroísmo: ¡forma parte de nuestro sino!, ¡lo llevamos en la sangre! Dicha inclinación es necesario que sea comprendida para entender la propia historia y esencia de todos los pueblos europeos o eurodescendientes.

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Texto relacionado: LA MONTAÑA

3 de mayo de 2013

LOS GUERREROS DE LA FUERZA MAYOR


La guerra es un arte, o lo fue; hoy sólo es un negocio... o una forma de hacer negocios. Antes puede que también tuviera algo de negocio, pero los hombres se enfrentaban cara a cara, bayoneta contra bayoneta y ser un cobarde era una vergüenza. Pero la verdadera guerra es un arte porque para su dominio se es necesario de cierto espíritu artístico, innovador y creador; se precisa de cierto carácter y de ciertas emociones y con todo ello se alcanza un grado de expresión en el mundo, de la que surgen héroes y grandes gestas que inspirarán a las generaciones futuras, creando de esta forma diversa literatura, arte pictórico o escultórico, música...: la guerra es inspiración. Hoy el arte se ha atrofiado quizá por esa ausencia de belicismo en las sociedades acomodadas, séanse las llamadas occidentales; de ese belicismo que con su manto trágico y sanguinolento ha inspirado las mejores y mayores creaciones artísticas. La paz atrofia al hombre. La lucha siempre ha sido el motor para todo, todo alrededor es violento: nuestras sociedades viven inmersas en una burbuja... que no durará siempre.

La guerra es el arte de la defensa y del ataque, el arte de ganarse la paz y de defenderla, el arte de hacer historia, pues no es sino la guerra lo que deja una mayor impronta en el tiempo y en la memoria de los hombres. Para los pacifistas esto será un escándalo, pero son ellos, los pacifistas, quienes llaman a la guerra y a la violencia. Mientras todo el mundo no haya enterrado a mil metros bajo tierra cualquier atisbo de visión violenta y guerrera -y con ello buena parte de lo que hace al hombre ser lo que es: Hombre-, el pacifista será presa fácil y alentará a que el que posee las armas o tenga un ánimo más agresivo vaya contra él. Hoy las armas y una predisposición para la guerra son condiciones insoslayables para todo pueblo o toda cultura que quiera sobrevivir y hacerse respetar.

La vida es un drama, un incesante desgarro. El devenir duele porque la realidad es como verse con las tripas fuera. La vida es una lucha, nadie la hizo así, ya era así antes que nosotros; por ello nuestro raciocinio debería llevarnos en la dirección de lo que es la vida y no sobre lo que queremos que la vida sea. Y sin embargo somos alegres, somos Los Guerreros de la Fuerza Mayor. Aceptamos la realidad y luchamos en ella para imponer nuestros sueños, nuestras metas, nuestras aspiraciones, teniendo presente la realidad y la inviolabilidad del orden natural de las cosas. Al menos, para nosotros, debería ser inviolable, algo sagrado.

Las noches son largas. En ellas se aprende mucho. Hay que resistir. Cuando la noche acabe, será porque nosotros anunciamos la llegada del Sol, como si fuéramos hijos de Aurora.■

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