29 de noviembre de 2013

LAS SOCIEDADES TOLERANTES


Hay gente a la que se le puede ofender y a la que se le obliga a ser "tolerante", mientras que hay otra gente que dice lo que le da la gana y a la que no se le puede ofender.


¡Cuánta tolerancia hacia alguien cuando se le da la espalda, se le deja de hablar, se le insulta, se le difama, etc. por haber dicho lo que piensa! Dirán que cada uno es libre de dar la espalda, de hablar con quien quiera, de hasta insultar y de difamar, pero yo le digo al demócrata: "a ver, tolerancia o libertad, elije". Es que las dos cosas juntas son complicadas y prácticamente imposibles y el tolerante lo demuestra con su forma de actuar. Con su tolerancia atenta contra la libertad de otros y con su libertad deja de ser tolerante.



Las ONGs que atienden a sólo inmigrantes son tolerantes, defensores de la diversidad, de la multiculturalidad y de todas esas cosas tan buenas y tan demasiado humanas. Si sólo se atiende o defiende a españoles no sólo se está en el siglo pasado, sino que eres franquista o cosas por el estilo, discriminas, fomentas el odio y no trabajas para la integración.

EL MUNDO QUE VIENE PARA DESTRUIR A EUROPA. IDENTIDAD CULTURAL A LA CARTA O COMO IR CONTRA LA ETNICIDAD EUROPEA. ESTOS CARTELES SE VEN SÓLO EN LAS SOCIEDADES MAYORITARIAMENTE BLANCAS... AÚN.


La intolerancia es aquello que más ejercita el tolerante. Piénsenlo, en todo aquel que se dice tolerante existe todo aquello que el tolerante dice combatir.



Seamos realistas, tal como lo es la democracia, la tolerancia es imposible. Porque o hay tolerancia total o no hay tolerancia.


La bondad y la maldad son elementos tan alejados del Bien y del Mal como lo es la palabra de la acción. El moralista, el moralizador, el endiosado con la Idea Absoluta de Bien, poco sabe de tales condiciones de bondad y de maldad. Porque una noción de Bien y del Mal juzga a las personas aun antes de conocerlas, mientras que la bondad y la maldad son actitudes individuales que se manifiestan con la naturalidad de la acción.



La naturaleza es intolerante, no perdona, es implacable. Es perfectamente comprensible tanto enfado con la naturaleza por parte del marxista cultural.


Tolerancia y respeto son cosas distintas. Pero como vivimos en 1984, relacionarlas como sinónimos allana el camino a una simplificación mayor del lenguaje. Esto al final lleva a un empobrecimiento semántico del castellano.



Respeto al que me quiere dar una paliza o sólo fantasea con ello. Le entiendo perfectamente. Dicho esto: ¿qué tendrá que ver la tolerancia con el respeto? La tolerancia en su máxima expresión se reduce a "me da igual todo" o a "me importa nada" o a "no me importada nada". El respeto es algo demasiado grande, pocos lo entenderían, se tiene tanto entre amigos de verdad como entre enemigos.



En todo momento hay que hacer lo correcto, yo al menos no conozco otra forma de actuar. Que juzguen otros si lo que haces está bien o está mal, que digan otros si eres bueno o malo, pero ten presente que ni el bien ni el mal, ni lo bueno ni lo malo, tienen un lugar absoluto ni son propiedad de nadie o de algo. ¿Relativista? No, el moralista lo es, la moral es lo que conduce al relativismo porque esa es su condición; conduce a la confusión y al estado policial permanente: el juicio moral.

25 de noviembre de 2013

EL ESTADO POLICIAL DEMOCRÁTICO

La democracia ha hecho de cada ciudadano un policía. El ciudadano no lo sabe, pero es como un perro al que le han adiestrado para rastrear un tipo de olor. Cuando lo huele se dispara la alarma y el ciudadano ladra.



Cuarenta años de dictadura en la que cada español tenía que pensar y decir las cosas de una manera y ahora en democracia tenemos policías ideológicos que señalan con el dedo indicándonos lo que se tiene o no que decir y pensar para ser libre.



La democracia es una dictadura. Toda forma política lo es. La confrontación terminológica democracia y dictadura es por lo tanto falsa, incoherente, una tomadura de pelo.


Ser libre no tiene o no debería tener una forma concreta. Si la tiene no hablamos de libertad, sino de algo a lo que se le ha llamado libertad.



La superioridad moral que destilan muchos hombres de la modernidad, igualitaristas y universalistas, pone de manifiesto su mentalidad inquisitoria. Un moralista de esta calaña es un autoritario por definición, porque un hombre de superioridad moral lo que pretenderá siempre es imponer su idea de Bien, y el muy bobo, imbuido de su propia estupidez, pensará que lo hace por el bien de todos, porque se siente un biempensante. El hombre de superioridad moral -y que quede claro que esa superioridad no es tal- piensa que el mal es algo ajeno a su persona. Los que pensamos por encima del bien y del mal, en hacer simplemente lo correcto, no tenemos ese problema.


Si la gente prefiere una democracia porque es la forma menos mala de ser reprimido, demuestra que tiene poco amor a la libertad y, sin duda, ya ha renunciado a luchar.


La educación es la mejor forma de crear una sociedad mejor, dicen. Me temo que no necesariamente. ¿Os habéis fijado en el educador? Hoy educación es manipulación. No creo en ninguna educación que esté dentro de las instituciones del sistema actualmente regente.


La televisión es como un altavoz y tiene la misma función que las bocinas cuando en las guerras se acercaban los aviones a bombardear: avisar de un estado de alerta. Pero dicho estado es constante, la televisión mantiene activo el estado policial democrático.



Mediante el pacifismo el estado nos somete. Toda esa moral pacifista ha despojado a los pueblos de ese "espasmo" revolucionario, de ese impulso que hace que la historia tiemble y el tiempo casi se descoyunte. Una pose no pacifista es la única garantía para la paz, es que no ser pacifista no significa que no se desee la paz, sino que se está dispuesto a luchar por tu propia paz. La pose pacifista hace indefensos a los pueblos mientras que una pose temible puede crear periodos de paz duraderos. El pueblo ha sido envenenado con el pacifismo, esa ideología que lo único que hace es debilitar a las personas, hacerlas obedientes, dóciles y manipulables. La paz es una noble aspiración, nadie quiere la guerra, pero la paz exige un precio, exige un sacrificio, exige LUCHA.


Y el ciudadano común, parte del aparato de estado policial democrático, te recuerda que el pacifismo es la única respuesta. ¡Qué vas a hacer? ¿Vas a dejarte pegar? Si no hay nada en tu vida por lo que dieras un puñetazo, nada por lo que diera la pena dar la vida o derramar sangre, me temo que en tu vida no tienes nada importante, nada que le dé valor.


La represión democrática es la más inteligente de todas, asumámoslo. Es la más elegante, la más disimulada y la de más éxito. Tanto es así, que toda una masa social colabora en dicha represión, y lo hace sin darse apenas cuenta a la vez que, paradójicamente, se siente rebelde y antisistema.

19 de noviembre de 2013

EL HEROÍSMO, LA NOBLEZA Y LO INTEMPESTIVO


La libertad no es lo bello, lo bello es sacrificar tu libertad: aquello por lo que la sacrificas debe ser algo superior, por necesidad, a la libertad.


Lo fuerte es bueno, la belleza es buena, la nobleza es buena... y «(...) ¡cuánta sangre y horror hay en el fondo de todas las «cosas buenas»!...», enseña Nietzsche. Entonces, el heroísmo es bueno.


El pacifista es como una piedra pequeña en el camino. Se le da una patada y adiós.



La gloria. Ese momento que dura un instante, que se recuerda hasta la muerte y que llega hasta la eternidad, donde los dioses sonríen y se alegran de las pequeñas hazañas humanas.



Uno piensa que cuanto más se eleva, que cuanto más es mejor, que cuanto más se supera, va a ser más amado y más admirado, que incluso servirá de ejemplo para alguien, o, simplemente, será la esperanza de unos y/o la ilusión de otros; uno piensa que hace las cosas no por todo lo anterior necesariamente, sino por entregar a los demás todo aquello de lo que es capaz por sí mismo y por la fuerza que otorga un sentimiento de poder, la grandeza misma. A mí me pasa que veo a personas que consiguen magnas proezas y me alegro, hasta me emociono. Pero no, no es así en todos los demás, en este mundo tan demasiado humano no se despierta nada de eso -hay pocos nacidos biempensantes-; pensar en algo noble es adentrarse en la utopía... ¡es que ser noble es algo muy especial!, porque cuanto más te elevas lo que consigues al final es alejarte más de la gente. Te envidiarán, y hasta te odiarán. Esto explica por qué en una sociedad de masas, de borregos, lo mediocre se impone. La excelencia y la democracia afrancesada son incompatibles.



Antes me decían que era noble y me lo tomaba a mal. Pensaba que se referían a cierta docilidad, a ser manipulable. El ingenuo tiene algo de eso, claro, pero hasta que se da cuenta: a partir de ahí es una bestia, sea yo el vivo ejemplo. El ingenuo es el que se hace consciente. Ser noble es bueno.


No es lo mismo leer a Nietzsche que ser nietzscheano, ni es lo mismo ser nietzscheano que vivir nietzscheanamente. Lo segundo suena extraño, pero piensen en toda pose de nietzscheano, en cuánto farsante que se cree hasta la encarnación de Nietzsche por haberse leído un libro del prusiano. Ser nietzscheano puede ser una actitud ante las ideas en todo momento nietzscheana, pero vivir nietzscheanamente es ser un nietzscheano de acción, no mera palabrería.



Dicen que Nietzsche se adelantó a su tiempo. ¿Pero de cuánto tiempo hablamos? ¡Han pasado décadas y Nietzsche sigue adelantado a su tiempo! Somos el pasado de Nietzsche.


El heroísmo es un impulso que empuja a la gloria, un ímpetu que de alguna forma surge en muchos hombres, lanzándoles a lo imposible aun a riesgo de perecer por impresionar a los dioses. Sin embargo, los mártires aprehenden su impulso trágico en pos de la obediencia a su Dios Único. El heroísmo encierra en sí mismo un acto libre, mientras que el martirio es mandato divino: una orden sin más que sólo es gloria para el Dios. Entender esto es apreciar un detalle sutil que genera todo un abismo entre una visión puramente europea contra otra visión puramente abrahámica.



Que el heroísmo sea allí donde nos lleven todos nuestros actos, ¡a vivir peligrosamente se ha dicho!; que la nobleza sea nuestra condición, ser noble es bueno, ser noble es bello; que intempestivos seamos, que nuestros actos sobrevivan al tiempo.

14 de noviembre de 2013

SINSENTIDO EXISTENCIAL. LA CONSTRUCCIÓN DE UN SENTIDO.

Todos los instintos que no se desahogan hacia fuera se vuelven hacia dentro -esto es lo que yo llamo la interiorización del hombre: únicamente con esto se desarrolla en él lo que más tarde se denomina su “alma”. Todo el mundo interior originariamente delgado, como encerrado entre dos pieles, fue separándose y creciendo, fue adquiriendo profundidad, anchura, altura, en la medida en que el desahogo del hombre hacia fuera fue quedando inhibido.

FRIEDRICH NIETZSCHE, LA GENEALOGÍA DE LA MORAL (Un escrito polémico). Alianza Editorial, año 1998. BA 0610, Pág. 108-109. Traducción de Andrés Sánchez Pascual.■

¿Todo es para nada o existe algún fin? A qué va dirigida la vida. La vida es en todos los sentidos completamente irracional, porque al margen de vivirla no tiene otro objeto. Forjarse un sentido de las cosas es sólo un modo de no desesperar ante tal interrogante, que todos los seres humanos nos hemos planteado alguna vez. ¿Por qué y para qué estamos aquí? Personalmente, pienso que buscar una respuesta a tan abismal pregunta es perder el tiempo, un tiempo que debemos pensar en vivir. Que haya llegado a esta conclusión ha de daros a entender que efectivamente yo he perdido el tiempo, y mucho.

El filósofo tiene ya suficiente con plantearse las preguntas. Es que en la filosofía no hay una única respuesta, todo es subjetividad, interpretación, especulación, y aunque madre de todas las letras y de todas las ciencias, la filosofía, lejos de hacer entender la realidad, plantea más dudas sobre lo que ella es: quien quiera "certezas" de carácter psuedofilosófico que busque consuelo en la religión, que para eso está, para darte un esquema, unos preceptos, un orden. Pero quien busque certezas por otro camino mejor que no piense y viva (lo que es es, y esa es una certeza singular, simple, irrefutable), o al menos que no las busque en los filósofos si es que allí pretende encontrar algo en claro -¡¡que no suene esto a una renuncia a la filosofía!!-. No obstante, no todo es como lo he planteado, hay filósofos realistas, u observadores de la naturaleza, pero es que hasta en ese plano en la filosofía hay muchísimas respuestas, porque de una misma observación surgen muchos peros; no obstante, no hay más realidad que en la naturaleza, en lo irracional, en lo espontáneo, en aquello que no da lugar a interpretación y de las cosas que son por sí mismas (Recomiendo la siguiente lectura: El Demonio de la Tautología, de Clément Rosset); es que no hay nada más certero que la realidad sin trascender en ella: en ella lo que es es sin más, como una emanación, como una evocación de algo que no entendemos y que no somos capaces de alcanzar. Tal vez allí encontremos la respuesta sobre el por qué de los antiguos dioses, el porqué de la tierra como algo sagrado. 

La primera filosofía estaba sujeta a los elementos reales (el agua, el fuego...), en el tiempo, en lo cambiante o en lo estático. Los primeros filósofos se adentraron en la naturaleza, porque en ella todo era certeza. Hasta los dioses antiguos eran reales, daban orden y sentido donde sólo reinaba el caos: el orden natural de las cosas, pues el caos sólo forma parte de la mente humana.

Nuestras dudas no son más que la manifestación profunda del desconocimiento de las cosas y de nuestra incapacidad para comprenderlas. El filósofo es en sí mismo, derivando de esta reflexión, un incapaz; y que nadie se enoje, es que se ha perdido en la interiorización, en la razón, en crear un mundo que carezca de sentidos. Un incapaz para entender toda la realidad, para darle un sentido único, valedero, certero, no interpretable; pero sí, se ha creado un amplio mundo interior, idílico e irreal, que nada tiene que hacer con las cosas que realmente son, es decir, aquellas que además de ser, están

Sin embargo de la filosofía surge una capacidad, algo de lo que el hombre si es capaz: hablo de forjarse un sentido, de darse un orden de conciencia y un espíritu, conscientemente. Toda cultura surge de esa necesidad de orden y sentido. ¿Es entonces la cultura una construcción? Lo es y no lo es, porque bien en un principio una cultura habla de las disposiciones psicológicas de un grupo homogéneo concreto, que transmutan de lo irracional o de lo más o menos lógico a una ética, y de una ética a una costumbre y de una costumbre a una cultura para un grupo homogéneo; a pesar de que hoy observamos como la cultura es mera ingeniería, relativización absoluta, surgiendo de ahí una cultura universal que no representa a nadie en concreto, que carece de particularidad.

Así pues, el sentido de la vida lo forjamos nosotros para no desesperar, es mera cuestión de supervivencia, de instinto humano, de resorte psicológico. Yo soy el creador, yo soy quien me forjo, yo soy el devenir y el ímpetu volitivo de mi propia vida. Necesitamos una nueva cultura y nuevos dioses, una cultura y unos dioses que hablen de nosotros y no de un ente irreal, imaginario e idealista. Puede elegirse el camino solitario o el destino común; hoy lo segundo parece imposible.

Sí, hay un sentido arraigado en esas evocaciones de la naturaleza -como anteriormente cité-, y otro que surge de la ceguera, de la mera interactuación racional con las ideas y nada más, ideas sin sustancia, sin raíces. Si a la vida contra el resentimiento y la mala conciencia, acción contra reacción, mundo interior delgado contra mundo interior apaisado. Y lo segundo no lo digo como un halago.

Que cada uno escoja su propio sentido. Hasta para esto hemos de ser soberanos.■


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