28 de marzo de 2014

POR LA NACIONALIZACIÓN DE LA INDUSTRIA FARMACÉUTICA Y LA DESPRIVATIZACIÓN TOTAL DE LOS SERVICIOS SANITARIOS


La brecha entre ricos y pobres en España se abre cada vez más. El modelo sanitario estadounidense se implanta poco a poco en Europa. El copago, subida de medicamentos, medicamentos que ya no se financian, etc. perjudican la salud de muchos españoles que no pueden financiarse el coste de sus medicamentos. Quizá la salud vista desde muchas personas al 100% de su vitalidad no sea un problema, pero para muchos si lo es, y no sólo eso, muchos viven tensos cuando llega el momento de tomarse la medicina que les hace bien y que no se pueden costear, y o no la toman o tienen que hacerse con un genérico que no les hace efecto.

Los defensores de la propiedad privada o de la privatización de los medios de producción y de todas las esferas de la vida pueden estar satisfechos. El libre mercado, la desnacionalización de elementos esenciales... vemos que va en detrimento de nuestra calidad de vida. Los más ricos podrán vivir bien, pero las personas honradas de sueldos normales ganados con un duro trabajo o las personas desempleadas, máximo reprimidos de la esta hecatombe económica provocada por las élites oligárquicas, lo tendrán muy difícil. La propiedad privada se adueña de nuestro dinero mediante los bancos y también, cada vez más, de nuestra salud. El Partido Popular es un partido liberal, su modelo es el norteamericano, ¿de verdad se creyeron todos los españoles que no iban a tocar pensiones, sanidad, educación, etc.? Señores, el discurso del PP en elecciones fue muy antiliberal, pero dijeron lo que tuvieron que decir para con ello ganar las elecciones.

A medida que pasan los días y los meses de esta crisis interminable vemos cómo nuestra salud es dejada en manos de los mercaderes de la salud. La industria farmacéutica se lucra mediante nuestro pesar. La salud debe ser una cuestión nacional y el estado debe proteger a todos sus ciudadanos españoles en este sentido. Porque la función del estado nacional es proteger a su pueblo. Por ello no sólo basta con nacionalizar la banca y numerosas industrias, industrias a las que habrá que añadir nuevo tejido mediante todo el esfuerzo nacional, sino también habrá que tomar el control sobre la industria farmacéutica, invertir en salud y crear medicamentos de calidad y bajo coste para que todos los españoles puedan disfrutar de su vida hasta su último aliento. Por supuesto, los beneficiarios de esto serán los españoles, quien quiera beneficiarse de ella, que la pague: ¡fuera turismo sanitario en España!

La industria farmacéutica especula y juega con nuestra salud. Su nacionalización es una cuestión crucial, tanto como nacionalizar la banca. La industria farmacéutica como empresa juguetea al mismo juego de máximos beneficios al menor coste. Por su parte el Estado de ocupación actual jugará a gastar menos y de ahí la degradación de los servicios púbicos derivados de la salud. Estoy convencido de que la nacionalización de la industria farmacéutica y la inversión en I+D darán como fruto, mediante el genio español, de mayor calidad sanitaria y de mejores medicamentos a un coste menor.

El libre mercado y la propiedad privada no son sagradas, no lo son para personas auténticamente anticapitalistas; y con esto no quiero decir que nadie no pueda poseer o disponer de sus cosas; simplemente sostengo que a nivel económico lo privado debe circunscribirse a la pequeña producción y al pequeño y mediano comercio dentro de las dimensiones territoriales del estado nacional, sin tener ninguna posibilidad en él toda forma capitalista de dimensiones tales que pueda competir con el estado nacional, poniendo en peligro su soberanía. El nacionalismo es la única vía que puede aplacar todos los atropellos que surgen contra nuestra soberanía nacional e integridad personal. Di sí a la nacionalización de la industria farmacéutica. Ya está bien de que jueguen con nuestra salud, de que mercantilicen nuestra vida; ya basta de recortes y ya basta de capitalismo. ¡Por la revolución nacional! ¡Vamos!■


Enlaces de interés.

16 de marzo de 2014

QUEDARSE SOLO

Mi forma de pensar me aleja de las personas. Mis ideas y exposición de las mismas son como una puñalada para el “biempensante”. Que esto suceda pone en evidencia el estado en el que se encuentra la conciencia de la mayoría de personas de España y del “mundo moderno”. Yo no formo ni siquiera de una minoría, soy un ser aislado en medio de un maremágnum, en una sociedad sin unidad imbuida de una ética de/para esclavos. Mi desgracia es haber nacido en una época donde toda manifestación de fuerza es observada con miedo, con temor, con desconfianza, con desprecio… A veces me pregunto, ¿he podido elegir alguna vez entre estar solo o no? Supongo que elegí ser yo mismo, ser lo que soy, y eso sin duda significa quedarse solo. No me molesta, no. Eso hace posible que a mí se me acerquen las personas de la excepción.



La hipocresía abunda. Veo a multitud de personas actuando como les manda el sistema por miedo a perder su familia, su trabajo, su casa, sus coches… La revolución no la van a hacer esos burgueses de derechas o de izquierdas, ni la generación de nuestros padres o los trabajadores bien asalariados o los pensionistas: muchos de estos últimos ya lucharon por nuestro futuro, y ahora ven que dicho futuro, hecho presente, se lo llevan otros.

La revolución la harán aquellos que nada tengan que perder, aquellos que encarnen una nueva vitalidad o aquellos dispuestos a perderlo todo por una elevada causa.


El colonialismo, la esclavitud... seamos realistas, todo surge bajo el mismo ideal universal, es el universalismo como enfoque ideológico lo que ha hecho posible tal cosa. Porque desde una visión así lo particular y diferenciado pierde todo su valor.


No hay nada más antidemocrático que la actitud de alguien que se enfada por lo que opina otro.


Hay quienes ganan dinero dando pena. Y no me refiero al pobre niño de la foto, a costa de quien se lucran. Las cosas se consiguen sin piedad. Hay una actitud muy antigua y poco sembrada: la clemencia, donde compasión adquiere sinonimía respecto a empatía, incluso la supera, deseándo con tal virtud ser justos: la ley y la justicia deberían estar sometidos a la ética, y ética es de lo que carecen la ley y la justicia actuales.

Sentir pena por los demás tiene algo de perverso. Por un lado es como un gesto no confesable de superioridad hacia el otro, por eso de encontrar un consuelo y una forma de alegrarse de lo propio mediante la desgracia ajena; y por otro lado supone una forma para hacer a éste mismo sentirse culpable de su propio bienestar. A partir de esta raíz se conforman multitud de “mecanismos” emocionales, sociales, políticos, económicos, etc. 

Hay muchas formas de esclavitud, esta es la esclavitud del propio espíritu.


Son innumerables las veces que me dicen que me creo más que los demás. Mi respuesta: “No, no es cierto, te miro a los ojos, si te mirara por encima de los hombros no vería a la persona que hay ante mí. Eres tú quien se siente pequeño, eres tú el que tiene el problema”.


Darse cuenta de que llevas toda tu vida equivocándote.


¡¡Cuando te den pena no la cojas!!



La libertad es siempre un para qué y un por qué, porque la libertad viene unida a un tipo de acción; y a multitud de tipos de acción, no a una sola cosa.


La libertad es decirse: ¿cómo quiero perderla? Porque si ser libre es no recibir órdenes de nadie, serlo implicaría doblegar nuestra voluntad hasta el punto de ignorarla. A esos que ignoran su propia voluntad los llamamos coloquialmente “borregos”. Su libertad es como la de una hoja zarandeada por el viento.


Últimamente discuto con todo el mundo. Hasta he perdido ciertas “amistades”. Supongo que soy complicado de lidiar… o de comprender. Hay de todo. Quien no quiera ser arrasado por mí que se aparte, o que ande conmigo y hablaremos como personas razonables y justas.


"Al final te quedarás solo, Daorino", me dicen sin parar. Y entonces sonrío.


3 de marzo de 2014

LOS SENTIMIENTOS HUMANITARIOS

Una reflexión/crítica sobre la humanidad en su sentido ético, que no biológico, y una invectiva contra la globalización.


NADA MÁS BELLO QUE LA DIVERSIDAD, YA QUE ES DE LA FORMA EN QUE SE EXPRESA LA NATURALEZA. Y NADA MÁS NOBLE QUE LUCHAR PORQUE TODA ESTA RIQUEZA PERVIVA POR SIEMPRE, PORQUE HACERLO ES PRESERVAR LA NATURALEZA, EL ORIGEN DE TODO CONOCIMIENTO VERDADERO. 

CONTRA LA GLOBALIZACIÓN EN TODAS SUS FORMAS, POR LOS PUEBLOS Y LAS NACIONES.



Este texto se lo quiero dedicar a los identitarios y a los universalistas, la única división política hoy posible, ya que la única guerra abierta, a muerte casi, es en pro de o en contra de la globalización; y dentro de estos dos grupos habrá otras divisiones: los anticapitalistas integrales, es decir, quienes luchan contra el capital en todos sus frentes, los anticapitalistas utópicos (quienes siendo pro-universalistas defienden una sola Humanidad biológica y moral y participan, paradójicamente, del capital, haciendo para ellos muy buenos servicios) y los capitalistas recalcitrantes, que hacen del materialismo y del dinero el único modo en el que ha de moverse el mundo). Es hora de superar a la derecha y a la izquierda porque este esquema no nos ayuda a entender la realidad: pero para ello los identitarios debemos hacernos sujeto político y metapolítico, generando nuevas perspectivas para la sociedad, alejándonos de los clichés fascistas y nacionalsocialistas, para conformar una cosmovisión que nos haga ser el paradigma del porvenir y del futuro, porque esa es la única forma de “coger peso”: sin “peso” no existimos.

Por supuesto, lo que habéis podido leer anteriormente es sólo un bosquejo, puesto que esta materia daría para un libro de tantas matizaciones, enfoques y/o formas posibles.


No hay nada más paralizante que la esperanza. En contraposición a estos hombres de la espera, existen seres de otro costal que son todo voluntad. Pero ser todo voluntad surge en diversidad de hombres. No pensemos en un ideal de la persona, en alguien bello, alto, consumación de la perfección humana, no. El triunfo de la voluntad es posible en cualquier persona del planeta; superhombres en un sentido nietzscheano no son algo propiedad de una sola raza o humanidad o de un único pueblo. Tal vez haya pueblos que hayan mostrado mayor voluntad, y eso quizá tenga una lectura, pero a lo que quiero referirme es a que toda persona esconde esa capacidad de hacer de su voluntad su motor, en lugar de encerrarse en las prisiones de la fe y de la espera.

La Humanidad. Los identitarios aún no han entendido bien a qué se refiere el utópico cuando habla de lo humano: no lo hace refiriéndose a la biología, sino a una forma de ética y de valores. Cuando éstos hablan de pueblo lo hacen refiriéndose a cierto pueblo universal e idílico, casi abstracto, que llaman La Humanidad; el símil para esta realidad sería lo mismo que para otra realidad civilizacional que se quiere imponer a nivel planetario: la comunidad islámica (o “ummah”). A todos estos les da igual la biología.

Lo humano es la bondad infinita, es el paradigma universal que a nivel ético debería igualar a todos los hombres y mujeres de la tierra -según aquellos que lo procesan, claro está. Aunque se parte de una percepción universal, no por ello se trata de una defensa de la diversidad. Todo lo contrario, va contra la misma. La diversidad sólo la hace posible la distancia, la discriminación en cuanto rechazo a la mezcla entre elementos marcadamente distintos: pathos de la distancia. Discriminación suena hoy peyorativo, pero es que de eso se trata la libertad; y de tales resortes surge la diversidad, que hipócritamente dicen defender los universalistas; un universalismo que como igualador es por definición intolerante, racista y genocida: cuando se quiere igualar la hierba se coge la cortadora de césped, ¿verdad?

Una vez definí la libertad precisamente como una forma de discriminación: es renunciar a lo peor a cambio de lo mejor. Discriminar es algo natural. Pues bien, este tipo de persona utópica y universal carece de realidad biológica, no parte jamás de realidades orgánicas: el nacimiento de su mundo se construye desde la idea; y si es consciente de lo biológico sólo supondrá un bache a superar mediante el idealismo y la razón. Estos hombres que procesan tal vocación universal no son de este mundo.

De esta forma podemos definir que su mundo existe en la idea. En ella todos los hombres y mujeres son iguales. El pesado cuerpo, el imperativo natural, sólo unos elementos a obviar, más que a aceptar. Su enfado con la naturaleza estriba en que no asumen que ésta se manifiesta tan diversa, en que su mandato es más fuerte que cualquier razón: ante el autoritarismo de la naturaleza este tipo de ser hombre se revela.

Hasta aquí lo expuesto podemos entender por qué a los identitarios nos acusan de ausencia de humanidad. Aunque seamos tan humanos como ellos, nos ven tan inhumanos como a una bestia horrible. Como a las bestias horribles… se les puede matar con menos escrúpulos. Así que en cierto modo un identitario vive en el mundo actual en constante amenaza; seguir vivo un día más y ser identitario es un milagro. Porque todo atisbo de realidad orgánica será arrancado de raíz de la tierra hasta que muera, ya venga la mano que lo arranque de eso que llaman la derecha o la izquierda. Pero los identitarios saben que todo lo bueno nace de la tierra, tierra que ha de ser trabajada y cuidada. Fuera de la tierra todo acaba pudriéndose, se vuelve perecedero; es lo mismo que sacar un pez del agua. Nada sobrevive sin raíces.

El identitario protege lo propio frente al paradigma igualitario y universal que obliga a e impone (o lo intenta) a todos los hombres de la tierra a postrarse ante un único sistema de civilización. Poco a poco vemos como la pretensión igualitaria conforma su estado totalitario a escala mundial. Dichas pretensiones se han conseguido en parte gracias al chantaje emocional, al sometimiento de las mentes mediante la culpa, ya sea por razón de los medios de comunicación o por la presión social, imponiendo así unos resortes psicológicos abocados a lo que llamaremos sentimientos humanitarios o de abnegación y que supondrán la ruina de todas las naciones y sobre todo de nuestra amada Europa. De hecho supondrá la ruina de las naciones mayoritariamente caucásicas ya que son sobre estas poblaciones donde se somete el ataque, ya sea mediante inmigración masiva o mediante represión económica: orquestación de crisis económicas.

Lo humano como enfoque ético es de un alcance universal. No tiene como particularidad ser el referente de un único pueblo o tipo de hombre. Como fenómeno carece de realidad orgánica y de etnicidad (raza más cultura) –pues todo enfoque que denominamos marxista cultural obvia, denosta o lamenta todo orden natural de cosas, conformando su mundo como una construcción social: lo que se construye es precisamente el marxismo cultural: (1) (2). Esta realidad ética poco tratada es puramente hablando una especie de espiritualidad que partiendo de la idea igualitaria pretende uniformizar a todos los hombres. Como toda visión universal, atenta contra la diversidad y las identidades homogéneamente diferenciadas. ¿Y en qué reside el poder de esta ética? Que es abstracta y por ello debe combatírsele mediante un trabajo racional de carácter metapolítico.

Sin duda en estas líneas yo hablo como europeo y alejado de esos sentimientos humanitarios. No soy indiferente al sufrimiento ajeno pero no voy a sacrificar mi familia, mi patria, mi nación, mi pueblo, por el hecho de que unos hombres y mujeres castrados de todo amor a lo propio se dejen embaucar por sentimientos de pena y de lástima hacia el extranjero por el simple hecho de ser éste inmigrante o hacia cualquier otro tipo de colectivo: en Europa no podemos dar cabida a todo el tercer mundo, eso sería el suicidio definitivo de Europa; ni podemos mantener a todo tipo de minorías encumbradas en pobrecitos y oprimidos. El inmigrante no va a tener contemplaciones con nosotros, ellos vienen a nuestra tierra bajo el reclamo de muchas ayudas, todo el que conoce a inmigrantes lo sabe: eso de que son pobrecitos no es cierto, la condición de la persona es diversa, y la de inmigrante no te hace especial per se. Dirán que los españoles emigran, pues bien debería parecer lamentable que mientras que la cualificada mano de obra española se va al extranjero estén aquellos que piden más inmigración para España, no precisamente cualificada, diseñada para saturar el mercado laboral, aumentar el gasto social, llenar las cárceles y desdibujar la fisionomía cultural, además de ensuciar la huella genética europea en el propio continente de los europeos. No se trata de egoísmo, ni de racismo, ¡defender mi patria no es racismo!, sino de lo que haría todo pueblo consciente: protegerse y defenderse. Además, la inmigración española, como población europea, lo suele hacer a países europeos, no suponen a nivel cultural un abismo, ni un peligro. En este texto abarqué con mayor profundidad este asunto: La política de inmigración masiva. En dicho texto el argumento del enemigo inmigracionista queda refutado. Es que el inmigracionista es un ser despreciable, su defensa equivale a defender una guerra en un país perdido en el mundo para que una fábrica de armas de cualquier país desarrollado no quiebre; quizá muchos no encuentren el símil, pero la analogía está bastante clara: llegar al lucro mediante la desgracia ajena. La desgracia ajena de muchos inmigrantes que no vienen en avión, ni en tren, ni en barco, ni en coche, ni que viven de las subvenciones, ni…

La lucha contra el capital se hace indispensable y debe ser radical, un sistema en el que somos meros esclavos económicos. Los sentimientos humanitarios han hecho grandes favores a la sociedad del dinero, al Gran Capital. Españoles mimando a mano de obra barata con sus logos marxistoides u ONGs, empresarios contratando a esa mano de obra barata y encima con la conciencia de hacer un bien al necesitado (pero sobre todo a su propio bolsillo), como si el autóctono tuviera la vida solucionada. Consciente o inconscientemente los sentimientos humanitarios trabajan con demasiada frecuencia para el capital y de forma evidente ha creado nuevas divisiones de conciencia, nuevos compartimentos emocionales en las personas. La psicología forma aquí una cuestión importante. Porque cuando los sentimientos humanitarios actúan en tal o cual dirección, aquel a quienes se les deposita tales sentimientos de lástima se les ensalza como oprimidos, cuando no tiene por qué ser así. ¿Todo inmigrante es un oprimido? ¿No es probable que haya gente europea oprimida? ¿Todas las mujeres son aplastadas por los hombres, por ejemplo? ¿Todos los hombres son unos criminales? Los sentimientos humanitarios han elevado a la categoría de mártires casi de forma absoluta a ciertos elementos de la sociedad: las mujeres hacen propio el sufrimiento de cualquier mujer, por ejemplo (clase para sí: la sociedad funciona bajo conceptos muy marxistas; Marx no sólo fue un buen critico de capitalismo liberal, sino que nos da pistas sobre los resortes conductuales modernos). La pena, la lástima, la piedad… hoy han trasmutado del cristianismo a miles de formas profanas. Todavía no sabemos con claridad cuánto daño ha hecho el cristianismo a los pueblos europeos.

El cristianismo fue sin duda la última gran revolución en Europa, porque supuso la ruptura de la europeidad en suelo europeo, el paso de lo indoeuropeo a lo abrahámico o desértico. Desde entonces todas las revoluciones que ha habido, casi en su totalidad, han tenido una categoría de sucedáneo, simples énfasis o transformaciones del origen de todo el mundo moderno en su base ética: el judeocristianismo. A la cristiandad le debemos los sentimientos humanitarios y universales que tan desarmados han dejado a los europeos frente a lo foráneo. Asimismo, el desprecio por lo propio, su relativización, esa necesidad de mezclarse y de aniquilar la propia etnicidad europea, surge de sentimientos no alejados del cristianismo: la culpa, tanto tiempo inoculada en Europa, he ahí ese veneno abrahámico, que empuja precisamente a esos sentimientos humanitarios para lavar la conciencia, y con total abnegación, “felices” hacia el suicidio de Europa.

Europa lleva más de dos mil años flagelándose, es hora de volver al origen y retomar nuestro destino. Las cruces no deberían servir para hacer de ellas un templo: los romanos sabían darles mejor uso.■


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