20 de junio de 2014

EL GRAN HERMANO Y EL CHIVO


Dicen tantas cosas de uno por ahí que al final uno no es quien es realmente, sino sólo "lo contado" o “lo inventado”, y lo contado o inventado de cualquier forma: pues cuando alguien habla de nosotros nos interpreta o nos inventa, con lo cual sólo se ofrece un punto de vista o un ser completamente distinto; y cuando te das cuenta tu vida no te pertenece. Esto debería hacernos entender lo distorsionada que nos llega la realidad sobre todos los asuntos y lo equivocados que podemos estar en tantos contenidos, ya sean referidos a las personas de nuestro entorno, a los personajes históricos o a los acontecimientos acumulados a lo largo del tiempo. Una dosis de incredulidad es una buena forma para defenderse de la desinformación.


Soy “el punto de vista” de mucha gente. Y también el punto de vista de mucha gente visto desde otros puntos de vista. Al final nos reproducen como clones, o, mejor dicho, como copias malas una de la otra. Es complicado llegar a esa intimidad del ser con otra persona donde realmente nos pueden ver en toda la desnudez. Es complicado porque para eso, para que te vean, debes dejar entrar, y quien entra no siempre lleva buenas intenciones. Y más complicado aún es hacer tal nudismo a una escala mayor. En cierto modo nuestro obrar puede dar lugar a muchas malinterpretaciones.


Desconfiar. Desconfiar mucho. La confianza se debe ganar. Una vez ganada hay que mantenerla y demostrar que eres merecedor de ella a cada instante. Perderla supone haber traicionado o haber sido traicionado. Siempre es así.



Que te echen las culpas de algo que no has cometido es sin duda una de las mayores injusticias que pueda haber en el mundo. Saber que hay gente trabajando para ello produce un estado de ánimo de terror.


Contar tu vida en las redes sociales me parece una irresponsabilidad. Pueden enterrarte fácilmente con las huellas que suponen tu pasado. Hay gente muy interesada y muy malvada en el mundo. Hoy no somos más libres, y si lo somos lo es únicamente en el sentido de que podemos expresarnos irresponsablemente y porque somos muchas veces inconscientes de la propia realidad. Quizá vayan muchos diciendo y mostrando lo que les da la gana con una impunidad del 99%, pero no por eso el sistema es más bondadoso: dejar que el perro ladre, así sabemos dónde está en todo momento. Eso no es ser libre, eso es ser idiota y hacerle el juego al sistema. Libertad es ante todo responsabilidad. Con toda esa libertad que piensas que te dan simplemente consiguen controlarte mejor. Luego pensar que se vive en impunidad es una ingenuidad: es todo sensación de impunidad si cabe, sobre todo en asuntos de opinión.

Es que todos sabemos que el hecho de que controlen nuestra vida es algo propio de sistemas dictatoriales o totalitarios. Pero el sistema democrático, así se llama, se las ha ingeniado para parecer precisamente democrático y conseguir tu colaboración para que le des toda la información que necesita sobre ti y tu entorno.


Las redes sociales se han llenado de policías, de chivatos de la policía, de gente del CNI, de polemizadores que quieren destruir grupos, de personas que dividen, de trolles, etc.: que sepan que todos tienen una IP y que son rastreables por mucha encriptación que puedan poner. Conviven camuflados en pseudónimos, incluso con perfiles de personas que son reales, mostrándose como intelectuales, como políticos, como... Están en todas partes. Mi recomendación: llevar una vida lo más recta posible. El mayor arma que podrán usar contra ti es tu propia vida. Asúmelo, no eres libre, pero puedes vivir de forma que no te pillen por ningún lado, es decir, de forma que no te obliguen a tener que ocultar cosas. Nuestra mejor arma será la transparencia y sobre todo el contar de nosotros lo que sólo queramos que sepan, de forma controlada. Si quieren saber más que se lo curren.

El Gran Hermano nos asiste.



Pensar que vivimos en la época menos libre de la historia humana, en la época más controlada, en la época donde mejor se intervienen y crean los flujos de opinión, donde hay mayores medios de distracción masiva (TV, cine, teatros, fútbol, programas de sobremesa sobre cotilleo, porno…) y de manipulación mental; pensar que vivimos en la época donde la mentira adquiere mayor dimensión de realidad, en la que te pueden joder la vida con un escándalo prefabricado y hundir tu refutación y tu vida entera… Un mundo complemente distópico, donde nos tienen alimentados con comida basura, con bebidas que son veneno, con toneladas de azúcar y de conservantes… y hay gente que se creen rebeldes que aún están preocupados por los cuarenta años que gobernó Franco; y también hay gente que son evidentemente prosistema que sólo hablan de los millones de muertos del comunismo o de Corea del Norte, ¡cómo si ese país fuera un problema para nosotros los españoles o para alguien en el mundo! Y yo me pregunto, ¿pero alguien vive en este mundo que nos ha tocado vivir?

Pretenden justificarnos con el pasado la época de la historia humana más totalitaria.


Mediante el halago se controla bien a las personas. Es lo que hace Pablo Iglesias con su discurso, haciendo sentir a todo el pueblo importante, mostrándose comprensivo y hasta dolido con los problemas de la gente, cual misionero. Ante todo su pueblo, que es todo el mundo, pues como dice este personaje de la historia en gerundio: caben todos. Eso que hace Pablo Iglesias se llama demagogia. No ha inventado nada, pero sigue funcionando a la perfección.



No hay justicia entendida como la aplicación de lo que es justo, sino ley. La ley es como la voluntad del poder establecido en un momento dado, mientras que la justicia, lo justo, es casi un hecho fortuito.


Vivimos toda nuestra vida sentados en el banquillo de los acusados. Es que constantemente nos juzgan, pretendiendo convertirnos en “animales de carga”. No podía ser de otra manera en un mundo de moral tan judeocristiana.


La mejor forma de ocultarse es introduciéndose en una multitud. ¿Cuál es la mejor forma de ocultar entonces la verdad? Entre una multitud de mentiras.

16 de junio de 2014

LOS HIJOS DE MARTE

Rómulo y Remo
Siempre he sentido mi mundo en llamas. Todo a mi alrededor es arder y luego un montón de ruinas: seguidamente me recreo en una fuerte depresión y resurjo de mis cenizas. Mi dios benefactor o mi mala compañía, en quien pienso más que nadie, siempre fue y es el Ares griego, posteriormente Marte en Roma. Quizá no sea casualidad que naciera un martes y que además lo hiciera en marzo. Parece que mi mundo, mi vida, cumple un sino inherente a la batalla, a la belicosidad, a cierto caos, a cierta destrucción, a cierto destino trágico siempre ligado con el fuego: aún yendo solitario a la batalla, aún sabiéndome perdido, es mejor “morir” o “consumirse” que ser un cobarde. Quizá por ello no sea tampoco casualidad mi inclinación hacia el Fénix, ese magnífico ave de alas flamígeras, inmortal, que surge de sus cenizas más fuerte, renovado. Quizá de ahí surja mi ánimo siempre de regeneración, de reinventarme, de vivir en permanente evolución, sin estancarme, aunque siempre respetando y cumpliendo con el inexorable orden natural. ¿Respetando? El orden natural no se respeta, se impone: lo único que requiere es aceptarlo.

Ares y Afrodita
Ares siempre fue un Dios repudiado por su padre, Zeus, incluso por sus propios adoradores, que le rendían culto para apaciguarlo antes de la batalla; incluso en algunos mitos es como si lo quisieran ridiculizar. Su impulsividad, su sed de sangre, su llama, eran demasiado incluso para “el padre de todos” o “vertebrador de la unidad”. Tampoco es que fuera demasiado querido en el Olimpo por los dioses, excepto por la insaciable, bella y generosa Afrodita (Venus en Roma), pese a ira de Hefesto (Vulcano en Roma). Sin embargo Ares fue adorado en Esparta, pueblo de brío incuestionable, cuyas hazañas debemos honrar como el gran pueblo heroico europeo que puso a ralla a los primeros invasores de nuestra tierra: ellos son todo un ejemplo de lucha y sacrificio. 

Marte junto con su hijo Cupido
Pero Ares también hace justicia. La hace con violencia, matando, pero hace justicia. Según cuentan las leyendas un hijo de Poseidón violó a una mortal de nombre Alcipe. El hijo de Poseidón fue castigado hasta la muerte por parte de Ares. Así se hace justicia, una justicia implacable, sin clemencia. Allí donde va Ares el cielo se ilumina como una antorcha puede iluminar una habitación. El fuego, la llama, allí donde los Hijos de Ares o de Marte van todo a su alrededor crepita.

Y a Marte le debemos Roma. Sus hijos Rómulo y Remo dieron lugar al gran Imperio, a ese gran mundo producido por el hombre europeo; una obra de talla tan incomparable, tan perfecta, que todo lo que vino después fue pura imitación; o intento de reinstauración.

Así pues, Ares o Marte como fuerza creadora, forjadora de mundos, iniciadora de civilizaciones. Casi entroncaría esta realidad con el concepto de nihilismo positivo y con el mito del Fénix: forjar de la nada un todo, de la ceniza una llama y un destino. No es extraño entonces que este “dios marcial” fuera considerado originariamente según algunos expertos como el dios de la fertilidad, la vegetación y el ganado.■

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