16 de octubre de 2014

SOBRE VICTIMISTAS


**********

Cuando un débil quiere hacerse fuerte se recrea en su propio dolor, es decir, en aquello que le impide crecer por sí mismo o que le constriñe, puesto que le supera, careciendo de una voluntad para la lucha: su primer impedimento es él mismo. Es entonces cuando pergeña innumerables artimañas para generar la mala conciencia, venciendo en batalla psicológica al que por sí mismo es superior y noble: convierte una debilidad en su punto fuerte. El hombre elevado tardará mucho tiempo en darse cuenta de esto, pero tantos milenios después los esclavos ya dominan todo el mundo mediante la pena, la lástima, la autoculpa… y todos esos elementos que circulan rededor de la mala conciencia.


Ser oprimido no es una realidad propia, sino una pose: no hay opresores ni oprimidos, sino gente que domina y gente que no lucha. Ser oprimido consiste en serlo si quieres serlo. De ahí surge la víctima que no lo es, pues eso es un victimista, alguien que presume de un mal ajeno, es decir, de un dolor que no suele ser propio o si lo es simplemente no lo combate o dice que le duele algo que realmente no le duele. 

Al final lo mismo se siente oprimido como opresor; culpable de ser opresor por tener un buen móvil a costa de los recursos africanos, como oprimido por tener que vivir en una sociedad de consumo. El victimismo, como forma de estar en el mundo, muy propio de las personas adolescentes, es, en definitiva, la tendencia o actitud que consiste en quejarse por todo aunque no le duela nada.




Con el tiempo los victimistas se dieron cuenta de que su dolor, ya sea fingido o creído, podrían construir toda una moral que se erigiera como superior. La superioridad moral hizo que el de voluntad débil venciera a cualquiera con un poco de (mala) conciencia. Luego se dieron cuenta también de que con los recursos propios de esta moral podrían justificar hasta los cañonazos que pudieran lanzar. Ellos son el Bien: matar entonces encuentra justificación. Pero ahí ellos mismos se retroalimentarán de la bestia que han creado, pues también se sentirán mal consigo mismos, también serán poseídos finalmente por la mala conciencia. El mundo vive en este último estado de cosas, está desatado.


El victimismo es buen negocio. La mercancía es la pena, es decir, hay que dar pena. A cambio recibirán buenos emolumentos o ventajas; la demanda, al parecer, es amplia.




Sentir pena por los demás o por cosas que pasan es una necesidad en muchos. A falta de flagelo, pues el dolor físico es demasiado para ellos, dolores emocionales, dolores para el espíritu, los cuales no hay que subestimar. Buscan con ello recrearse en un dolor, en un sufrimiento, ¡se alimentan con ello! Han llevado la empatía a un extremo de estupidez suprema, pero creo que llamarlo empatía es erróneo, pues una cosa es comprender el sufrimiento y el dolor ajenos y otra recrearse en ello, buscarlo, sentirlo como propio y además culpable. Es preferible alejarse de gente así, despreciarlas como el que desprecia un excremento, pues en realidad se creen superiores, aunque sea moralmente: se ven justificados para todo por tanto dolor.


La acusación de victimista es algo muy generalizado también, y la suelen aplicar los victimistas de verdad con las personas que éstas han decidido que sean los opresores, los causantes de tanto dolor, de su propio dolor. Si alguien políticamente incorrecto señala una tragedia será acusado de victimista, de que exagera, de alarmista. Es algo curioso que suceda esta realidad. El victimista te dirá de aquello por lo que puedes sufrir y hasta te dirá qué es sufrimiento real y que no es sufrimiento real. Sucederá de esta forma tan dogmática y tan categórica, en el mundo hay personas exclusivas con el epíteto de oprimido y represor, y punto; de la misma forma pasa con el moralista, moralista que consiste en su versión no alejada del bien y de mal en decir en todo momento lo que está bien y lo que está mal, y ojo con contradecirle.


Para ir a la iglesia basta con ir a la sede de algún partido político.


En lo material ha triunfado la mentalidad y los ideales burgueses. En lo moral la tradición abrahámica, cuyo paroxismo deviene durante el martirio de Jesús en la cruz, convirtiéndose en ejemplo de lo humano. Siendo atrevido en la afirmación, dichos elementos explican por sí mismos el mundo actual.


Religiones abrahámicas


El victimista convierte aquello que le hace ser lo que es, es decir, aquello con lo que más se identifica hasta el punto de hacerlo equiparable a su propio yo, en el origen para todo su quejido. El homosexual se queja todo el tiempo de que es homosexual y le echa la culpa a todo lo que le pasa al hecho de que es homosexual; y lo más importante, reprocha a muchos –a la sociedad, que es siempre culpable de todo, jaja– que no le acepten tal como es. ¿Tan importante es que te acepten? Si eso es importante tan orgulloso no estará: él mismo se niega. Esta situación es extrapolable a cualquier colectivo o persona que reúna estas características incluso entre muchos identitarios y lectores de Nietzsche, no quiero dar la impresión de que lo hago exclusivo para la persona homosexual. Sólo ejemplifico una realidad más amplia con algo concreto.

Por lo tanto el victimista es alguien que convierte en su dolor su propia condición, exigiendo y obligando a los demás a ser aceptado como es o, al menos, demanda que le acepten como dice que es. Parece que se queja por algo, parece que realmente pudiera ser una víctima o un oprimido, y sin duda lo es de sí mismo, de su propia inseguridad.


En los estados donde las minorías ya no son oprimidas o perseguidas, donde los denominados como oprimidos son libres, los victimistas generan sus propias realidades objetivas para dar cabida a sus dolores irreales, inexistentes y paranoias propias de una persona con una enfermedad mental.




En definitiva, el victimista se queja del dolor de riñones de otro que no es él. Es un farsante, un ponecaradepena, que en realidad trivializa la situación de las personas que son realmente dominadas por algo o por alguien. A una persona que es dominada por algo se le ayuda mediante la acción, no sintiendo pena por él o haciendo propio su dolor.■

10 de octubre de 2014

VIVO EN UN PAÍS

(...) Julius Evola reafirma que él no se dirige a las masas, sino a los "egregori" (los "guardianes", en griego clásico): a aquellos que llevan en sí mismos la idea de una regeneración; a aquellos que son capaces de permanecer siempre de pie entre las ruinas. A los hombres bien nacidos Evola les dice que es inútil resistir directamente al caos ambiental: la corriente es demasiado fuerte para ser encauzada. Es mejor esforzarse en tomar el control de un proceso ya inevitable
El español de la modernidad huye de los problemas, no se enfrenta a ellos, parece casi ajeno a lo que pasa a su alrededor. Pusilánime, inconsciente, traidor de su propia patria, cobarde... Así es España hoy, una nación antaño respetada y temida por todo el mundo. Parece imposible una revolución... de verdad, o al menos así dicta la realidad objetiva; una revolución de verdad, sí, que supone enfrentarse al poder, cambiar el sistema, revolverlo, imponer uno nuevo... Todo lo bueno de este mundo se consiguió con sangre y sufrimiento, con violencia, con furia y con mucho miedo; nadie desde un púlpito ha cambiado nunca nada si tras de sí no le seguían miles de hombre bien armados. Aquellos que no luchan, perecen. Una ley universal: esta sí lo es.  
 Textos relacionados: aquí y aquí.

Vivo en un país que se cae a pedazos. Nos roban todo, desde el futuro hasta la salud. No hay excelencia, todo es mediocridad. Cuando digo todo no me quiero referir a todo, pero todo es cuando la mayoría gobierna: tantos años de democracia deberían demostrarnos que socialmente ha fracasado, puesto que los españoles han devenido en una sociedad arruinada, fallida...; pero nadie lo ve, por ceguera, por exaltación del propio mito que cada cual cree, se inventa o piensa sobre lo que es la democracia o una sociedad ideal. Al final todo se traduce en el sacrificio del liderazgo de los mejores (aristocracia) por la libertad de todos, pero el todos aquí ya adquiere niveles absurdos: ahora sí que todos significa todo el mundo, un todos que no sabe qué hacer con toda su libertad; sólo perderla en un centro comercial, en un bar o en otros lugares de espacimiento.

Vivo en un país donde todos dicen no ser libres o no tener derechos; tanto debe ser así que no reclaman ninguna otra cosa: excepto compromiso todo. Vivir sin trabajar o mangonear de aquí y de allá, en hacer la pelota a este para ver si me da trabajo, en me da igual que me echen porque tengo dos años de paro… en eso se basa todo, en la ley del mínimo esfuerza o del no esfuerzo, en la ley del sofá. A que te dejen tranquilo lo llaman liberad, y eso no es libertad; vivir tranquilo es una cosa, ser libre es otra. Se puede estar tranquilo y no ser libre. Y aún así la libertad es tan efímera… La libertad es como una estrella fugaz: es un desvanecimiento, una chispa sin consecuencias. Un hombre libre es un hombre que vive por nada, que vive al final esclavizado por una forma de entender la libertad. Un hombre comprometido con algo puede cambiar el mundo, pues no sólo le da sentido a su vida, sino que se lo puede dar a la vida de los demás. Y tal vez esto no se entienda, ¡pero me importa tan poco que no me entiendan! Quien pueda ver, verá. 

Vivo en un país donde los más listos y más capaces son objeto de burlas, como si todo atisbo de superioridad fuera insultante. Vivo en el país de la titulocracia, donde el único argumento de muchos contra otros es: “oye, yo tengo estudios universitarios”; pero luego son defensores de la igualdad, jajaja.... Pero que yo sepa la inteligencia no la regalan en ninguna parte, y en las universidades sólo salen borregos cualificados para ciertas funciones. Pero así es el país de los presumidos, del yo tengo más, del yo la tengo más grande... un país de acomplejados, de pedantes, de hipócritas, de presuntuosos... ¡qué poco conocimiento de sí mismos y qué poca honestidad! Supongo que esto es extrapolable a cualquier otro país rendido a la modernidad donde el talento juega un segundo o tercer lugar.

Vivo en un país donde la gente mira a otro lado, huyendo de los problemas. España parece Constantinopla, donde el sexo de los ángeles parecía más importante que la integridad del territorio, del pueblo, de la nación. Es que España es una realidad en descomposición, ¿nadie huele las flatulencias? ¿Nadie siente los estertores? España se muere. 

Vivo en un país llamado España donde casi nadie quiere ser español. Ya nadie siente España, no siente su origen ni ve en ella una proyección. La multiculturalidad y toda visión universalista se abren camino eliminando las realidades nacionales, hasta el punto de convertir los territorios donde antaño vivían los diferentes pueblos, en simples parcelas con sus propios administradores. Ser de un país será como ser de cualquier otro sitio. Para toda esta aniquilación ha hecho falta mucho odio: pero para ellos quienes odian son los demás.

Vivo en un país donde ya no hay héroes, en un mundo que carece de la fuerza inspiradora de los grandes ídolos. Los que hubo, vivos en los mitos, son mirados con desdén. En ellos encuentro una sabiduría sagrada, en ellos encuentro situaciones, voluntades, ideas, metas, poesía, arte, excelencia… sobre todo encuentro ejemplos a seguir. El mundo en realidad no ha progresado. El progreso simplemente es una forma de ver el tiempo y el espacio: no significa un más a mejor necesariamente. En términos cualitativos el mundo antiguo era mejor, un mundo ascendente: tiene que ser forzosamente así, los hombres antiguos eran hombres que habían superado la muerte -eran conscientes de que volverían, de la eternidad...-, que estaban dispuestos a morir por aquello que amaban; hoy ver a un hombre que se alza de tal forma sería encerrado por loco. Y sí, los hombres y mujeres eran mejores aunque en aquellos tiempos también sufrieran de las mismas miserias mundanas de la actualidad, pero entonces no era la norma, había vergüenza. Y de ellos recordamos un legado, de nosotros ¿qué recordarán? Uno sólo es grande si no le olvidan, un pueblo es grande si no le olvidan… ¿y merecemos ser recordados? ¿España merece ser recordada? Seremos como la libertad: una estrella fugaz más. Sin mitos, sin héroes, simplemente racionalizados, economizados, esclavizados por números, por las rebajas, por la televisión, por los medios de comunicación, por el miedo, el terror… ¿qué mundo hemos creado? ¿De verdad queremos esto? ¿Esto querían nuestros abuelos para nosotros? Mi generación parece que será la primera en vivir peor que la de sus padres, pero también la primera que no luchará por el porvenir de la siguiente generación.


Vivo en un país, sí. Vivo en un país que quizá merezca perecer, que quizá deba arder. Seamos realistas, miremos a nuestro alrededor, ¿tiene España alguna solución? Y si la hay, ¿hay voluntad para ello? Que muera España, de las cenizas siempre surgen oportunidades, quien sabe si nuevos mitos, nuevos dioses y nuevos hombres ajenos al desaliento y a la mediocridad, elevados y temibles por los débiles y malogrados... Mientras tanto nosotros, aislados, hombres más o menos conscientes, tenemos que resistir, mantenernos de pie sobre las ruinas, aunque recibamos cientos de golpes y puñaladas. Solitarios contra todos...■