14 de mayo de 2015

LA HUMANIDAD COMO ENFERMEDAD

La humanidad es una forma de denominar al hombre que ha sido domesticado por una civilización altamente moralizante. ¡Oh qué humano eres! En ello se pretende inculcar e imponer todas las cualidades propias de una bondad absoluta, que suelen ser muy arbitrarias y subjetivas, además de que no te permiten ser tú mismo.

La humanidad es producto de la enfermedad de la conciencia, llamada moral, la cual no puede vivir tranquila por culpa de un imperativo moral; porque la humanidad al final es eso, un imperativo de ser en el mundo

Cuando veas a un bueno, demasiado bueno, tiembla y sométete... ¡o destrúyelo!


Las ideas no se pueden combatir. De alguna forma siempre están ahí y serán, más tarde o más temprano, recogidas por algún ser. Y es a ese ser a quien se ataca. Siempre es al hombre como portador, no a las ideas, a quien se combate.




Lo injusto es no partir de un punto de igualdad: luego la diferencia se expresa por sí misma. El igualitarismo pretende anular esa expresión.


Cuando emprendo alguna acción no es para demostrar nada, o algo. Lo hago por mí, no creo que una acción tenga valor si es realizada por mero afán de reconocimiento.  ¡Tanto hay que depender de los demás!

Yo soy mi mayor enemigo, yo soy a quien debo combatir, yo soy a quien me debo reconocer y ganarme mi propio respeto para ser feliz y estar orgulloso de mí; y así, como consecuencia, ser y estarlo ante los demás.

Por lo que al final las demás personas son meros espectadores. Si mi ejemplo de acción sirve para algo, ¡oh paradoja!, mi egoísmo se convierte en generosidad.


Yo no hago cosas buenas o malas, ni el bien ni el mal. Hago lo correcto, o lo intento, y acierto y fallo, y así vivo. Vivir sin moralizar es vivir con la conciencia tranquila, andar con paso firme, estar sano de humanidad. La moral, de alguna forma, te deja mentalmente cojo, partido en dos.



La montaña me ha enseñado de mí mismo cosas que ni pensaba que poseía. También me ha ayudado a demostrarme que soy capaz de grandes cosas.

En plena naturaleza el sufrimiento se disfruta, y si no lo disfrutas no vayas. No es un castigo, sino un momento maravilloso, la manifestación de la voluntad en su ascenso. El vuelo hacia arriba duele, tiene que doler, porque lo intenso te enseña y te cura y te marca de por vida. No hay nada de valor en el mundo que no haya sido producto del dolor, o del sufrimiento. Negarlo, huir de él, es privarse de los momentos más vívidos, decir sí a la decadencia.


Hace tiempo que no escribo textos elaborados. No es porque me haya olvidado de desarrollar ideas con mayor detalle. No. El aforismo de algún modo sabe llegar de una forma directa a la gente. Yo siempre he sido un pensador al que le gusta usar el verbo como un puñal o a modo de francotirador. Y el aforismo, la sentencia o como se llame esto, me ofrece esa oportunidad.


Yo soy humano, demasiado humano, es difícil huir o curarse de la enfermedad plenamente: creo que ni muerto, es cuando más te humanizan. 

Me doy cuenta de ello cuando sufro de esperanza. Luego me acuerdo que no debo esperar nada de nadie. Todas mis decepciones con los demás son por culpa de este mal. Supongo que es inevitable y que además es culpa mía.


"La Humanidad ha fracasado".

Dicha sentencia debería valer por sí misma. Quien no lo piense así es que simplemente participa del fracaso o vive del mismo.


El orden natural da origen a la única sabiduría que merece la pena ser conocida, pues son los dioses manifestándose.



Soy producto del pasado brillando en el presente que se proyecta hacia el futuro. Por eso una persona participa como de todas las épocas, siendo hijo del tiempo. De alguna forma participamos de la eternidad, aunque no seamos eternos. De esto, los dioses dirán. 

 No obstante, ¡cuántas veces he dicho que es necesario romper con todas las épocas! La humanidad, sus pueblos, sumidos en la decadencia, necesitan de higiene, de revolución, de la forja de un nuevo origen.


Cronos recortado las alas de Cúpido, de Pierre Mignard

4 de mayo de 2015

AFORISMOS IMPETUOSOS

Son los que se dicen antirracistas los auténticos racistas. Ellos no luchan contra el racismo, sino que luchan porque son racistas.



Yo no quiero un mundo más justo, sino justo. Decir que lo quiero más justo es como decir que es justo pero lo quiero más. No, yo no estoy conforme. Yo soy la revolución, yo soy la regeneración, yo soy la ruptura con todas las épocas. 

Soy la voz del nuevo orden que aún no está ordenado y que no es el orden mundial de liberales o marxistas, o de ambos. Muchos son mi voz y yo soy la de ellos, porque al final mi lucha no es un yo, sino un nosotros.


Creer en la igualdad y a la vez en la discriminación positiva es una contradicción tal que ni el  propio creyente en tal cosa debería concebirlo como algo lógico.

La discriminación positiva es una política del igualitarismo. Y el igualitarismo trata de igualar, no de igualdad.


El heroísmo debería ser el lenguaje mediante el cual el hombre se debiera expresar en un entorno en constante movimiento, en constante cambio y en constante peligro. Una forma de vida que hace del hombre algo más que un animal, convirtiéndole en un ser trascendente, capaz de elevarse donde los sueños son la propia realidad con una voluntad proyectada y concluida en su objetivo; que no es tal, sino el inicio de otro reto. Vivir para la posteridad, ganarse la mirada de los dioses frente a frente, ganarse la eternidad… que es la superación de la muerte... No se trata de una pose, ni es un estilo de vida que se puede comprar, sino de vivir heroicamente, algo que se vive o no se vive. 

Somos la revolución de la alegría, decimos si a todo lo que nos venga y tal como nos venga. No conocemos otra desgracia que vivir no conformes a nuestro capricho, a nuestra soberanía, el no vivir sintiéndonos orgullosos de nuestros actos.

Que nuestra vida sea tan gloriosa que mereciera ser vivida una y mil veces.



≈ 

 El odio que sienten contra mí es un sentimiento que lejos de afectarme me hacer ver a mi enemigo como alguien de bajo impulso vital, débil y acomplejado, alguien que ante un ser que ve que se yergue superior, inamovible, casi insensible, se derrumba por dentro; y no porque lo sea, sino porque el que odia así lo siente y así lo ve.


No minusvaloremos las emociones, hasta un guantazo puede llevar más cariño que unas palabras bonitas. 

No sólo son producto del vitalismo, de la vida que se expresa en contraposición a la robotizante y deshumanizante razón, sino que dan sentido, brillo y colorido a la vida. Y mueven el mundo, aunque sea nuestro mundo, nuestro humano mundo.


Caer en la depresión es como luchar contra un mundo lleno de sombras, como luchar contra unas arenas movedizas que te atrapan. Es como caer en la maleza, en una especie de espesura insondable donde nada se ve, donde cada paso parece imposible, donde no se conoce rumbo ni se vislumbra un destino. La depresión es caer a un abismo o quizá la forma en como el abismo te devuelve la mirada. De tal cosa no se escapa, sino que se sobrevive. No hay cura, contra la misma es mejor la superación, la voluntad de lucha.


Un mundo en paz es imposible, porque ni siquiera uno solo está en paz consigo mismo.